viernes, 5 de noviembre de 2010

UN SUEÑO VIAJANDO ©®

- I -


Hola mis queridos y amados émulos aquí presentes; os saludo a todos y a cada uno de vosotros con el apodo que os impuso la Correa Tirante, de quien penden los hilos de vuestras almas -si es que os es dado tenerlas, sentirlas y gozarlas-.

Hola, entusiasmados con mi vista porque mi mirada infunde ardor bélico y amor sexual para aquellos que saben cómo mirar con los ojos para verme mejor con la psique y sentir el orgullo de saberse poseedores de infinitas sapiencias, que son todas aquellas que escaparon de las manos de la Correa Tirante cuando miró a su zapato que decía que estaba cansado.

Hola, luces del antro perfecto, el cual fue diseñado en el fondo del nido de un grillo que estaba buscando el Tomate Sagrado con una linterna de luces azules y patas de oro y que gritaba que quería volar y hacer el amor con el Sol y tener pequeños rayitos solares encerrados en pequeñas pantallas redondas con mil agujeros y una puerta cuadrada de hierro y diamante, por donde entrar a jugar con los rayitos mientras liba del Tomate Sagrado, reluciendo con todos los colores de la caja de un niño feliz, hasta que llega la Cigüeña de Marte, dándole la orden de reclutar a todos los grillos y hacerles la guerra a las odiadas cucarachas y exterminarlas, dándoles el veneno de un amargo cardo lleno de espinas. La Cigüeña de Marte les da una coraza, un yelmo y una espada y la Correa Tirante una corona de mirto y junto con la corona un tomate mágico, de esos que nunca se acaban y saben a gloria.

Hola, hermosos y bellos cantos rodados que corréis incansables por el llano liso y pulido que pintó el anormal cuando vino a pescar las latas de las sardinas que el Hombre comía y comía hasta que se acabaron las sardinas y tiraron las latas al arroyo hediondo que fluye tranquilo por las rocas gigantes, difíciles y deformes que cayeron del cielo cuando estornudó el estornino de dios a las afueras del parque botánico que puso Jeremías en el centro del Orbe el primer segundo del día de nunca mas. La Correa Tirante ciñó la llanura, las rocas deformes, difíciles y gigantes saltaron por los aires y el arroyo hediondo se hundió por una ranura pura y dura.
Om.

Hola, simples de mente que veis el sonido en el fondo de un cuarto lleno de esquinas todas oscuras y algunas claras en la paleta de un pintor que, con gafas de sol, pinta el extremo de un saco lleno de gatos rabiosos jugando la vida a la brisca con ratitas de india que se beben todo el jerez - Tío Pepe- que cabe en el hueco deforme de la pezuña de un ñu gigante, que lleva colgado en el hocico un aro, donde se columpian los bichos de luz que le hacen de faro cuando corre de noche por el pantano sin suelo al lado de casas en el campo de espigas tornasoladas a la luz de los ojos de la niña bonita que ríe y sonríe encima de un trono de gracia y salero. La Corea Tirante expresa su gozo guiñándole un ojo mientras contorsiona su tirantez.

Así pues, hola a todos vosotros que estáis sentados en bancos de lirios que huelen a hortensias y que vais a escuchar de mis labios la pena y la gloria que nace del suelo y muere en el circuito integrado de un ente compacto.

“Cuando era pequeño viajaba de día y soñaba de noche: de día viajaba en el rayo y de noche en la nube que descarga su lluvia carmesí en el fondo de un cráter lunar. No es que me vaya a quedar encerrado en mi casa mientras corren los vencejos y pían los perros, mientras sonríe la cobra e hipnotiza el delfín, mientras mariposea el león y el jabalí se fuma su pipa sentado en su piedra cubierta de musgo y las patas cruzadas mientras lee en una hoja de encina que cómo era la vida de un santo que vivía en una cueva en lo alto de un monte.¡No!. Mis padres y hermanos, junto con mis amigas y amigos me dicen que corra corriendo y me interne en el bosque profundo que huele a la vida que viene conmigo.

Cuando me moví por mi mismo, empecé a pasear con pasos lentos e inseguros, hasta que un conejo sabio que llevaba una tiza en la oreja, me dijo que ya podía ir seguro, que aquello era dominio de la Correa Tirante, que es como una madre muy tierna que vela por su cría. El conejo sabio salió corriendo y se me cayó el lastre pesado, observando con gracia que andaba ligero, ligero.

Cuando entré en el bosque, empecé a contemplar la naturaleza entre los árboles, que eran grandes y majestuosos, aunque también los había pequeños y ágiles, echándose a un lado y dejándome paso. Las flores se ponían de puntillas y me silbaban melodías sencillas; las mariposas se posaban en mi hombro y con sus antenitas me hacían cosquillas en las orejas; los colores y los olores corrían junto a mí, mientras tropezaban unos con otros; el musgo y los helechos reverdecían orgullosos en intensidad y color; las aves volaban en picado, los corzos reían y los linces andaban borrachos dando tumbos, con los brazos de unos echados por los hombros de otros; los rayos de sol apartaban el follaje de los árboles y se colaban para darme los buenos días y un trozo de luz y color.

Comiendo un trozo de tocino de jamón, me puse a meditar junto a la hoguera, contemplando la Luna e imaginando mil aventuras fantásticas, mientras viajaba a través del universo, combatiendo contra guerreros insospechados montados en murciélagos gigantes que babean sangre y blanden increíbles hachas de guerra de doble hoja y por cuyo extremo inferior salen chorros de fuego griego.

Otra vez me sorprendí luchando a muerte contra una colosal serpiente espacial con diez cabezas y en cada una de las cuales una espina, con las que mataba a los enemigos, que como yo, querían rescatar de sus garras a la princesa punqui que tenía prisionera y con la que yo me quería casar y fundar un reino junto al lago tranquilo al fondo del valle en los días felices que deja el amor.

