Agosto del 93 y la Sierra de la Estrella ©
Fernando José de Laguno Oviedo
Málaga, Agosto de 1993
Hola Javier, una vez vuelto de mi viaje estival, me pongo manos a la obra para narrártelo de forma epistolar y sin que te resulte pesado, si no mas bien todo lo contrario, de modo que ahí va eso y espero que lo disfrutes:
"En un atardecer, casi entrando en la noche, de un miércoles 12 de Agosto, partíamos de viaje Alberto y yo para pasar unos días de descanso-culturización, para conocer nuevos rincones de la inmensa geografía peninsular, del inagotable acervo cultural que encierra y atesora y para conocer a las gentes creadoras de esa cultura milenaria.
Establecido Béjar, un pueblo de Salamanca, como primera meta de nuestro viaje, marcamos como primer tramo el de Málaga-Sevilla, el cual tramo se hace muy cómodamente en un par de horas -depende del tráfico-, amenizado por la conversación y la música de fondo, la cual era un grupo de rock nacional, creo que Barricada.
Cuando llegamos a Sevilla paramos un rato para tomarnos una cervecita y dar un paseo, cosas ambas buenas que tonifican el cuerpo. Bueno, después de eso nos pusimos nuevamente en ruta, en la llamada Ruta de la Plata, conduciendo hasta que entramos en Extremadura, superando los montes que forman parte de la Sierra Morena, para acto seguido entrar en una zona más bien llana. Aquí nos fijamos que el cielo estaba completamente raso, cosa que nos venía bien, pues según decían, esa noche habría una lluvia de estrellas que iba a ser espectacular, lo nunca visto y todo eso, pero al final quedó en agua de borrajas, porque o bien "llovió" antes o no "llovió" nada, pues nada vimos y eso que estuvimos un rato bien grande parados mirando el cielo estrellado: por lo menos disfrutamos del espectáculo estelar, pues en Málaga es imposible ver el cielo así debido a la cantidad de luz que la ciudad despide.
Nuevamente en camino, no paramos ya de circular hasta que llegamos a Cáceres, ciudad en la que entramos a eso de las cuatro y media de la madrugada, pudiendo apreciar, aunque fuera a la luz del alumbrado público, el encanto de la ciudad medieval, aunque quien mas la disfrutó fue Alberto, pues yo ya la conocía por haber estado unos años antes. Allí nos fumamos un cigarrillo en la escalera de una iglesia mientras comentábamos las formas de los edificios, que más que casas parecían fortalezas o pequeños castillos urbanos, con sus escudos nobiliarios y todo. Aquí nos lamentamos un poco de que en Málaga no hayamos sabido conservar tan bien nuestros edificios singulares, aunque reconocimos que los teníamos y en abundancia, solo que había que adecentarlos un poco para que luzcan en todo su esplendor. Desde luego los de Málaga no serían ni medievales ni renacentistas pero si eran muestras del pasado esplendor industrial y comercial que vivió nuestra ciudad durante casi dos siglos. A ver si el Ayuntamiento y los malagueños nos decidimos a ponerlo en valor.
Después de disfrutar durante un buen rato de esta singular ciudad, volvimos al asfalto, no parando ya hasta llegar, y sin paradas, a Béjar, pasando por el agotador puerto de montaña que lleva ese nombre. Aquí, en este tramo de camino que medió entre Cáceres y Béjar sí pude ver algunas de las estrellas de la famosa lluvia, siete u ocho, no mas, y solo las vi yo, pues Alberto se había quedado dormido: ¡vaya compañero de viaje!.
En fin, una vez en el pueblo, lo primero que hicimos fue ir a desayunar, cosa que hicimos copiosamente, pues no comíamos nada desde Sevilla, donde tomamos unas tapas con la cerveza. Tras desayunar vimos lo del camping donde montaríamos la tienda, habiendo dos: uno a seis kilómetros, en Candelario, un pueblo, y otro a diez kilómetros, decidiéndonos por el primero, lo cual fue un acierto pues Candelario es una auténtica pocholada de pueblo serrano, situado entre castaños, robles, pinos, cedros, alisos y otros, con mucho agua y en un ambiente que rezuma humedad y frescor y, según creí haber entendido, a unos mil doscientos metros de altura, rodeado de unas buenas montañas con sus lagunas, su nieve casi todo el año, su clima, ideal en verano, y con una arquitectura muy particular, donde se mezclan la piedra y la madera combinadas aparentemente de manera rústica, pero que tras una minuciosa observación, de rústico no tiene nada, si no que responde a un sentido eminentemente práctico, derivado de la industria dominante, que si no me equivoco gira en torno a la cárnica y a los productos procedentes del bosque.
Desde luego, esa piedra y esa madera están combinadas sencillamente, pero con un arte, una belleza y una gracia popular que te deja impresionado, o al menos así me dejó a mí: sus balcones de madera a modo de enrejado sobresaliendo de las fachadas de las casas, sus puertas de madera de dos cuerpos, cuya parte superior suele estar abierta dejando ver un zaguán graciosamente decorado con todo tipo de cacharros del campo o de la elaboración de las chacinas; las fachadas son un enrejado de obra y madera, y las partes bajas de piedra.
Las calles suelen ser empinadas, como buen pueblo de montaña, empedradas, terminando muchas de ellas en pequeñas placitas, mucha agua por todas partes, circulando por canales que hay en uno de los lados de las calles, fuentes en las esquinas y un verdor por doquier que lo envuelve todo.
La gente es como una transición entre los extremeños y los castellano-leoneses, un poco secos pero sin ser antipáticos. También es cierto que era pleno verano, que toda la juventud estaba en su pueblo, que eran las fiestas de éste y que había bastantes forasteros como nosotros, pero en general son gente amable y educada.
Allí tienen un vino del año que es un tanto afrutado, muy rico y que entra estupendamen--te. Como la mañana del primer día la pasamos en Béjar dándonos una vuelta para conocerlo, por la tarde decidimos pasarlo en Candelario. Primero pasamos por el camping, donde nos dimos un baño en la piscina, luego dormimos una siestecita y por la noche nos fuimos al pueblo -el camping estaba a las afueras-, que como estaba en feria pues ofrecía un ambiente fenomenal. Allí le dimos un repaso a casi todos los bares, por no decir todos, parando de vez en cuando en una plaza en la cual se congregaba la mayoría de la gente, bailando al son de la música que proporcionaba la orquesta, poniéndonos nosotros también a bailar, pasándonoslo estupendamente.
Bueno, a las tantas y monas nos fuimos para el camping. Entre otras cosas conocimos el pueblo de noche, iluminado por las farolas, que le daban un aspecto muy diferente al que tenía durante el día, ofreciéndose encantador, bueno, de día también es encantador, pero de noche el encanto era diferente.
Al día siguiente, por la mañana, conocimos el pueblo a la luz del sol, sorprendiéndonos mucho por sus características arquitectónicas y su entramado callejero, así como las casas. Después nos dimos un paseo por los alrededores, siguiendo el cauce de un arroyuelo entre álamos, castaños y pinos, con la presencia de la montaña cerniéndose imponente sobre nosotros. Tras el paseo nos fuimos a una plazoletilla a tomar un refrigerio y a dejarnos penetrar por el alma del pueblo, por el silencio, por el murmullo de alguna fuente cercana, por el olor a naturaleza y a bañarnos en la vivificadora luz solar. Precisamente en el poyete de una fuente cercana nos sentamos a comernos unos bocadillos y tomarnos unas cervezas.
Después de eso, ya por la tarde, nos fuimos con el coche a darnos una vuelta por una carretera comarcal que serpenteaba por en medio de extensísimos bosques de castaños y que conducía al cercano pueblo cacereño de Hervás, encontrándonos que también es un pueblo sumamente encantador, con un barrio llamado judío, aunque la gente que allí vive te deja bien claro que ellos son cristianos. Sus calles son rectas o casi rectas, con macetas abundantes y de arquitectura bastante sencilla pero llamativa, aunque no tanto como en Candelario, pero con un algo que le confería una personalidad propia, no sé, quizás el trazado de la calle, quizás los accidentes de la misma, quizás las ventanas y las puertas, no sé, pero algo atractivo tenía. La gente parece bastante reposada y tranquila.
Esa misma noche, ya de vuelta en Candelario, parlamentamos Alberto y yo acerca de mañana y hablando, hablando decidimos irnos a Portugal a través de Cáceres, y dicho y hecho, al día siguiente nos fuimos temprano, poniendo proa a Portugal. El camino se hizo tranquilamente, contemplando dehesas, montañas y valles, unas veces con paisaje secano y otras veces con paisaje verde, aunque siempre, o casi siempre, atractivo. Así circulamos hasta llegar a Valverde del Fresno, último lugar en que paramos antes de entrar en Portugal, que distaba del pueblo unos dieciséis kilómetros.
Mas contentos que unas pascuas llegamos a la frontera y mas desolador no pudo ser el lugar, pues la carretera asfaltada terminaba justo en la frontera, sin un solo cartel que indicara que estábamos en suelo portugués y los únicos carteles que había eran los que indicaban el comienzo de la Comunidad de Extremadura, Provincia de Cáceres, pero claro, cuando entras en España viniendo de Portugal. A partir de ahí el camino se convertía en uno de cabras, de tierra vamos; solamente había una caseta en medio de un paisaje que por lo menos a nosotros nos pareció desolador, sin un solo árbol y allí en la caseta había un individuo que salió a ver y a decirnos que nada, que siguiéramos p´alante - era el guarda de la frontera-. Seguimos avanzando, ya te digo, por un carril de tierra, en segunda y a paso de tortuga, porque aparte de tierra tenía piedras y baches, así por lo menos durante veinticinco kilómetros calculo, que en esa marcha y despacio puede llegar a convertirse en una tortura, pero bueno, por fin llegamos a una carretera y tiramos para un pueblo llamado Penamacor, el cual pasamos de largo, al igual que un montón de pueblos llamados, por ejemplo, Capinha, Caria, Lamaçais, Teixoso, etc., hasta llegar a una pequeña ciudad llamada Covilha -con un palito como el de la ñ sobre la a-, en la cual paramos y estuvimos un buen rato dando una vuelta por el centro, saboreando el ambiente portugués, sentándonos en una terracita para deleitarnos y refrescarnos con una cerveja, que así se escribe cerveza en portugués, de la marca "Sagres", y oyendo a la gente hablar en ese idioma que resulta tan dulce, sobre todo en las mujeres; tiene como otro timbre, más melódico.
Bien, bien, ya empezaba la cosa a marchar viento en popa. Sacamos dinero de un cajero, fuimos a la Oficina de Turismo a pedir información sobre un parque natural llamado Serra da Estrela y con todo esto nos pusimos en camino, parando primero en Penhas da Saude, donde había un camping y un albergue juvenil, deprimente el primero y una birria el segundo, de modo que con las mismas tomamos las de Villadiego, poniendo rumbo a Manteigas, ya dentro del parque natural, el cual es muy arbolado y montañoso, aunque no son montañas muy altas, siendo su punto mas alto el monte Estrela, con 1.993 m., aunque hay varios que se hallan comprendidos entre los 1.200 y los 1.600 metros. No obstante es una buena sierra en cuanto a complicación orográfica. Aquí, después de dar algunas vueltas sin que nos informaran convenientemente, pusimos rumbo a Gouveia, pero por el camino encontramos un camping llamado "Covao da Ponte" y menos mal, porque la carreterita a Gouveia se las traía.
Una vez llegamos, montamos la tienda y dejamos todo controlado, yéndonos a continuación al bar, que era bastante curioso, todo de piedra y en plan rústico, donde nos tomamos unas cervezas, estando durante un buen rato, para irnos a la tienda a comistrajear algo y retornar nuevamente al bar a probar el vino del país y estando en esto se nos acercó un joven, vecino de una ciudad cercana llamada Guarda. Este joven se llamaba Roberto, hablaba español muy bien, era bastante simpático y con una pinta un tantico chusmilla, pero las "vibraciones" que nos transmitió eran de buena persona, un joven con ganas de marcha y de conocer gente.
Así estuvimos durante un buen rato, llegando luego sus amigos, los cuales se unieron a la charla. Eran seis, tres chicos y tres chicas, todos gente sana, amables y muy hospitalarios; te invitaban a todo y ésa misma noche nos hicimos amigos, armando una verdadera juerga. Lo malo es que a mi me entró dolor de cabeza, teniendo que irme a la tienda para estar en silencio, perdiéndome la fiesta que montaron en el bar, pero bueno, a la noche siguiente montamos otra y aquí si que estuve, armando el mismo escándalo que los demás.
Al día siguiente me levanté antes que Alberto, estando ya ésta gente despierta y desayunando, a lo cual me invitaron, poniéndome de todo: galletas, pan, salchichón y café, que por cierto me lo pusieron con demasiado azúcar, cosa que no me gusta. La verdad es que terminé ahíto y más parecía que me estaban cebando que invitándome a desayunar.
Cuando al cabo de las horas se despertó Alberto, lo primero que le pasó al salir de la tienda fue que una familia que se había puesto a nuestro lado para celebrar el cumpleaños de la abuela le invitó a comer, pero así, sin discusión, que a comer, diciéndoles Alberto que es que se acaba de despertar, cosa que no les convence y le vuelven a decir que nada, que a comer, y menos mal que acudió en su auxilio uno de los muchachos a decirles a la familia que lo excusaran, que es que se había acostado muy tarde y que había bebido "un poco", o algo así, accediendo a ello la familia y si no es por esto Alberto come por narices.
Bueno, tras todo esto fuimos a casa de uno de los muchachos, la cual se hallaba en un pueblecito llamado Sameiro, pero como yo necesitaba sacar dinero y ni en Manteigas ni en Sameiro había cajero, fuimos primero al pueblo de otro de los chavales, pueblo llamado Belmonte, en el que estuvimos un rato, pues fuimos a su casa donde nos obsequió con una cerveza. De ahí retrocedimos a Sameiro, el pueblo del otro de los muchachos; allí, después de presentarnos a su abuelo, fuimos a una bodeguilla que tenían cerca de la casa y donde aparte de tomarnos unas cuantas copitas, llenamos dos garrafas de cinco litros de vino cada una, regalándome a mí una botella. Era un vino del año, procedente de una finca que tiene el abuelo. De allí nos fuimos al camping, encontrándonos por el camino con unos amigos de esta gente, quedando con ellos para cenar.
La cena fue estupenda, pues aunque fue pollo asado, éste estaba hecho por una de las chicas según una receta portuguesa: cogen los pollos -fueron cuatro pollos-, los abren y después de lavarlos bien los empapuzan en una salsa que previamente habían hecho y en la que estaba el secreto; lo dejan un buen rato empapuzándose y cuando éstos ya han absorbido suficientemente la salsa, lo ponen en la barbacoa, sobre las brasas, hasta que está hecho. Luego lo trocean y le añaden una ensalada de coliflores y otros en vinagre. ¡Ojú, niño, para chuparse los dedos! . Tenía un sabor picantito que le hacía delicioso, añadiendo al sabor ese punto que las brasas confieren a los alimentos elaborados en el campo. Por supuesto regado con vino del país y amenizado por la compañía de esta gente tan encantadora. Desde luego, para mí, dejaron el pabellón de Portugal muy alto.
Tardamos mucho en cenar, o mejor dicho, echamos mucho rato cenando, pues éramos unos pocos, todos jóvenes y con ganas de jarana, pues aparte de los siete que ya conocemos mas Alberto y yo y dos mas, los que nos encontramos por el camino, siendo uno de ellos policía judicial en Lisboa y el otro era un prenda, hijo de españoles residentes en Lyon, Francia, pero que pasaba todos los años unos días de vacaciones en pueblos de la zona.
La verdad es que la cena fue una fiesta, la continuamos en el bar, lugar al que nos trasladamos todos y donde montamos un buen tinglado, hablando, riendo, bebiendo y las chicas, sobre todo una de ellas, cantando canciones en español, coplas y cosas parecidas, tendiendo a lo flamenco, arrancándose también por fados, que es la música popular de Portugal, todo ello acompañadas de la guitarra, tocada primero por un rubio con bigote y luego por el camarero del bar. Después de ellas se arrancaron a cantar otros y todo ello en medio de un jolglorio y animación estupenda, estando yo por mi parte bastante gracioso y ocurrente, aunque no canté, porque si no lo estropeo y se pone a llover.
Pues nada, así estuvimos hasta las tres y media de la madrugada, momento en que el camarero dijo que tenía que irse a su casa, de modo que le ayudamos a recoger y nos fuimos todos a dormir. Por lo visto Roberto había triunfado con una chavala que era vigilante del camping junto con otra chica, la cual se había enrollado con el camarero, pero no llegó en el caso de Alberto la cosa a buen puerto, porque se fue para la tienda al igual que yo, lugar donde liamos un escándalo, de la risa que nos entró, no sé porque motivo - sería el alcohol -, hasta que nos quedamos dormidos.
El día siguiente ya fue mas tranquilo, tomándonos las cosas con mas calma: ahora me levanto, ahora me tomo un café, ahora me doy una ducha, ahora me tumbo al sol y así hasta que nos dio por coger el coche para acercarnos a Manteigas a comer, más por no abusar de esa gente que por comer allí. Cuando llegamos nos tomamos una cerveza y mientras lo hacíamos decidimos que bien podíamos largarnos de allí, ir al camping, recoger la tienda y los petates y poner rumbo a España: dicho y hecho, recogimos, nos despedimos y al rato estábamos conduciendo tranquilamente comentando los sucesos vividos, así hasta que llegamos a Guarda, donde hicimos una merienda-cena a base de cordero en salsa y coca-cola, unas aceitunas y pan, para luego seguir conduciendo hasta nuestro próximo destino, el cual era Ciudad Rodrigo, en Salamanca.