Luego me levanté de un salto, espantado, pues vi en las llamas una escoba surcando los cielos, con un brujo montado que tenía mi cara y que llegaba a un pueblo entre las montañas, raptaba a un niño gordito para comérselo crudo y echar luego sus dedos en el caldero donde ya cuecen los sapos, las culebras, las lenguas de estornino, trozos de mandrágora ácida, una corteza de encina podrida, unas cuantas alas rotas de mariposa negra, orejas de gato hechizado que maulla despacio a la luz de los fuegos fatuos, la cresta de un gallo maldito y las vísceras del corderito blanco de Norit, removiéndolo todo lentamente con un grueso palo de ciprés quemado por el rayo oscuro de una tormenta sin nubes, recitando conjuros y sacando de vez en cuando de un bolsillo de la chupa un puñado de polvo mohoso de cáscara de huevo de cuervo embrujado para echarlo como condimento al caldero, empezando de pronto a emanar de éste un humo rojo y pegajoso que se quedó flotando como una nube sobre el caldero, desatándose a continuación una tormenta, con sus rayos y truenos, empezando a llover sanguijuelas podridas. Empezó a salir un vapor asfixiante y narcótico y que al respirarlo, se le pusieron al brujo los ojos vueltos, le crecieron los colmillos y la nariz, las manos se le llenaron de pelos y las uñas se le convirtieron en zarpas, mientras los tenis le explotaban, pues los pies se le convirtieron también en zarpas, pero éstas infectadas de virus de la peste negra, de cólera y de xenofobia.

Mientras, el “loro” empieza a tocar una música bestial que hace que retumben y tiemblen las paredes, el suelo y el techo, pareciendo como si las cuerdas de las guitarras eléctricas fueran salvajemente torturadas, tensadas al máximo, berreando de dolor mientras la batería era golpeada brutalmente una y otra vez, arrancándole a tiras toda la percusión, como si la carne del hueso fuera arrancada. Un alarido salvaje que terminó en gemido agudo de dolor y las cuerdas de la guitarra estallaron de la tensión, mientras la batería era perforada por aquellos golpes imposibles. Al final, el agudo gemido penetró a la escoba, provocándole un orgasmo torturante, doloroso y malvado. El brujo contemplaba a la escoba, que acabó partida de tan infernal orgasmo y con el cucharón cogió del brebaje -pócima diabólica-, que bebió de un solo trago, a pesar de que estaba en ebullición.

Al principio nada pasaba, pero al poco las gafas de sol salieron disparadas y se estrellaron contra el árbol de enfrente, pues los ojos se le habían dilatado y agrandado, pareciendo dos trozos de escoria al rojo vivo, dos ascuas tenebrosas y malévolas. En el pescuezo, las venas se le habían hinchado, palpitándole frenéticamente, describiendo a la vez sinuosos movimientos obscenos, casi pornográficos.

Su espalda era ahora gibosa y llena de bubas, y sus pechos se le habían desarrollado y convertido en dos estacas afiladas, puntiagudas y crudas; por su boca, de labios rotos y en jirones, salía un humo rojo y pegajoso como el del caldero, acompañado de unas carcajadas agudas y chirriantes, de esas que rompen los tímpanos.

Mientras, su vientre se iba abultando, pues en su interior se estaba gestando un viscoso diablo con ojos de gato y boca de rata, cola de hiena y ancas de sapo, todo cubierto de púas, riendo histéricamente, saliendo las risas por el culo del brujo, mientras a éste se le caía el pene, saliéndole en su lugar una trompa de elefante terminada en una garra putrefacta, la cual rezumaba un líquido pestilente y repugnante.

Cuando parecía que la metamorfosis del brujo había terminado, de pronto el cráneo le reventó por dos sitios y dos cuernos empezaron a crecerle, coronando su cabeza: todos los infraseres se inclinaron ante su majestad. Al final cagó al diablo que estaba gestándose en su interior, el cual, una vez cagado, emitió un horrísono mugido y salió corriendo como una exhalación, perdiéndose en la profundidad del bosque , quedándose el brujo de pie en medio del claro a la luz de la Luna, junto a la hoguera, fumándose un Fortuna y contemplando extasiado como los habitantes del fuego bailaban frenéticamente, aspirando los olores, admirando los colores, viendo revolotear a las mariposas de la noche en su danza mágica, hasta llegar al paroxismo y lanzarse en picado a las llamas para auto inmolarse, purificarse y reencarnarse en una piedra verde que rueda eternamente por la pendiente del deseo de las gentes anónimas y sin rostro, cuyas manos ansiosas y temblorosas se acercan a cogerla, quedándose tan solo a un milímetro, un nanómetro, un amstrong, casi la tocan, la sienten, pero que nunca la cogen y de sus no-ojos, brotan incontables gotas de lágrimas y en cada gota una pena, una decepción, una desilusión.

De pronto, de una de las lenguas de fuego de la hoguera que está contemplando el brujo, sale una figura, un guerrero fantástico y genial, la armadura de amianto con bordaduras de tungsteno y flecos de wolframio, inmaculadamente puro, de mirada firme, imponente y poderosa, altivo y majestuoso: es Justiciero de la Eternidad, que armado con una espada de Luz pura y divina y una sonrisa fatal, se abalanza sobre el brujo partiéndole por la mitad, explotando cada mitad en billones de trillones de partículas, las cuales Justiciero de la Eternidad recogió y encerró en una caja perfecta hecha de palabras verdaderas y amorosas y de un brinco surcó el Cosmos, se apoyó en el Universo y atravesó la Eternidad hasta que llegó a la Nada y con gran fuerza arrojó la caja lejos, lejos, hasta el Punto de No Retorno.

La Nada se lo tragó y amaneció en el País de Éxtasis y las manos ansiosas y temblorosas de las gentes anónimas y sin rostro pudieron coger las piedras verdes que rodaban por la pendiente del deseo y comérselas, abriéndoseles unos grandes ojos ocelados para poder ver todas las facetas de la vida.

Tras eliminar al brujo, Justiciero de la Eternidad fue a buscar al diablo cagado y cuando lo encontró vio que estaba quemando la Selva y echándole sal, mientras desnucaba a todos los seres vivos, a los cuales había metido en rediles sembrados de púas. Al verlo, Justiciero de la Eternidad dijo: -¡Tic, Tac, Om¡- y el diablo cagado desapareció de la faz de Universo y ya nunca había existido.

Terminado el trabajo, Justiciero de la Eternidad fue a rendir cuentas a la Correa Tirante, que todo lo sabe y todo lo ve, sobre su trono de aire y bajo su corona de esparto y, tras darle el visto bueno, lo envió a la lengua de fuego de la que había salido. Después dejó caer una palabra, la cual germinó en la tierra, brotó una flor bella y hermosa que tenía muchos colores y que se abrió en multitud de pétalos, surgiendo de su interior un ángel tan inmaculadamente puro que era transparente. Se puso de pié y nos dijo que por fin ya éramos libres, de modo que nos echamos a dormir, soñando con el sueño de los justos, que tiene el color del Arco Iris y el sabor de la ambrosía y el néctar, y ya nunca mas le tuvimos miedo al frío.


- II -


Cuando desperté ya era de día y la hoguera un montón de cenizas consumidas y apagadas que formaban remolinos a la más mínima ráfaga de aire. En la mano tenía aun el trozo de tocino de jamón que estaba comiendo anoche y me lo terminé de un bocado. Era bueno. Era jamón de Jabugo. Cinco jotas.

Me levanté, me fui y me encaminé a unas montañas, a cuyos pies se extendía una inmensa llanura que ocupaba todo el espacio que la vista es capaz de aguantar. Estaba hecha de cuadrados negros y blancos: los negros, de azabache o ébano, no estaba seguro, me dolía la cabeza, y los blancos, de hielo.

Conforme iba avanzando por el mosaico, aparecían árboles ora aquí, ora allá, naranjos en su mayoría, e invariablemente plantados en las losas negras, con sus blancas flores abiertas, inundando el aire con su fragante aroma a azahar. Las losas blancas que rodean a la losa negra con el árbol, tienen todas una maceta de color púrpura con un pequeño pinsapo plantado, creando todo ello un conjunto que me pareció el apropiado del país, pero con el inconveniente de que el embriagador aroma del azahar en ese ambiente tan frío y con el cielo tan encapotado perturbaba mis sentidos por momentos.

Caminar, caminar y caminar durante horas parecía ser lo único posible en ese sitio y cuando el aburrimiento empezaba a aburrirse apareció a lo lejos una muralla, la cual, cuando llegué a su altura, pude comprobar que debía tener unos siete u ocho metros de altura y a cuyo pié corría un canal de agua, de la que surgían a intervalos regulares unas lanzas con mango de cristal y punta de plata, pero con la particularidad de que el cristal no es igual en todas las lanzas, si no que varía de color y de forma, de modo y manera que no había dos lanzas iguales.

A medida que avanzaba siguiendo el curso de la muralla, la altura de las lanzas iba disminuyendo hasta desaparecer totalmente, quedando solo camino, canal y muralla almenada, hasta que de repente me encuentro con una puerta que es….., bueno, la parte de la muralla en la que está es cuadrada, con un dosel sobresaliente y en medio está la puerta. ¡ Ya está, ojú¡.

A cada lado de la puerta hay un árbol con muchas ramas; al pie de uno de ellos hay un león rampante, con una corona que parece ser de tungsteno al cromo - vanadio, y en el otro árbol hay una inscripción rarísima de la que no entiendo ni jota y que puede decir cualquier cosa. A ambos lados de la puerta, en la muralla, hay esculpidas dos figuras de personas encapuchadas, una con un cayado y la otra con una espada. Todo el conjunto parece emerger de la niebla que hay en la base a todo lo largo de la muralla.

Los árboles, uno es de tronco negro y el otro, que casualidad, de tronco blanco. La puerta parece de acero inoxidable, pero no puedo asegurarlo porque es tornasolada y su marco parece hecho de un cristal brillante, rojo y como vivo. De las almenas puedo decir sin temor a equivocarme que, al igual que las lanzas, no hay dos iguales ni en forma ni en color ni en material y el dosel es de color celeste.

Me acerqué a la puerta y con un palo que cogí del suelo la empujé, abriéndose fácilmente y al abrirse una ráfaga de aire me golpeó y un agudo chillido me retumbó en los oídos, rodó por el esófago, pasó por el intestino, se coló por una pierna y salió por entre la uña y la carne del dedo gordo del pie izquierdo.

El viento agitó mis cabellos. Olía a tierra fresca, a olores, a colores, a destellos y brillos pertenecientes a un mundo irreal, extraño; un país distinto, intenso, embriagador. Y entré.

Tras cruzar la puerta el mundo cambió. El cielo ya no era gris y plomizo, no, ahora era de colores que variaban de un momento a otro, siendo dorado ahora y añil después, esmeralda con estrellas amarillas o púrpura con lunitas naranjas, variando constantemente, velado en algunos sitios por suaves nubes brillantes de miríadas de puntitos, tras los cuales se aparece alguna estrella, que ahora está en el centro de un círculo y antes en el vértice de un triángulo isósceles; y la estrella ya no es azul, si no que ahora es carmesí en una nebulosa celeste . Un lío, oiga, pues del amarillo tintineante se pasa al deslumbrante fulgor blanco contra un cielo de plata.

Como consecuencia de esto, resulta sumamente difícil establecer una diferencia entre el día y la noche en este fluctuante mar de colores y brillos. Cuando las tonalidades cromáticas corren hacia colores oscuros puede pensarse que ha llegado la noche, pero de repente esas tonalidades cambian, varían en intensidad y frecuencia y a menudo se ven interferidas por ráfagas de otros colores que cruzan el cielo a velocidad de vértigo, dejando tras de si una estela brillante y refulgente que, como polvo, cae a la tierra, siendo absorbido por esta.