La Serra da Estrela en sí no estaba mal, con sus montes, sus árboles, sus arroyuelos, etc., bastante bonita y agradable, pero una sierra mas; y en cuanto a los pueblos pues no nos dijeron nada, bien por que no los conocimos en condiciones, bien porque tampoco tenían gran cosa por conocer, pero me inclino por lo primero. Lo que si nos dijo y bien la sierra es que allí hace frío, pues por las noches había que abrigarse y si a eso le añadimos la humedad pues agarra y vámonos: por la noche al hablar salía humo por la boca. La gente nos parecía un poco cateta en términos generales, muy rurales, pero si hay que destacar algo de ellos es su hospitalidad, su amabilidad y su buena educación.
El camino a Ciudad Rodrigo fue bastante tranquilo y ameno, llegando a España en poco tiempo y a eso de las siete y media estábamos "flipando" en Ciudad Rodrigo, donde hacía un poco de calor, pero bueno, la ciudad en sí anulaba una serie de estímulos exteriores como ese del calor, pues primero te encuentras con la muralla que la rodea, luego con una catedral, luego que si edificios nobles por aquí y por allí, que si una gran Plaza Mayor, que si esto y que si lo otro, en fin, dimos unas vueltas, alucinamos un rato y nos fuimos para el camping, en donde después de montar la tienda, nos fuimos al bar, tomamos unos cubatas y unas aceitunitas y nos fuimos para la tienda a dormir, que mañana sería otro día.
Al día siguiente tras ducharnos y desayunar nos fuimos para el pueblo, primero a la parte moderna buscando un cajero para que Alberto sacara dinero y una vez hecho irnos a la parte antigua, que vista a la luz del día resulta imponente e impresionante. Primero porque para entrar en el casco antiguo lo haces a través de una puerta que en la muralla hay, habiendo cuatro puertas que dan acceso a la ciudad, observándose sobre cada una de ellas unas ranuras, por los cuales corrieron en su día las cadenas que izaban o bajaban los puentes levadizos. Una vez dentro y empiezas a deambular, observas el trazado de las calles y que en todas ellas hay como poco un edificio noble, grande, de piedra y cuando mas te acercas a la Plaza Mayor la densidad de edificios nobles aumenta. Citaré el de Correos, el Ayuntamiento, varios de la Plaza Mayor, la Catedral, alguna iglesia, etc.
También se ven en las calles muchos bares, vamos, casi sales de uno y dos puertas mas para adelante te encuentras otro y luego otro y así hasta que llegas al final de la calle, en este caso la Calle de Toro, para luego pasar a otra calle y, ¡claro!, con los vasitos de vino a cinco duros, pues decidimos que debíamos hacer un vía crucis, pero con moderación, con lo cual matábamos dos pájaros de un tiro: conocíamos el pueblo y comíamos con las sabrosas tapas que nos ponían con cada vinito.
Al final, después de dar doscientas vueltas a la ciudad y empapados ya de ella, nos fuimos de vuelta al camping, pero cuando cruzamos el puente romano que hay, nos topamos con una barriada de gitanos, en la que había un bar y con las mismas allí nos metimos a tomarnos un café y un viena con mantequilla, hablamos con el camarero y como estaban poniendo en la televisión una corrida de toros desde la plaza de La Malagueta, pues imagínate el escándalo cuando pusieron vistas del Parque, del Puerto, de Gibralfaro, del Paseo de Reding y de los alrededores, haciendo brindis, con el café nosotros y con una manzanilla el camarero, que se unió a nuestra fiesta y los parroquianos que, asombrados con nuestras muestras festivas, creo no salían de su asombro ante tanto escándalo.
Al llegar al camping, Alberto se tumbó un rato a descansar y yo, como no estaba cansado, me fui a dar una vueltecita por los alrededores del camping durante un rato, tras la cual, anocheciendo ya, me di la vuelta regresando a la tienda, donde me encontré a Alberto dormido. Así, como tenía hambre saqué los cacharros y me preparé la cena, mientras escuchaba la radio y tras cenar me fumé un cigarro, quedándome relajado mirando el cielo y pensando en lo hasta ese momento vivido, hasta que a eso de las doce me metí en la tienda a dormir, bueno a intentar dormir, porque primero Alberto con sus ronquidos , luego un gato con sus maullidos y por último unos vascos que cerca de la nuestra tenían su tienda empezaron a hacer ruido, consiguieron que tardara en dormirme y que lo hiciera a trompicones.
El día siguiente lo dedicamos para ir a ver la Sierra de Francia, en donde vimos pueblos como La Alberca, localidad declarada Monumento Nacional, pero con millones de personas ocupándolo, con muchos puestecillos de objetos típicos, tiendecitas de productos gastronómicos, entre ellos la miel, restaurantes y otra vez millones de personas. Entramos en una taberna chulísima, muy rústica pero atractiva, una pocholada, con vigas y columnas de madera de castaño, las mesas y las sillas también de madera, muchos objetos tradicionales del uso doméstico y agrícola colgados de las paredes, muchos de ellos elaborados en madera. El viejo tabernero no era de madera, si no un simpático abuelo que te atendía con una sonrisa en los labios y que cuando terminabas el vino no se como se las apañaba para que el vaso apareciera nuevamente lleno y sin que nos diéramos cuenta.
Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero entre este pueblo y Candelario me gustó mas este último, pues aunque La Alberca está muy bien, muy típico y muy acogedor, sin embargo Candelario me resultó mas representativo de la identidad de la comunidad que en el vive. Quizás me impidiera penetrarme mas de La Alberca el exceso de turistas que abarrotaban sus calles y, como el dicho, los árboles me impidieron ver el bosque.
Bueno, el caso es que estuvimos paseando y cuando encontramos una tienda de comestibles, compramos comida y nos fuimos a ver un monasterio que se encuentra en el pico mas alto de la Sierra de Francia, llamado La Peña de Francia, cuya cota está en los 1.720 metros y desde donde se obtienen vistas impresionantes: al norte las llanuras salmantinas e incluso las zamoranas, por el este se alcanzan a ver las estribaciones mas occidentales de la Sierra de Gredos, por el oeste las sierras portuguesas y por el sur los montes extremeños; vamos, una atalaya privilegiada desde la que dominar el país. Lo único malo es que la atmósfera no estaba cien por cien nítida y no pudimos gozar de toda la grandiosidad de semejante panorámica.
Por estas peñas y en este monasterio anduvieron y estuvieron personajes como Machado, Unamuno y otros del 27 y ahora se veía honrado con la visita de este cronista, que emulando a aquellos pensadores de aquella España, me estrujé el cerebro pensando alguna grande idea que desde aquellas peñas dirigir al bizarro pueblo español, pero tuve que dejarlo, porque mi acompañante no me ayudaba precisamente a ello, pues el sitio no le entusiasmaba y me urgía a dejarlo, impidiendo que España se beneficiara de algún brillante pensamiento que la mejorara. Una lástima, la Historia se lo demandará.
El monasterio en si no me impresionó gran cosa. En el hay una hospedería que acoge a peregrinos o a personas que buscan retiro y apartamiento del mundo para dedicarse al estudio, a la oración o a la meditación.
El resto del día lo dedicamos a ver la comarca, a comer en medio de un rebollar y a tirarnos tres horas buscando unas lagunas que habíamos visto desde lo alto del monte y que al final no encontramos. Hacía bastante calor.
Ya avanzada la tarde fuimos a lavar el coche, retornamos al camping, nos duchamos, cenamos y nos acercamos al pueblo a terminar la jornada comentando las incidencias delante de un vaso de vino del país. Al final la conversación nos llevó a pasear por lo alto de la muralla, junto a una de las puertas de entrada a la ciudad, donde empezamos a imaginar como debía ser el trajín diario de una ciudad medieval, acordándome yo de un libro que había leído de Sánchez Albornoz acerca de cómo eran las ciudades medievales del año mil y quise sobreponerlo a esta de Ciudad Rodrigo, aunque contaba con el inconveniente de que a Alberto no le interesaba mucho ese libro y prefería divagar imaginando por su cuenta. El final de la conversación nos pilló en el camping y con lo tarde que era lo mejor sería echarnos a dormir y continuarla otro siglo.
Al día siguiente nos levantamos pronto, puesto que habíamos quedado con César en Piedrahita, un pueblo de Ávila, pues estaba también de viaje y venía de Toro, después de recorrer el antiguo Reino de León, visitando lugares como el ya mencionado Toro, Astorga, Sanabria y su lago, Benavente y otros.
En Piedrahita, ya con César, estuvimos el tiempo de tomarnos una cerveza con su tapa y largarnos a través del impresionante puerto de la Peña Negra -1.909 m.- a Hoyos del Condado, donde comimos.