Así pues, aquí no hay ni días ni colores fijos. Aquí no hay noches ni brillos perdurables, aquí, cambios, agitaciones y movimientos espontáneos se unen a los colores, a los destellos, a los brillos, formando un conjunto siempre en movimiento, cuya falta de armonía le confiere un compás bien determinado, haciendo que las condiciones que se dan en un momento determinado no vuelvan a darse nunca mas.

Al unísono con el color va el sonido, aunque nunca con valores tan extremos como aquel, pero si tan variados e inconstantes. En cada momento hay un sonido, aunque hay momentos en que no hay sonidos, pero si colores.

Algunos sonidos son tan tenues que parecen provocados por las ráfagas de colores que pasan cruzando el espacio, bien a ras del suelo por entre mis pies, bien a través mío y esto último me mosquea bastante. Otros sonidos son atronadores, pero no demasiado, como si alguna roca se despeñara de algún elevado risco o como si alguna muchedumbre calzada con botas de Segarra caminara por una superficie lisa a paso de marcha, guiados por el redoble incesante de un tambor de piedra.

Y haciendo juego con todo esto está el paisaje y en medio de él, mi menda.

El paisaje no es menos cautivador que el cielo, aunque es más constante, menos fluctuante.

Aquí, cuando ves un bosque sabes que es de encinas y cuando dejas de mirarlo para
volverlo a mirar sigue siendo de encinas. ¡Uf, menos mal! Pero……no sé, no puedo
asegurarlo del todo, porque puede que ahora parezca de alcornoques, o de quejigos, o de robles, o….., pero no es seguro, de modo que nos quedamos con las encinas y así no nos liamos, ¿vale?, aunque……

El país es prácticamente llano, con algunas pequeñas colinas, todo tapizado con una muy mullida capa de hierba bastante bien cuidada y con un aspecto realmente saludable. Aquí y allá aparecen macizos de flores, unas veces mezcla de diferentes tipos, otras de un solo tipo: crisantemos, gladiolos, geráneos, hortensias, jazmines, prímulas, lilas, rosas, azaleas y muchas más de las que desconozco el nombre, algunos rodeados de setos y otros rodeados de arbolitos, aunque a veces solo hay setos, que hacen formas abstractas.

Otras veces el campito se ve interrumpido por una gran roca cubierta de musgo y con unos cuantos árboles gruesos y frondosos rodeándola. En el interior de la roca hay una cueva con un lago, que refleja un rayo de luz de color y que inunda la cámara tapizada de verde musgo y moteada de flores que parecen de cera.

Pero lo que mas llama la atención en el paisaje es la neblina que lo envuelve todo. Es algo tenue, semitransparente y amortajador, a la vez que lo deja ver todo, sumiéndolo en la bruma. Es una neblina agradable que se levanta como a unos diez centímetros del suelo, brillante como si fuera purpurina, variando su color según a qué esté rodeando, de manera que si es una roca desnuda será grisácea, si es un pino será verde, pero siempre brillante y en movimiento.

A veces se levanta del suelo en volutas doradas, azules, rosas o violetas, como en pequeñas explosiones multicolores que se elevan al aire, sin ruido, generando una nubecilla refulgente, produciéndose pequeños relámpagos si chocan dos de ellas. Luego caen nuevamente a la neblina, despacio, cambiando de color, como reflejos fieles del cielo y de las miríadas de estrellas.

La neblina parece abarcarlo todo, y para todos y cada uno de los objetos de este país hay una neblina con su correspondiente color; tanto es así, que incluso yo mismo estoy envuelto por una neblina, pero creo que no me sienta bien y debe ser porque yo no soy del país. Me cuelga en jirones, como si fuera algo antiguo al que el olvido, el polvo y las telarañas han ido invadiendo poco a poco, pero bueno, como me importa un pito, me siento en una roca y me fumo un Fortuna, mientras me sacudo esta neblina tan borde que me han endosado.

Mientras me termino el cigarro observo a mi alrededor y veo suceder cosa que parece que ocurren ex profeso para que yo las vea: un pequeño deslizamiento de tierra por un terraplén y que parece ser polvo refulgente, brillante, mágico y etéreo que me embelesa; pequeñas figuritas aladas con forma humanoide, piel broncínea, ropa verde y amarilla, que durante un rato revolotean alrededor de un árbol, riéndose entre ellas. Una de las figuritas se acerca al tronco, encaramándose en el para jugar, pero en el tronco se abre una boca y se la come, produciendo espanto en las demás figuritas, que huyen despavoridas lanzando ayes. Otro sí: pequeñas ardillas sentadas en troncos de árboles caídos o en rocas musgosas me miran con ojos similares a pequeñas pero intensas chispas celosamente guardadas en urnas de diamante, alejandrita, rubí, esmeralda o topacio rosa.

De cuando en cuando, una fina lluvia caía de un cielo sin nubes y en algún momento y debido a alguna corriente de aire frío, la llovizna se convertía en nevadizna, que al contactar con el suelo emitía un sonido muy dulce, deshaciéndose y convirtiéndose en neblina y el ciclo, ¿volvía a empezar?

La verdad es que todo esto me parecía muy raro, pero bueno, por lo menos estaba

entretenido, de modo que continué andando por el país contemplando las cosas que en él pasaban y, así, pude comprobar como el cielo se iba poniendo gris y la niebla empezaba a ascender, hasta que al final todo fue niebla, y todo: piedras, árboles, hierba, conejos, cielo, colores, figuritas humanoides, sonidos y olores era del color de la niebla, pues eran niebla, a la vez que soplaba un frío viento y unos truenos atronaban el mundo. Un poco receloso me paré un momento, mirando para todos lados, dándome cuenta de que estaba atrapado en un recinto de niebla grisácea, etérea pero impenetrable, de la que no podía salir, incomodándome, además, el puñetero viento frío, los ensordecedores truenos, la lluvia que no caía y para completar el duro unas estridentes y agudas carcajadas. ¡Dita sea¡

Al final, el mundo resultó ser híper agobiante y el viento, los truenos, las carcajadas desquiciantes y el frío estaban agotando mi paciencia, de modo que hasta la coronilla de tanto rollo y tanta coña proferí un espantoso alarido y grité en silencio aquello tan socorrido de: ¡vete niebla, ven color!. Y dicho y hecho. Con un fuerte fogonazo y un ruido estremecedor la niebla se disipó, el viento cesó, los truenos huyeron y las carcajadas se perdieron, apareciendo ante mi, nuevamente, el verdor, los colores y las cosas. La luz del cielo era naranja fosforescente y las estrellas azules. Un grupo de grullas vuela muy alto a mi derecha y ya no estoy solo: ante mi discurre un manso arroyo de orillas llanas y verdes, hojas de
castaño flotando en el agua, algunospatos, unarana a la deriva sobre una hoja procedente de alguno de los tilos que seguramente habrá río arriba, formando un bosque de galería, junto a sauces, chopos y alisos.

A unos veinte metros de mí y junto a un avellano, veo una figura alta y esbelta, vestida con una túnica escarlata y encapuchada, con una larga vara de boj en la mano, inmóvil y parecida a una estatua.

Me pica la curiosidad y me acerco con pasos tranquilos hasta que llego a su lado. La cabeza la tiene gacha, impidiéndome verle el rostro. “Hola…., eh, ¿te pasa algo?...”. Levanto una mano y la toco. ¡Jó, está mas dura que una piedra¡, pero la túnica es de tejido, de modo que pienso que será una imagen religiosa o algo parecido. De todos modos decido seguir investigando, le quito la capucha, y una cascada de pelo negro sedoso y brillante se desparrama sobre sus hombros. El color de la piel es cobrizo y los ojos, abiertos, de esmeralda, con una especie de destello en su interior. Sus orejas pequeñas y puntiagudas, nariz chata, cuello fino, los pómulos algo sobresalientes, manos de dedos largos y delgados, pechos generosos.

Y los labios.

Los labios son rojos y gruesos, entreabiertos, un poco húmedos, cálidos, vivos, los cuales ejercieron una poderosa atracción sobre mí. “Esto no puede ser. Es una estatua, pero parece totalmente de carne y hueso. Y esos labios, que me están pidiendo que los bese. Yo le doy un beso; total, aquí no hay nadie que me vea”….”muac”.

Las chispas de las esmeraldas que eran sus ojos brillaron. Su pecho empezó a moverse al compás de su respiración. Sonríe. Vive. Me toma de la mano y empieza a conducirme lentamente por la alameda y pienso “menudo rollito me acaba de salir; la colega está buena y parece que le he gustado; hoy es mi día de suerte” El silencio solo se veía roto por el cristalino golpear del agua contra las piedras del arroyo y la brisa que mueve las ramas de los árboles, produciendo sonidos de campanitas de diferentes tonos y con cada tono un color. Una suave lluvia de polvo brillante cae sobre nuestras cabezas, deshaciéndose en un destello silencioso pero encantador. Los pájaros parecen salir a nuestro encuentro, las cervatillas asoman sus lindas cabecitas por entre el follaje de algún cuidado seto y un zorro, sentado en una roca tapizada de musgo, sonríe y me guiña.

Así caminamos durante algún tiempo, envueltos por la sedosa bruma, la maravilla, la paz, la melodía y la fantasía cromática, cogidos de la mano, hasta que llegamos a un elevado seto con una puerta de cristal marrón transparente labrada, engarzada a un par de columnas de porcelana coronadas con pináculos de hierro forjado. Al llegar a la puerta, la gachí la toca con la vara, abriéndose silenciosamente y con andar lento pasamos al interior de aquel recinto. Al pié de la puerta se extiende una senda estrecha de hierba roja a modo de alfombra, siendo el césped que la bordea de color azul; el resto del suelo es verde. Se ven por doquier macizos de flores, bancos de cristal, fuentes de plata con formas de animales, árboles agrupados como espectadores y en el centro de todo, una linda casita de nácar tornasolado.

Los pájaros pían con vigor, los perritos que salen a nuestro encuentro dan vueltas a nuestro alrededor ladrando alegremente, un topo con gafas negras otea el mundo, un grupo de patos juega al escondite entre los carrizos del estanque vecino, alborotando.

Llegamos a la puerta de la casa nacarada, subiendo por unos escalones de zafiro azul, empezando abrirse conforme íbamos llegando a ella y aunque titubea un poco desconfiando de mi presencia, al final se abre de par en par, quizás por la serenidad que irradian los ojos de mi dama. Yo, la verdad sea dicha, estoy un poco nerviosillo.

Al entrar, lo primero que noto es la temperatura mas agradable del mundo y luego -como no- el color: la casa está hecha por dentro de colores que danzan incesantemente, fluctuando, curioseando, envolviendo los objetos, confundiéndose unos con otros, entremezclándose en perfecta armonía. Conforme entro, ella me suelta la mano e inmediatamente algunos de los colores mas próximos corren a lo loco hacia mí, rodeándome e introduciéndoseme por la nariz, los ojos, las orejas y la boca, curioseándome y tocándome, investigando, hurgando.