Después de comer nos fuimos a Arenas de San Pedro a través de la Sierra de Gredos, por el Puerto del Pico -1.352 m.-, también impresionante y en el cual pudimos ver una calzada romana y bebimos de una fuente un agua que estaba riquísima y muy fresquita. A partir de aquí el clima cambió radicalmente, pues se volvió muy caluroso y seco, debido a que pasamos de la vertiente norte a la sur de la sierra y no veas si se nota.
De allí nos fuimos a un pueblo cercano llamado Guisando en busca del camping, pero como este era una birria nos volvimos para Arenas de San Pedro, en donde había otro mas majo y con hostal incluido, y no veas lo que agradecí una cama, porque francamente, ya estaba un poco harto de dormir en el suelo. Allí estuvimos dando los tres unas vueltas, parando a tomar unos vinitos con sus tapas a la vez que comentábamos nuestras respectivas incidencias, trasladando luego la conversación al restaurante donde cenamos, lugar recogido donde tenían un menú breve pero suculento. Allí, distendidamente, comentamos nuestros próximos proyectos y como levarlos a cabo. Avanzada la noche retornamos al hostal, acostándose César enseguida y quedándonos Alberto y yo charlando un rato en el porche del hostal mientras nos fumábamos un cigarrillo.
Al siguiente día nos fuimos a Oropesa, en la provincia de Toledo, donde disfrutan de un rico patrimonio cultural y arquitectónico, con Parador de Turismo incluido, y donde César compró un quilo de los famosos mazapanes toledanos, que están de órdago, oiga.
De allí nos trasladamos a Talavera de la Reina, centro industrial de la cerámica y ciudad importante, siendo incluso más grande que la misma Toledo. Allí comimos y después de ello, como César quería ver cerámicas porque le gustan mucho, decidimos Alberto y yo acercarnos a Toledo y reunirnos allí con César. A todo esto hacía un calor de campeonato y cuando llegamos a la Ciudad Imperial, los termómetros de la calle marcaban los 45 grados, que ya está bien, digo yo.
Una vez allí nos fuimos al albergue juvenil a apalabrar unas camas para pasar allí la noche, yéndonos luego al centro a situarnos en el lugar - no yo, si no Alberto, porque yo ya había estado allí unos años antes-. Vimos tiendas, calles y casas, la Catedral y poco mas, porque se hacía necesario ir al parador de turismo para no hacer esperar a César más de la cuenta. Andando, andando llegamos al parador y hablando nos dijo César que aunque tenía programado regresar a Málaga el sábado, se lo había pensado mejor y como era buena hora había decidido volverse esa misma tarde del viernes y como Alberto también empezaba a estar cansado de viajar -el pobre era la primera vez que hacía un viaje de estas características-, decidió que era el momento adecuado para marcharse a Málaga aprovechando la oportunidad que le ofrecía la decisión de César, de modo que adiós, adiós, ellos a Málaga y yo a pasear por Toledo, decidiendo durante el paseo que mañana era un buen día para ir a visitar a Luis y a Lola, que viven en Benicassim. Cené en un MacDonald que hay en la plaza de Zocodover y retorné al albergue, donde se hallaban residiendo un grupo de niños saharauis, armando la bulla que solo los niños son capaces de armar. Estos niños, según supe, estaban pasando unas semanas allí invitados por la Junta de Castilla-La Mancha, pues con la guerra del Sahara estos niños no gozaban de muchas alegrías y aquí se les ofrecía la oportunidad de pasárselo a lo grande olvidando por algún tiempo las carencias de su pueblo. Lo único negativo del albergue era la cantidad de guiris tontos que allí había y que el único español que en el albergue se hospedaba era yo. Bueno, los saharauis son un poco españoles.
Al día siguiente me levanté tempranito, me duché y a eso de las siete y media puse rumbo a Benicassim, lugar al que llegué sin contratiempos alrededor de la una de la tarde y allí estaba Luis esperándome, nos dimos un fuerte abrazo, pues hacía tiempo que no nos veíamos. Allí pasé tres días y medio, regalado por el buen hacer de Lola, su mujer. Salí poco, porque no me apetecía y porque estaba minado de turistas el pueblo y solo iba a la playa a darme un chapuzón y pasear por la orilla, pero por la mañana temprano. El tercer día me fui por la mañana temprano a Peñíscola, el pueblo-fortaleza donde se refugió aquel Papa Luna, el cual es netamente mediterráneo, levantino, luminoso y cargado de historia, aunque también tenía una sobrecarga de turistas. Estuve dando vueltas por el, impregnándome de su espíritu y cuando ya me iba a atragantar con tanta impregnación espiritual, decidí que debía irme, pues lo que me interesaba, que era poder ver el castillo, resultó imposible por la cola de gente tan espantosa que había y perdí el interés por seguir allí.
Regresé a Benicassim a comer con mis amigos y por la tarde, al marcharse estos al trabajo, me quedé viendo la televisión, hasta que retornaron, Estuvimos hablando, cenando y viendo la tele hasta las tantas, que nos acostamos, pues ellos tenían que trabajar al día siguiente y yo ponerme en camino para Málaga.
Por el camino paré en Albacete, donde pasé un rato y me tomé un café y de allí a casita, a reposar tranquilamente, rememorar el viaje y hacer balance de lo aprendido, contárselo a la familia y a todo aquel que cayera en mis redes, el cual no se escapaba sin escuchar mi historia."
Y así, colorín colorado, este cuento se ha acabado. Te adjunto un plano de la península donde te señalo la ruta recorrida en esta jornada, la cual a ojo de buen cubero ha supuesto un recorrido de 3.150 quilómetros. La próxima carta será de asuntos más cotidianos. Espero que esta te haya entretenido un poco. Recibe besos y abrazos de tu hermano,
Fernando José
lunes, 23 de noviembre de 2009
martes, 17 de noviembre de 2009
Operación Polonia ( Alemania ) ©®
Operación Polonia ( Alemania)
Fernando José de Laguno Oviedo
Málaga, Agosto de 1992
A todos los que siempre han deseado hacer un gran viaje
Málaga, a 7 de Septiembre de 1992
Bueno, ya estoy de nuevo en Málaga, en la rutina diaria citadina, aunque no me importa, pues ya tenía ganas de estar de nuevo en España y en Málaga, de ver españoles y malagueños, de hablar español y si puede ser por los codos.
Recibí tus postales en las que dices que alucinas con el tema del viaje a Polonia y que te mande postales y fotos de allí, cosa que, desgraciadamente, no podrá ser por lo siguiente:
"Un buen día de Julio, el 31 concretamente, y después del trabajo, cojo mi coche y junto con tres amigas me lanzo rumbo a Madrid, pues dos de estas chicas van allí y como me pilla de camino no me importa llevarlas y así tengo compañía. Tras Madrid, continúo rumbo a Huesca, donde vive Luis, para dejar allí a la otra chica, Lola, que es su novia. Aprovecho la ocasión y estoy un día con ellos, para al día siguiente, de madrugada, salir rumbo a ..... POLONIA.
Ese mismo día cruzo prácticamente Francia entera, quedándome a dormir muy cerca ya de Alemania, pues estaba cansado de los mil cien kilómetros recorridos, incluidos los Pirineos, que no son moco de pavo. Dormí en un área de servicio de la autopista, después de haber cenado algo. Por cierto: Francia es una pasada de cara, la madre que los parió.
A la mañana siguiente me puse de nuevo en ruta, cruzando la frontera por Saarbrücken, tomándome el día con mas calma, recorriendo alrededor de 500 Kms o así, pues paré en algún que otro pueblo que me parecieron bonitos, hasta la hora de comer, que paré en un pueblo grandecito llamado Bad Hersfeld, yéndome al albergue juvenil, pues había decidido dormir allí.
Tras eso me fui a recorrer el centro histórico del pueblo, cosa que se hace rápido, pero como era la primera urbe alemana que veía, todo me maravillaba y es por eso que tardé mas de la cuenta en verlo. Aquí como en infinidad de pueblos de Alemania, te encuentras con monolitos y cruces recordando a los muertos de las dos Guerras Mundiales que eran de cada pueblo en cuestión.
Bad Hersfeld es mas o menos la idea que un individuo como yo, que solo había visto Alemania en fotos, tiene de los pueblos aquel país, solo que ocurre que cuando has visto seis o siete pueblos ,puedes decir que los has visto todos: por supuesto que cada uno tiene sus particularidades que lo hacen único, pero no ocurre como en España, donde cada región tienen una arquitectura muy particular y que es diferente de la región de al lado.
Bueno, Bad Hersfeld -que es donde estoy- tiene algunos edificios de arquitectura gótica, aunque también los tiene del tipo renacentista. Así, tenemos el Ayuntamiento, la Iglesia, una torre alargada y muy picuda, una plaza que yo llamé Mayor y que es donde están la mayoría de los edificios hermosos y de donde partía o a donde llegaban una serie de calles muy típicas, que constituyen el centro histórico-artístico del pueblo. Lo mejor, el Ayuntamiento.