Me muevo, más por hacer algo que por necesidad y algunos colores retroceden

contrayéndose, pero los más atrevidos me rodean la cabeza soltando chispas: deben haberse mosqueado. Dos se unen íntimamente como comentando algo acerca de mí y lanzándose vertiginosamente a mi encuentro, reanudan las pesquisas con más furia. Otros colores veo que vienen arrastrándose hasta mis pies, en silencio, sigilosamente y sinuosamente se me encaraman en mis botas Bestard, muy buenas, y empiezan a ascender en espiral por mis piernas, olfateándome, haciéndome cosquillas a la altura de la barriga, cruzarse por la espalda, apoyarse en mi hombro, desplazarse por el cuello, ascender por mi cara y quedarse delante de mis ojos, oscilando a ambos lados, para quedarse al fin parados delante de ellos, obligándome a bizquear. De pronto se convierten en una bola luminosa que enseguida estalla,
fastidiándome la vista, pues me deslumbra…¡ jodidos colores¡. Parpadeo para quitarme el deslumbramiento y recuperar la coordinación visual hasta que los miles de puntos de colores que están ante mis ojos desaparecen y veo. ¡Yupi¡.
A una palmada de la mujer, todos los colores se volvieron al unísono, saliendo de dentro de mi cuerpo y de entre mi ropa y, juntándose todos en un punto, salieron disparados cada uno a su lugar de origen, en donde se quedaron fluctuando y danzando.

La verdad es que ahora me encuentro lleno de nuevas sensaciones, las cuales parecen invadir mi corazón, proporcionándome un bienestar nuevo, diferente, que se derrama por mi cuerpo, dándome calidez. Miro a la mujer y la sonrío, viéndole las brillantes esmeraldas que son sus ojos, los cuales empiezan a hablarme por medio de imágenes, narrándome una historia extraña, espirales movedizas parecidas a profundos pozos, fantasmillas surcando la verde inmensidad ejecutando alguna extraña danza. Ahora muestran explosiones coloridas como las de los fuegos de artificio, formando árboles, cisnes en vuelo, algas en el fondo del mar, nubes corriendo en un cielo carmesí, un río apacible lleno de juncos y nenúfares, donde se haya
establecido el muy antiguo reino anfibio de los Anuros y los Urodelos.

Por fin, aparece una gran hoguera de fuego color violeta y tras ella la mujer cobriza de los ojos de esmeralda que refulgen con el fuego, llenándose de este, sirviendo de pantalla para las múltiples proyecciones que aparecían, haciéndolo en repetidas llamaradas surgidas de algún profundo pozo de la tierra y estallando en el cielo.

La verdad sea dicha, es que estas primeras proyecciones son incomprensibles, aunque poco a poco se van haciendo asequibles a mi entendimiento, hasta que al final puedo ver que tras el mundo de color se encuentra la inmensa pradera, con interminables hileras de árboles, y caminando por entre ellas llego a un reino algo mas que desconcertante: parece que debiera marearme, casi me dan arcadas. Tras él, un montón de frío y nieve y al fondo una montaña cubierta de jacarandas en flor. A los pies de la montaña un lago rodeado de flores luminosas y en todo lo alto de la montaña un castillo tan blanco como la nieve y bastante cerca del cielo. Cuando veo aquello, no se porqué, me invade una sensación de triunfo y acerco mis manos
para tocarlo, pero las retiro al instante, pues la visión explota sin sonido, quedando tan solo las vivaces y risueñas chispas, de sus ojos esmeralda, que me sonríen invitándome a que la abrace, para luego arrastrarme suavemente a la habitación, inundándose mis sentidos de pasión amorosa, erotizándome, rodando por el cuerpo, explorando la inmensidad…..éxtasis sexual…..placer...…sensaciones…..gozo……paz.

Al despertar, me encuentro sobre un colchón de plumas de ganso y gorrión y por colcha un grueso manto de musgo del bosque. Estoy desnudo, al igual que ella, delicada mujer cobriza, que me mira diciéndome que ahora debo marcharme, que continúe mi camino y que no preocupe por mi, que ella es dueña y señora de Mundo Colorido y que con su amor me ha dado poder para estar siempre optimista y que junto con el amor me regala un color, para que me acuerde de ella cuando me ocurra algo bueno y para que me ayude cuando me ocurra algo malo. Tras darme un largo y ardiente beso, que fue como una descarga eléctrica que recorrió
todo mi cuerpo, silbó, y varios colores vienen a mí, me levantan y me visten con mis ropas, las cuales habían sido lavadas y lanchadas, pero al fijarme en el pantalón vaquero,vi que le habían hecho la raya y como eso queda muy hortera empiezo a protestar, pero la dulce mirada de mi amada hizo que me quedara calladito y con la raya en los pantalones.

Bueno, una vez vestido, se descorrió el tapiz que en una de las paredes había, dejándose ver un gran espejo con luz propia, en donde me pude mirar y hacer muecas de disgusto a los pantalones. Mientras, un montón de colores empiezan a vibrar frenéticamente, lanzándose hacia el espejo, condensándose todos ellos ejerciendo fuertes presiones, soltando pequeños rayos, algunos truenos, algunas centellas y, por supuesto, varias chispas. Cuando todo terminó, veo dos guantes de color añil, los cuales sostienen una hermosa capa celeste - metálico, la cual me traen y me ponen. Inmediatamente, un color va y abre la puerta. Los demás se ponen formando dos filas paralelas a ambos lados del sendero de césped rojo que va desde la casa hasta la puerta de cristal del seto y con música de rock duro me despiden de aquel mundo colorido y desde la puerta de la casa nacarada la mujer cobriza de ojos de esmeralda me dice adiós con su mano de largos y finos dedos. Las lágrimas ruedan por mis
mejillas.



- III -

Al final del sendero que serpentea por la pradera se encuentran dos imponentes hoplitas de piedra vestidos de hierro y con lanzas: aquí termina Mundo Colorido y por aquí se puede salir, pero no entrar, porque los hoplitas se encargan de impedirlo y para disuadirte muestran unos terroríficos dientes puntiagudos y una horrible mirada , indicándome que harán mil atrocidades con aquel que se atreva a entrar por ahí, o por lo menos eso es lo que decía un letrero escrito en varios idiomas que está clavado en el suelo, junto a la entrada. Vale colega,
cruzo la puerta, salgo y cuando miro para atrás ya los hoplitas han cerrado la entrada cruzando sus lanzas.

Como por lo visto me he vuelto majara y veo lo que no es, ahora veo que el paisaje es una gran extensión terrosa y húmeda, salpicada aquí y allí por algún arbolucho raquítico e insignificante, y al fondo, recortándose contra el cielo, unas lejanas montañas que al parecer voy a tener que cruzar.

De momento los quilómetros van pasando uno detrás de otro y mientras pienso en mis cosas veo, de repente, cómo de unos montoncitos de tierra marrón granulosa surge un humo verde y espeso que asciende en espiral para disolverse en la atmósfera. La verdad es que me resulta curioso, a la vez que rompe la monotonía de aquel aburrido paisaje, de modo que me acerco al más próximo a ver que es y a olerlo…..¡ummmm, pues no huele mal, no!. Pero bueno, voy a continuar mi camino por entre este bosque de humaredas y …. ¡oh, que extraño sopor me está entrando; ojú, parece que algo me está aplastando contra el suelo. Jó, pues no parece como que se está volcando el mundo…uy, uy,uy, que se rompe….hala, se rompió……cachis la mar……muerde, ¿qué es eso?, parece una puerta….pero aquí, en medio de la nada…..vaya hombre, alguien estará de coña……o nó……yo la abro, a ver que pasa…..ostras, una escalera de caracol….ah, pues yo bajo, faltaría mas!

¡Jé, que graciosa es esta escalera, está hecha de colores -que raro- y sonidos musicales y en los escalones veo tirados objetos cubiertos por el polvo; algunos brillan, otros lloran….pobrecitos míos. Algunos aparecen y otros desaparecen, mientras que otros no paran de parlotear entre ellos, parecen loros! ¡Vaya lío!

“La escalera de caracol continuaba hacia abajo, de manera que la entrada quedó pronto fuera de la vista de nuestro héroe, pero no importaba, porque ya no recordaba haber entrado por ninguna puerta y solamente llamaba su atención dos grandes pajarracos amarillos que hacían mucho ruido porque se les estaban cayendo las plumas y como estas eran de aluminio y se les caían muchas, pues armábase un escándalo tremendo al chocar con los escalones,
resultando muy molesto, porque, además, los colores sobre sonidos musicales de que estaban hechos los peldaños se pusieron en huelga, armando gran griterío, de modo que aprovechó una puerta que se acababa de materializar a su derecha para pirarse de allí.

Al otro lado de la puerta había una muralla circular que delimitaba un terreno amarillo, en el cual había unos toros muy negros con unos grandes cuernos manchados de sangre y mugiendo con furia, y con asombro observó nuestro héroe que por entre las patas de los toros corrían aterrados unos hombrecillos, los cuales eran ensartados por las astas de los toros para luego ser devorados por estos.

Como nuestro héroe detestaba el hombreo, aprovechó otra puerta que había abierta en el otro extremo de la muralla, yéndose aliviado, aunque su cuerpo quería quedarse. Tras la puerta, que era muy gruesa, se salía a una avenida color azabache, flanqueada a ambos lados por ranas y sapos, todos con la lengua fuera y los ojos muy saltones. Los batracios estaban hechos de papel y reposaban sobre pedestales de corcho. La avenida terminaba en unas largas escaleras que conducían a un palacio en forma de águila, en cuya boca abierta terminaban las escaleras.

Allí le estaba esperando una alta y morena princesa, con un hermoso velo salpicado de perlas, turquesas, ópalos y rubíes que le caía sobre la túnica celeste con rebordes de hilos de oro con la que su cuerpo esbelto y delgado; los botines eran de terciopelo verde con cordones de hilo de plata y la punta vuelta hacia arriba. Las manos de dedos ensortijados y los ojos oscuros.

Con las manos invitaba a nuestro héroe a subir y cuando este llegó le tomó del brazo, conduciéndolo por un largo corredor con el techo de madera labrada y suelo de piedra granítica con bajo relieves. En ambas paredes, cientos de puertas se abrían conforme iban pasando a los largo del interminable corredor en dirección a la puerta del fondo, la cual se abrió cuando ella la tocó con una estrella de mar que estaba colgada en la jamba del marco. Cuando entraron, ella le indicó una bañera con agua jabonosa y humeante, con un embriagador aroma a jazmín, sugestivo y sensual.

Mientras nuestro héroe se dirigía a la bañera, ella se desnudaba delante de un espejo. Se metieron en el agua, la cual era tibia y una fina lluvia empezó a caer del techo, comprobando que era agua de rosascon olor a colonia Nenuco. Por detrás de la fragancia aparecía ella desnuda, imponente, sonriente y seductora, sentada a su lado, aprovechando nuestro héroe para acariciarla dulcemente con la mano y susurrarle palabras de amor con los ojos y cuando fue a poseerla, un ruido extraño resonó en el vientre de ella, surgiendo repentinamente por su vagina una fea y peluda serpiente negra con grandes colmillos de los que goteaba una viscosa y repulsiva baba del color de la pus, mientras sus ojos amarillohepatíticos no cesaban de dar vueltas, desacompasado el uno del otro. Cuando, espantado, nuestro héroe se puso de pie de un brinco y la miró , vio que su cabeza era ahora una cabeza de vaca de largos y gruesos cuernos, su cuerpo se estaba poniendo cerúleo y escamoso, convirtiéndoseles las antes ensortijadas manos en feísimas garras de curvas uñas.

Ante esta horrible visión y cuando ya la mujer-vaca acercaba sus garras para abrazarlo y chuparle la vida, nuestro héroe gritó de miedo y saltó de allí, aunque su cuerpo no quería.

Salió corriendo de la habitación, atravesó como una centella el interminable corredor y cuando la boca del águila estaba a punto de cerrarse para dejarlo atrapado y a merced del horror, saltó como un poseso al vacío, escuchando tras de sí el tremendo golpe del pico al cerrarse: ¡blamm¡. El caballo relinchó al recibir el peso de nuestro héroe al caer sobre el y de un brinco partió al galope para internarse en el momento álgido de una cruenta batalla.