La gente era amable y no muy cateta, como los camareros del bar restaurante en el que estuve comiendo, donde el camarero se deshacía en atenciones, dándome las gracias cada vez que la decía o pedía algo, al igual que la camarera. El reloj de la torre del Ayuntamiento daba los cuartos con música como de cámara, mientras degustaba una exquisita "grossen" ensalada.
Para digerir la comida me fui a dar un paseo junto a los restos de la muralla -dos torres y un trozo de lienzo un poco ruinosos-, por las tranquilas calles del centro y un poco por la zona mas moderna del pueblo.
Este pueblo es famoso desde 1951 por un festival de teatro de Verano, llamado Bad Hersfelder Festpiele, y por tener las mayores ruinas de una iglesia románica de toda Europa, aunque dicho en honor a la verdad, ni visité el famoso festival de teatro, ni visité las mayores ruinas, aunque me hablaron de ellas en el albergue, pero como mi destino era Polonia, no me molesté en buscarlas y visitarlas.
En fin, otro día será.
Bueno, a la mañana siguiente bien temprano me lancé hacia Polonia, parando únicamente para echar gasolina, pues gasté mucha debido a lo que corrí. En Alemania la gente va por las autopistas como balas, vamos, como a 220-240 km/hora sino a más y me contagié de ello, aunque sin llegar a esas velocidades, claro.
Aún era temprano cuando crucé el famoso río Óder y tras él la frontera, sin mayor contratiempo. Por el camino había visto un convoy de camiones militares rusos transportando tropas y material militar, y anteriormente, a la altura de Frankfurt y alrededores, multitud de coches norteamericanos, bases aéreas, centros de telecomunicaciones, cuarteles de infantería, negros, blancos y todos yanquis.
Al entrar en Polonia, al poco de pasar la frontera, paré en un lugar donde podía cambiar marcos alemanes por zlotys polacos. Cambié 800 marcos por mas de 7.000.000 de zlotys, todo en billetes, porque lo que son monedas, el poco tiempo que estuve en Polonia no vi ni una.
De modo que, por primera vez en mi vida, era millonario, siendo también un guiri y con pasta, un decadente burgués occidental como aquellos guiris que venían a España hace 30 años y que con poco dinero hacían de todo, pues igual, pero con la pena de que ya no vienen a España guiris podridos en dinero a gastarlo a manos llenas. Además, España se ha vuelto cara y ya no es tan rentable para los extranjeros como antes.
Pues nada, después de haber cambiado pongo rumbo al interior de Polonia, dirección Poznam, viendo pueblos, aldeas y multitud de puestecillos ambulantes donde vendían tabaco rubio americano, frutas, cerveza, etc, pero como no me interesaba pues no paraba, aunque debí haberlo hecho solo por curiosidad, pero es que como te pares te asedian.
Los pueblos me parecían grises, un poco tristes, melancólicos y destartalados; la gente con aspecto un tanto cateta y nada a la moda....occidental, claro. No sonreían mucho que digamos, aunque hay algunos europeos occidentales que no sonríen ni por equivocación. Parecían, no sé, como pobres de toda la vida, bien alimentados y vestidos, sí, pero escasos de riqueza: como España hasta antes de ayer, vaya, ni mas ni menos.
Continuando la carretera llegué a una ciudad llamada Gorzow Wielkopolsky, aunque antes de llegar tuve un pequeño sustillo y por lo siguiente: como viajaba en pantalón corto de deporte porque hacía bastante calor, pensé que debía cambiarme y ponerme unos largos antes de parar en la ciudad, por aquello de que no sabía como era lo correcto allí y mas valía pasarse que no llegar.
Así pues, paré en la cuneta y empecé a cambiarme, pero no había terminado de ponerme los largos cuando se me ocurrió contar el dinero, poniéndolo todo sobre el asiento de al lado, zlotys, marcos y pesetas, vaya, todo el dinero que tenía y en el menester de contarlo estaba cuando, de pronto y como por arte de magia, me veo a un individuo delante de mi, mas o menos de mi cuerpo, ofreciéndome un anillo de oro, según el "fortin carats" y según yo "del que cagó el moro". Bueno, que después de mucho tira y afloja, conseguí que me dejara en paz, marchándose el tío y yo siguiéndole con la vista, llevándome la sorpresa de que en la cuneta opuesta había un coche aparcado con dos hombres mas y no precisamente de mi cuerpo, si no mas bien todo lo contrario: ¡dos moles!. ¡Uf!, ¡de buena me libré si el primero, en vez de insistir con el anillo, va a decirle a sus colegas que en aquel coche hay un tonto con todo su dinero en lo alto del asiento!. Menos mal que tuve suerte.
Tras este incidente continué circulando hasta que entré en la ciudad, empezando a buscar el albergue juvenil, cosa que era un poco difícil de encontrar con todas las calles rotuladas....en polaco, claro. Cansado de dar vueltas, paré en un parque y me acerqué a una pareja, pero imaginé que serían unos novios hablando de sus cosas, de modo que preferí ignorarlos e irme al coche y cuando ya iba a cerrar la puerta-estaba fumando-, me encuentro con que a mi lado está el muchacho pidiéndome no se qué, o sea tabaco, que se lo dí, pero, o sea, el quería dos, porque claro, tonto de mí, su novia también fuma, ¡como no había caído en ello!. Pero lo que mas molestaba de eso no era que me lo pidiera, sino que tuviera que estar toqueteándome, con la rabia que me da eso, pero aquí debe ser lo normal, que te tocan, te agarran, se te echan encima.
Tras irse, empecé a mirar a ver si encontraba a alguien a quien preguntar por el albergue y vi viniendo del interior del parque a una pareja que debían ser matrimonio y con bastante buen aspecto, dando la feliz casualidad de que cuando les pregunté por el albergue enseñándole la guía de albergues, resultó que ella hablaba inglés: ¡por Zeus, ya era hora de que alguien hablara algo que yo entendiera!. Les pregunté enseñándoles la dirección y me dijeron que si, que no estaba lejos, que conocían la calle y que me acompañarían si no me importaba esperar un momento a que compraran una cosa, que en seguida venían. Cuando volvieron me dijeron que mejor ir en coche porque si bien no era lejos, si un poco enrevesado. De modo que nos montamos y me llevaron hasta la misma puerta del albergue, yéndose ellos no sin antes agradecerles sinceramente el favor. Gente amable y educada, con un toque de familiaridad.
Así pues, entré en el albergue, pedí cama y dejé el equipaje en la habitación, saliendo a aparcar correctamente el coche. A la vuelta me topé con un joven, polaco, que cuando lo saludé y le pregunté no se qué, resultó que sabía inglés, pues eso estudiaba, viendo yo el cielo abierto.
Lo primero que le pregunté tras presentarme, fue si no había peligro de que el coche "durmiera" en la calle por aquello de ser extranjero-y con matrícula parecida a la alemana-, o si por el contrario era mejor que "durmiera" en un garaje, respondiéndome que era mejor en un garaje, habiendo, afortunadamente uno allí cerca, al que me acompañó. Éste estaba en un hotel. Que no se porqué, me pareció que debía ser el mas grande de la ciudad.
Después nos fuimos a recorrer la ciudad, haciendo él de guía, pues ya había estado antes allí y la conocía un poco. Este joven, que en vacaciones recorría Polonia en bicicleta, era alto, delgado, rubio, blancucho y con cultura, o sea una suerte, porque iba a ser una fuente de información y de compañía. Además, me recordó a mi mismo cuando tenía 20 años y recorría España con la mochila a la espalda y conocía extranjeros, como aquel australiano que conocí en el tren a Santander, o como aquella estadounidensa del albergue de Lugo, o......,bueno, pues eso.
La ciudad era un poco mucho gris, destartaladilla y con ambiente o sensación de abandono. La catedral era de ladrillo visto del s.XII, reconstruida tras haber sido destruida en parte durante la guerra del 39. Algunos edificios nobles, no de mucha vistosidad pero si curiosos, flanqueaban las calles, con sus árboles en las aceras.
La verdad es que se veía un poco de pobreza, con la gente de aspecto un tanto, digamos, provinciano, poco fina y pocas sonrisas, aunque haya de todo, claro. Menos mal que este muchacho era hablador y simpático, de modo que me iba enterando de cosas polacas durante el paseo, como por ejemplo que no pueden ni ver a los rusos, que para comer y vivir el ejército es una buena solución, que el campo sigue presidiendo la economía, que la religiosidad en Polonia es mas bien fachada y que se va mas a misa por el que dirán y porque hay que ir los domingos y fiestas de guardar, que están viniendo guiris a montones, que el índice de alcoholismo es muy elevado y cosas varias mas.
Después buscamos un supermercado para comprar la cena y seguir hablando, pues me interesaba mucho enterarme de lo mas posible de estos polacos a los que tan poco o nada conocemos en España. Cuando llegamos al supermercado, éste no era mas que una tienda grande y nada moderna -para un europeo occidental, claro-. Poca iluminación y con colas de gente en cada sección, aunque con las ventaja de que pagabas en el momento de recibir el producto, de modo que no tenías que hacer luego una cola para pagar y, oye, eso ya es un triunfo, ¿no?. ¡ Pues no, porque son varias colas!.