Era la secular guerra entre los Unos y los Otros. Unos eran de pelos lacios, armados con cascos prusianos, caparazones de tortuga gigante por coraza, grebas y muñequeras con púas, espadas anchas y largas y escudos de piedra. Otros eran más altos y delgados, pelo hirsuto, embutidos en corazas de árboles flexibles, armados de mazos y escudos de madera. Era el
momento cumbre de la batalla y entre el fragor del combate, el olor a sangre, el gemido de los moribundos, los alaridos de los destripados, los miembros cercenados dispersos por entre los cadáveres y los guerreros, mas el polvo del campo de batalla, formaba una pasta pulposa, apestosa y vomitiva. Nuestro héroe se irguió apoyado sobre los estribos y embistiendo cual coloso, se enfrentó con ambas partes y blandiendo su ya mítica espada láser cortaba cabezas, pisoteaba cuerpos, cercenaba brazos, cortaba cabezas y con sus puntiagudas botas de Valverde del Camino perforaba vientres atravesando las corazas.

De pie sobre los estribos daba mandobles matando tres pájaros de un tajo y pie a tierra dominaba su terreno sin parar de matar y mutilar, aplastando cráneos con los puños y destruyendo la vida, pues tal era su furia. Al final, cuando todo era ya una pulpa asquerosa donde se hallaba mezclada la vida y la muerte, vino un enorme nubarrón, resonó un espantoso trueno y un viento huracanado se lo llevó todo, menos a nuestro héroe, el cual se alegró, pero su cuerpo no.

Estaba dentro de una bóveda baja, en cuyas rugosas paredes había unas ranuras cubierta por cristal y por las que circulaban, veloces como la centella, puntos coloridos que surgían del comienzo de la ranura y se perdían en el desconocido fondo de la bóveda. En el techo había otra ranura igual, pero en ésta los puntos coloridos no viajaban como la centella, si no que eran mas calmos, mas fáciles de seguir, de modo que avanzó siguiendo a uno, hasta que al final surgió en medio de un bosque, donde los árboles estaban al revés, con bancos de piedra junto a los cuales había unos bargueños de plata llenos de botellas de diferentes formas y colores, de los cuales algunos eran brillantes.
Nuestro héroe cogió una botella y al descorcharla comenzaron a chisporrotear chispitas de luz y música de campanillas, cosa que le agradó mucho y bebió. Inmediatamente todo lo vio azul, cosa que le asustó, cogiendo otra botella y bebiendo de ella empezó a verlo todo amarillo. Alarmado fue abriendo botellas y bebiendo y a cada nueva botella nuevo color,
hasta que al final solo quedó una botella de cuello largo y tapón de esparto, cuyo líquido era transparente. De modo que, desesperado, la cogió, la abrió dio un trago largo, tan largo que se la bebió enterita. Cuando la acabó ya no veía y al instante nuestro héroe estalló en una silenciosa explosión y ya todo fue oscuridad infinita y un tremendo silencio mortal”


- IV -


Abro los ojos y los vuelvo a cerrar.

Me duele mucho la cabeza y el cuerpo. Los ojos me arden. Tengo la boca seca. Tengo ganas de vomitar. No me responden los miembros. ¡Ooooooh!.

Despierto de nuevo y mas repuesto me incorporo, miro a mi alrededor: a un lado unas montañas con nieve en sus picos; al otro lado y un poco lejos la extensión terrosa y húmeda con sus arboluchos raquíticos y sus montones de tierra marrón granulosa de los que surgía el humo verde y denso que llamó mi atención.

En fin, el sol está alto, me encuentro en medio de un campo de violetas y con unas hermosas montañas nevadas ante mí. Suspiro y me pongo en marcha. Pero no llevaba andados más que unos pocos quilómetros, cuando a mi encuentro salen dos soldados con aspecto de venir de una batalla y haber andado mucho camino para encontrarme. Los paro y me dicen:

- ¡Salud Capitán!. Nos tiene atrapados, Al final consiguieron completar el cerco sobre nuestra querida ciudad de Ala. Después de resistir durante meses los ataques llevados a cabo por oleadas de incontables y malditos Iorgeverstenses, han conseguido aislarnos, cortándonos las vías de avituallamiento y suministros, siendo por fin asaltada la ciudad y arrasada hasta sus cimientos por esos perros infrahumanos. Solo quedamos los que guardamos el punto fuerte de Toagepera, que resiste gracias a su emplazamiento, pero con las vías de comunicación cortadas y el invierno, que se ha adelantado, las cosas pintan mal. No sabemos cuanto aguantaremos.

- Señor, el principio del fin comenzó cuando cayó el punto fuerte de Escalín, en el paso de entrada al macizo montañoso y que durante tres años nos sirvió de muro de contención y válvula de escape al llano regado por el Vaique-Emagoiji. El resto de las rutas, las que nos sacaban hacia Valga y Tartú, cayeron también en poder de esos cerdos, cuando ocuparon las tierras comprendidas entre Rugiena, Tartú y Somerpolgasuna, pasando por Valga. Después ocuparon la tierra de Vortsiar hasta el límite con los ríos Vaique-Emagoiji y Tanassilma, y por el sur, partiendo de Rugiena, ocuparon Karcsinuvia hasta el río Rimmu y los pantanos de Kopu, donde en primera instancia fueron frenados por las tropas del Príncipe Viljandi, pero posteriormente fueron barridos: eran miríadas atacando.

- Ahora, Señor, solo quedamos los del punto fuerte con nuestras familias y losIorgeverstenses no tardarán en venir a por nosotros…..Señor, ¿Dónde has estado todo este tiempo?

- ¡ He estado soñando, valientes, pero ya he despertado. Vamos, compartiré vuestro destino: he vuelto a casa ¡



FIN


Fernando de Laguno Oviedo