Un supermercado en pleno centro de la ciudad que podía ser visto desde dos ópticas muy distintas, ambas válidas: una birria para el punto de vista de un representante de la burguesía capitalista occidental y una sofisticación para un "afortunado" representante del sistema socialista igualitario y popular. A este joven lo meto en el Eco Palo, en el Continente o en El Corte Inglés y entra en estado catatónico o algo mucho peor e irreversible.
Eso me alucinó y nada le dije, pues no era yo nadie para ir cantando las excelencias de un sistema mas igualitario y libre que en el que él vivía, pues para él ese supermercado era fantástico y no iba a venir yo de fuera para vacilarle, máxime teniendo en cuenta que siempre he criticado a los guiris que, con su proverbial mala educación, hacen eso.
Después seguimos paseando un poco mas, pero ya anochecía y nos fuimos para el albergue, donde nos preparamos unos bocadillos mientras continuábamos hablando, pero esta vez era el quien hacía las preguntas y preguntaba de todo: como eran las ciudades y los pueblos, si tan grises como en Polonia o tenían otros colores, respondiéndole yo que hay de todo, que en Andalucía eran blancos y en Castilla ocres, que en las montañas se usa piedra y pizarra, pero que también los había blancos. Me preguntaba por las calles, plazas, jardines, si había muchas tiendas y bares -allí hay pocos-, como son las casas por dentro y que tienen y yo le decía que televisor, lavadora, lavaplatos, ordenador, armarios, equipos de música, biblioteca -el que la tenga-, caprichos, de esto y de lo otro. También preguntaba que si la gente viajaba mucho o si yo era una excepción, respondiéndole yo que si, que viajaban y que ahora estábamos empezando a salir al extranjero y que la excepción era yo viniendo solo y en coche a Polonia.
También preguntaba si había militares, si la gente era religiosa, si íbamos donde queríamos y como queríamos, cuanto dinero teníamos, como vestíamos, como eran nuestras carreteras..., mira, chiquillo, menudo repaso me dio, se quería enterar de todo y yo lo entendía, pues a mi me pasó lo mismo en su día con los guiris que iban a Málaga.
Como yo llevaba una lata de aceitunas rellenas de anchoa, le pregunté que si las había probado, respondiéndome que no, que las había visto en fotos pero que no las había probado. Así pues, la abrí y se las ofrecí, gustándole, porque se la comió prácticamente entera; también me llevé una botella de vino dulce Málaga Virgen, pero no bebía.
Pues aparte de tener la economía por los suelos, tienen un desconocimiento bastante grande del resto del mundo occidental, siendo este muchacho un botón de muestra, tanto mas importante cuanto que parecía culto y éstos son los mas informados.
Por cierto, su nombre era Tomec.
Ya avanzada la noche nos despedimos para ir a dormir, deseándole suerte y que cumpliera su sueño de ir a Inglaterra a perfeccionar su inglés y seguro que sí lo iba a conseguir, pues se le veía decidido.
La verdad es que despedirme de el fue una tontería, porque podía haber dejado la bici en su casa y haber venido conmigo por Polonia, menudo guía, y yo manejaba dinero en un país donde todo resultaba enormemente barato y con albergues por casi todo el territorio nacional, pero incomprensiblemente lo dejé ir, quedándome sin la oportunidad de conocer Polonia a placer. Bueno, esas son mis cosas.
A la mañana siguiente me desperté muy temprano , observando que a las 5:00 a.m. era ya de día, debiéndose eso a que como estaba en una longitud mas oriental el sol aparece antes que en Málaga.
En fin, empecé a buscar la carretera que había de llevarme a la famosa ciudad de Dancing -Gdanks para los polacos-, pero si no entré y salí cuatro veces de la ciudad no lo hice ninguna. Al fin, desesperado ya y viendo a un paisano que por la acera venía, me acerqué a preguntarle que como se iba a Dancing... y para qué, no veas, el tío iba como una cuba y eso que serían sobre las 8 de la mañana, enganchándoseme a hablar de fútbol y como vio en el coche la pegatina con la bandera de España e iba a ser o había sido el partido España-Polonia, pues que si Polska por aquí y Polska por allí, que si Olimpiski Polska-Jirspania, que si Polska, vamos, campeona galáctica.
-¡pero bueno, niño, me quieres decir como se va a Dancing!
-¡Polska, Polska!
-¡vale, Polska campeona, pero como voy!
-¡Polska, Polska!.
Y todo esto echándome los brazos por encima, sin parar de hablar y sin decirme como se iba a Dancing, de modo que me libré de el y siguiendo el único camino claro y señalizado, siendo este Stetin -Sczczecin en polaco- que estaba a 20 kms. de Alemania, siendo lo mejor de todo el que era por autopista , pero una autopista de adoquines, algo que nunca había visto.
Por la carretera se veían tractores, algunos bastante viejos, así como los camiones, todos con remolque, algunas carretas tiradas por bestias, llevando productos y en casi todas siempre, aparte del conductor, había uno o mas niños, todos con una cara de catetos impresionante. Menos mal que la carretera era aceptable, con unos arcenes anchísimos, por donde circulaban coches, la mayoría pequeños.
Al llegar a Stetin, lo primero que pensé fue en irme al albergue juvenil a dejar el macuto, pero en vez de eso me dio por callejear un poco con el coche y tomar una primera impresión de ella.
Tiene una zona medieval, con catedral y restos de muralla y una zona mas moderna con edificios importantes, no se si góticos o neogóticos. Da la impresión la ciudad de ser importante por lo grande que es, por la autopista que a ella va, por los edificios y por la sensación de ser capital de algo, aunque con ese aspecto destartalado que ya observé en Gorzow Wielkopolsky. Total, que en tres horas vi lo suficiente como para hacerme una idea de donde estaba y además tenía una guía, así que me fui a llamar por teléfono a casa, pero había pocas cabinas telefónicas y no tenía monedas, de modo que empecé a buscar alguna central de teléfonos y cuando la encontré me dieron a entender que tendría que esperar algunas horas y que mejor lo hiciera o por la mañana temprano o por la noche, de modo que me dije: "Alemania está a 20 kms., tengo un visado para entrar de nuevo a Polonia, ésta es muy grande y tiene mucho que ver, Lituania queda muy lejos y habrá que ver como es, de modo que lo mejor que puedo hacer es ir al primer pueblo de Alemania que me encuentre, llamo a casa y digo que no voy a llamar a menudo y con el visado que aún tengo, me vuelvo para Polonia y continúo mi viaje". Esto sería como a las dos de la tarde, me marché de allí sin pasar por el albergue y llegué a Alemania y a la cabina sobre las tres. Llamé, aproveché para comer, paseé y a eso de las seis me volví para Stetin.
Pero cual no sería mi sorpresa cuando al llegar a la frontera y pedirme el visado, les entrego el cartoncillo que me devolvieron dos días antes al cruzar la frontera cuando entré, y me dicen que eso no vale, que lo que quieren es el visado, la hojilla -y me enseñan una-. Yo les digo que lo que tengo es eso y ellos que "¡visa, visa!" y yo que "¡mira el cartón, tiene el sello!"y ellos que nada, que "¡visa, visa!"; de modo que nada, me quedé sin poder entrar y lo que pasó es que, cuando entré dos días antes, el guardia del puesto fronterizo se quedó con las dos hojillas y me dio el cartón. Menos mal que ni fui a dejar las cosas en el albergue ni se me ocurrió ir a Lituania, porque si no allí me quedo. Ahora me había quedado compuesto y sin Polonia.
De modo que de Polonia ni fotos, ni postales, ni recuerdos, ni gastronomía, ni ciudades ni "ná" de "ná" y, encima, una pegatina que compré con la bandera y el escudo de Polonia en un puestecillo cuando entré dos días antes, resulta que en las áreas de servicio de las autopistas alemanas las encuentras igual: misma forma, mismo modelo, mismos colores,..., es decir que los alemanes se las venden a los polacos. Bueno, por lo menos tengo los sellos de la frontera en el pasaporte, uno del día 5 y otro del día 6, unos billetes que me quedé -algunos para Víctor,que los colecciona- y los tiquets de los cambios de moneda, y ya está, que le vamos a hacer.
De todas maneras, no hay mal que por bien no venga, porque resulta que el coche sufrió una avería, un problema con la dirección y la suspensión y no se yo si me hubiera pillado en medio de Polonia, lo hubiera podido solucionar fácilmente o si me lo hubieran dejado bien. Quien no se consuela es porque no quiere.
La verdad es que no te puedo hacer un juicio de valor de Polonia, porque de ninguna manera la he conocido, pero por lo que vi si puedo decir que esa zona en concreto debe ser bastante pobre, a muchos años de desarrollo de nosotros -que ya estamos a varios años del de las naciones mas desarrolladas de Europa- y que como no espabilen, van dados.
En fin, como me quedé anonadado por no poder volver a entrar, pues empecé a navegar a la deriva y en dos patadas me planté en Hamburgo, es decir, volví a cruzar Alemania del Este sin verla, pues no paré mas que una vez para echar gasolina, y es que se me habían roto los esquemas y tras acordarme mil veces de la madre que parió a los polacos no me quedó mas remedio que optar por la alternativa alemana, de modo que después de hacer noche en un área de servicio de la autopista, a la mañana siguiente empecé a conocer Alemania, parando en primer lugar en Lüneburg, que es un pueblo grande pero con matrícula propia, aunque bien pensado aquí todos los pueblos grandes tienen matrícula propia: ¡vaya tontería!, ¡así no hay manera de saber de que provincia es cada coche!.
Si Bad-Hersfeld me gustó, este pueblo me gustó mas, pues todo lo que es el centro urbano está lleno de edificios curiosos, al menos para mi, y que en su día fueron las casas de los burgueses, todas muy bien cuidadas y acicaladas, con vivos colores, pero predominando el ladrillo como elemento básico en la construcción de la mayoría de ellas, sobre todo las mas antiguas; de estas podemos destacar la iglesia de San Juan (s. XIII-XIV), una impresionante casa de ladrillos color grisáceo, llamada Casa Negra (s. XIV), las casas que conforman la Plaza de la Villa, o sea, la plaza del pueblo, para entendernos, y que es donde paran los autobuses de línea; hay una calle llamada de los Pasteleros, donde destaca el edificio de la farmacia municipal, con una puerta realmente hermosa, muy trabajada. Al final de esta calle esta la Plaza del Ayuntamiento, el cual, aunque es bonito, resulta como muy mazacote, con cuatro columnas en la fachada principal, la cual está llena de nichos con estatuas.
Junto al río, el cual antes era navegable, existe una grúa pivotante, cuyos orígenes se remontan, al parecer, al siglo XIV y que es uno de los símbolos del pueblo, como algo representativo de su origen burgués. Frente a ella hay casas típicas del burgo, cuyas plantas bajas tienen escaleras que llegan al nivel del río, formando como una especie de puerto. Un molino de trigo movido por agua y según dicen del siglo XII, lo cual dudo, se encuentra en el puerto.
Además, reseñar la iglesia de San Miguel y la de San Marcos.
Creí que iba a tener compañía, porque cuando le pregunté a uno por el nombre de la plaza en que encontraba aparcado, éste se "enrolló", pidiéndome un cigarro, y cuando vio que era Fortuna, me dijo que lo conocía y le gustaba mucho, de modo que para hacerme simpático le regalé lo que me quedaba de paquete, que estaba casi entero y con el rollo, con el rollo, pues quedamos en ir a tomar unas cervezas, pero dentro de una hora, con lo cual podía conocer algo de la ciudad y de los nativos. El muchacho parecía enrolladete, progre, con gafitas redondas, chaquetilla sin mangas, gorra, pañuelo al cuello, pelo largo recogido en una coleta, de mi estatura mas o menos, vamos, que era un "lo que me convenía", una fuente de información y un medio de poder acceder mejor al ambiente juvenil de la localidad. En fin, que cuando vuelvo a la hora convenida el nota no aparece, ni apareció, con lo que me quedé sin cicerone y sin el paquete de tabaco.
Pues, señor, seguí dando vueltas por el pueblo, almorcé sobre las 13:30 y a eso de las 18:15 llegué al albergue juvenil, después de haber visto todo lo que buenamente me dio tiempo y, además, porque como estos alemanes son tontos, cierran la admisión en el albergue a las 18:00 horas, o sea que no podía demorarme para no quedarme sin cena y sin cama, cosas que ya había pagado, y "al enemigo ni agua".
En el albergue se cena de la siguiente manera: una cafeterita de zumo, tres ó cuatro clases de embutido, unas tres lonchas de cabeza, un trozo de mantequilla, un pequeño cuenco con verdura, arroz o ensalada y pan moreno, el cual cuando lo pruebas la primera vez lo encuentras sabroso, por aquello de lo exótico, pero cuando ves que es el único pan que te ponen en todas partes, acabas odiándolo, porque es mazacote, seco y al final no está nada bueno: digan lo que digan, como el pan blanco, ninguno. ¡Ah, se me olvidaba!, no te ponen servilleta ni por equivocación, excepto en los restaurantes, que es lo primero que te ponen.....pero no te ponen pan a no ser que se lo pidas y, claro, comer sin pan es casi como no comer.
En los restaurantes no te ponen una servilleta ni por una apuesta, pero sin embargo a las copas de cerveza, los muy cursis, le ponen en el pié de la copa como una especie de babero, que debe ser para que las gotas de agua de la condensación no goteen y te mojes, ¡huy, que delicados!.
Pues como Lüneburg ya la tenía vista, a la mañana siguiente tomé "las de Villadiego", poniendo proa a Goslar, teniendo que parar por el camino en un taller de la Ford, pues había observado que las ruedas delanteras, la parte interior, se había quedado sin dibujo, completamente lisas, preocupándome por ello. El del garaje me dijo que tenía mal la dirección y la suspensión, de modo que le dije que me lo arreglara, siendo por eso que dije mas arriba que no hay mal que de bien venga, pues no se que hubiera ocurrido de haberme quedado en el interior de Polonia, en alguna localidad poco importante, donde no hubiera un concesionario de la Ford. También debo dar gracias a Dios, porque podía haber ocurrido que las ruedas hubieran reventado y con las velocidades que cogía,...pues eso.
Una vez arreglada me puse en camino a Goslar, ciudad que me dejó gratamente sorprendido, pues es una ciudad medieval o mejor dicho un pueblo grande medieval, sumamente típico, vamos, como si fuera el pueblo de Hansel y Gretel y la casita de chocolate. Es como de juguete, como de un cuento para los niños, con fachadas de colorines y entramados de madera -como Covarrubias o Frías-, con muchas flores en los balcones y ventanas y con muñequitos que tocan campanas, golpean una fragua ó trasiegan cerveza, en las partes altas de las fachadas.
19-Octubre-1992
Como verás , ha pasado un poco de tiempo desde la última vez que escribí, y como te iba diciendo, es Goslar una localidad medieval ,accediendo al centro urbano a través de una puerta flanqueada por dos torres cilíndricas coronadas por un techo cónico. Destaca mucho el color y la limpieza, como en general en toda Alemania.
Fuí al albergue a pedir habitación y dejar las cosas y resulta que esos días tocaba un cantante de rock, un norteamericano, habiendo por tanto mucha juventud en el pueblo, tanta que tuve que compartir habitación con tres mozalbetes, con los que solo hablé lo siguiente: -¡Hola!, ¿de donde eres?-; -¡de España!-; -¡Ah, Sevilla, Expo, Barcelona, Olimpiadas!-; -¡No, bobo, soy de Málaga!-. Eso fue todo, porque, la verdad, no me apetecía ponerme a hablar con adolescentes, de los cuales solo uno hablaba inglés y que no paraban de beber cerveza y ya sabemos lo pesados que pueden llegar a ponerse estos jovenzuelos con varias cervezas de mas en el cuerpo, o lo que es lo mismo, cuando agarran un "colocón".
Tras la "interesante" charla, me fui a dar un paseo, pero esta vez a unos jardines muy bonitos y de los que partía un sendero que le daba la vuelta al centro histórico, casi todo el ajardinado. Pero como Goslar es una especie de Antequera pero con muchas menos cosas que ver, pues lo vi rápido, de modo que no esperé ni siquiera a la hora de dormir, y como no me apetecía hacerlo acompañado de tres "colgaos", me fui al albergue, recogí las cosas y me largué, porque entre otras cosas es que me repateaba ver tanto rubio junto gritando, berreando, bebiendo y haciendo el ganso y yo quería paz y sosiego. Así pues, cogí el coche y me fui hacia el sur, a una localidad llamada Schwäbisch-Hall.
Ésta también era una localidad tipo Antequera y en donde ya empezaban a repetirse los mismos esquemas arquitectónicos de los demás pueblos, resultando un poco pesado.
Tiene un castillo-palacio, un riachuelo con patos cruzado por unos puentecitos de madera cubiertos, mendigos bebiendo vino en brik en cualquier esquina y con cara de poco amigos, su Ayuntamiento coqueto, la Iglesia en lo alto de una escalinata; pero todo esto empezaba a no impresionarme, tenía la sensación de que todo se repite en todos los pueblos haciendo que perdiera el encanto de lo exótico y además era un pueblo bastante mas pequeño de lo que en un principio me pareció, aunque esto no quiera decir que no me gustara, que si me gustó. Dormí en el albergue juvenil.
Al día siguiente me dirigí a Heidelberg, ciudad cultural y universitaria que me decepcionó un poco. Bueno, si, bonita e interesante por supuesto, y tranquila, llena de argentinos, mexicanos, españoles y franchutes, además de japoneses y alemanes, vamos medio mundo, y eso empezó ya a molestarme un poco, la verdad, tanto turista junto, haciéndome entrar en "estado catatónico" y a pesar de que tenía ganas de hablar en español con alguien, hice caso omiso de todo hispanohablante con cámara de vídeo en ristre entrando en todas las tiendas.
Tiene Heidelberg su Catedral gótico tardía, su grossen biblioteca barroca, su palacio-fortaleza en ruinas pero curiosón, en lo alto de una colina, su río en cuyas márgenes se asientan las casa de los burgueses y algún que otro palacio; otra fortaleza al lado del río, en fin una ciudad interesante pero que ya no me llamaba la atención y menos con la manada de turistas multinacional. Y encima, no tenía a nadie a quien dar la lata quejándome, de modo que entré en un bar a tomar una cerveza, donde había una mozuela a la que me arrimé a ver que pasaba y lo que pasó es que la mozuela pasó de mí. En fin, peor para ella, de modo que tras gastar suela pateando la ciudad, me fuí a Baden-Baden y allí ya fue la desilusión total.
Todo el mundo sabe que Baden-Baden es una famosa ciudad-balneario, en la Selva Negra, pero que a mí me resultó, no sé, como una especie de Mijas cualquiera, pero donde tuve la inmensa suerte de coincidir en el albergue juvenil con tres chicas de León, llamadas Carmen, Irma y Ángeles, la mar de majas y con las que estuve ese día y parte del siguiente dando vueltas por la comarca, viendo un castillo, casas solariegas, tomando copas en lagares sitos en medio de los viñedos, comiendo y cenando en restaurantes típicos, viendo iglesias y campos y sobre todo estar con españolas, hablando español por los codos, diciendo españoladas, que no sabes hasta que punto se echa de menos hablar con gente que habla igual que tú y que no ladra como los alemanes, que tienen un idioma feísimo, de modo que las cogí con unas ganas tales que no me despegaba de ellas ni con agua caliente.
En fin, después de empaparnos bien de aquella parte de Baden-Würtemberg y de haber disfrutado de los sabores y olores de aquella comarca, nos despedimos, enfilando yo mi proa ya hacia España, entrando en Francia, pasando por Belfort, Tournous y Macon, localidades en las que paré a echar un vistazo rápido, resultándome la segunda y la tercera muy artísticas. Y de aquí ya, rápidamente a Huesca, a pasar seis días en casa de mi amigo Luis, que trabaja allí, días que aproveché para hacer pequeñas excursiones a los Pirineos, que son majestuosos e impresionantes: Ainsa, Fago, Hecho, Isaba, Sabiñánigo, Boltaña, Torla y Ordesa y mas al sur lugares como el Salto del Roldán, los Mallos de Riglos, Ayerbe, Barbastro y por supuesto Huesca, aunque esta mas bien de noche, cuando salía con Luis a tomar una cerveza.
Y ya de aquí a casa, a preparar el trabajo y a pensar hacia donde encaminaré mis pasos el año que viene, aunque de ahora a entonces está claro que haré pequeñas excursiones por nuestra maravillosa Andalucía, que no es por ser paleto, pero es mas bonita y variada que Alemania, donde va a parar.
Pues bueno, aquí, en unas breves pinceladas, te he contado mis peripecias de este mes de Agosto, en el que por fin he hecho lo que llevaba tanto tiempo deseando poder hacer: un viaje largo y exótico, cargado de emociones y de experiencias que poder atesorar en mi espíritu y que me sirvan de enriquecimiento personal, abriéndome la mente a otras realidades y a otras sociedades y aprendiendo a conocer lugares y personas. Experiencia que pueda transmitir a los posibles hijos que algún día tenga.
Me dices en tu carta que de tí poco puedes contar y eso es algo que me extraña, ya que después de tanto tiempo sin vernos, ambos debemos tener cosas mil que contarnos, tantas como para llegar a aburrirnos de hablar; además, ¿no nos escribimos?. Fíjate si tendremos cosas de que hablar que llevo no se cuantos meses escribiendo esta carta y entre medio he escrito dos o tres mas y si, como dices, estás saliendo de un largo letargo en el que solo has visto pasar el tiempo, el trabajo y la vida, lo suyo es tener ganas de hablar, de vivir, de modo que revivifícate y engánchate al tren de la vida y a soñar, que son tres días, macho, que luego tendrás noventa años y dirás que hay que ver lo que te perdiste por estar dormido sobre una máquina de serigrafía y no es que yo sea aquí el ejemplo de la vivificación, pero mira, una cosita por aquí, un pinito por allá y una tonteriilla por acuyá, y vamos tirando para adelante, felices y contentos, o por lo menos intentando serlo, que ya va siendo algo.
Por eso va siendo hora de que dejes de vivir para trabajar y te dediques a trabajar para vivir, como dijo el otro, dándole tregua al cuerpo y al espíritu, dando puerta a esos diablillos que se quieren adueñar de cada parte de nuestro ser, no sea que luego te de un dolor de barriga; de modo que ya sabes, a salir de casa, a partirte de risa con alguna vecina o a hablar de política con algún parroquiano del bar de enfrente o pasear por la calle a decirle picardías a las chicas, aunque eso se está convirtiendo en acción de alto riesgo, porque con los humos que se están gastando las féminas, igual te llevas un buen corte o te denuncian por acosador sexual, pero bueno, todo el mundo sabe que con un poco de gracia y otro poco de salero y elegancia, …..pues eso.
También dices que estás bebiendo mas de la cuenta, pero que vas a dejar de hacerlo. Pues estupendo, a ver si es verdad, porque recuerda que en ese tema el único perjudicado eres tu. Es mas sano beber agua fresca de la sierra, que aporta minerales y encima te quita la sed, refrescando como nunca te refrescarán los cubatas...cuando se toman en exceso. Y si te decides a pasarte al agua fresca de la sierra, búscate para el camino una buena compañía, para que te anime a llegar a la cima, que es donde está el manantial, y que si por el camino te entra la fatiga te proporcione el azúcar necesaria para endulzarte el resto del trayecto; de esos que a mitad de camino no se quitan de en medio; vamos, que te busques una buena amistad para tu caminar, porque empiezo a creer que estás mas solo que la una y que por orgullo no lo quieres confesar.
Además, la visión de la Naturaleza es una emoción de alto contenido emocional y si quieres experiencias excitantes, allí las encontrarás a mansalva y solo se tiembla de frío.
Hablando de frío: esta mañana estuve en un pueblo del interior de la provincia y menudo frío, ¡ojú!, estaba el campo completamente helado y solo llevamos poco mas de un mes de otoño y, además, está lloviendo bastante desde que empezó la temporada, de modo que preveo una primavera explosiva, campestremente hablando.
Pues nada chico, por el momento voy a cortar el rollo, porque ya va siendo hora de que envíe la carta de marras. Así pues,....pues eso, no trabajes tanto y vive. Recibe besos y abrazos de tu hermano y como pronto es tu cumpleaños, pues
Felicidades.
Fernando José
Fernando José de Laguno Oviedo
Málaga, Agosto de 1992
A todos los que siempre han deseado hacer un gran viaje
Málaga, a 7 de Septiembre de 1992
Bueno, ya estoy de nuevo en Málaga, en la rutina diaria citadina, aunque no me importa, pues ya tenía ganas de estar de nuevo en España y en Málaga, de ver españoles y malagueños, de hablar español y si puede ser por los codos.
Recibí tus postales en las que dices que alucinas con el tema del viaje a Polonia y que te mande postales y fotos de allí, cosa que, desgraciadamente, no podrá ser por lo siguiente:
"Un buen día de Julio, el 31 concretamente, y después del trabajo, cojo mi coche y junto con tres amigas me lanzo rumbo a Madrid, pues dos de estas chicas van allí y como me pilla de camino no me importa llevarlas y así tengo compañía. Tras Madrid, continúo rumbo a Huesca, donde vive Luis, para dejar allí a la otra chica, Lola, que es su novia. Aprovecho la ocasión y estoy un día con ellos, para al día siguiente, de madrugada, salir rumbo a ..... POLONIA.
Ese mismo día cruzo prácticamente Francia entera, quedándome a dormir muy cerca ya de Alemania, pues estaba cansado de los mil cien kilómetros recorridos, incluidos los Pirineos, que no son moco de pavo. Dormí en un área de servicio de la autopista, después de haber cenado algo. Por cierto: Francia es una pasada de cara, la madre que los parió.
A la mañana siguiente me puse de nuevo en ruta, cruzando la frontera por Saarbrücken, tomándome el día con mas calma, recorriendo alrededor de 500 Kms o así, pues paré en algún que otro pueblo que me parecieron bonitos, hasta la hora de comer, que paré en un pueblo grandecito llamado Bad Hersfeld, yéndome al albergue juvenil, pues había decidido dormir allí.
Tras eso me fui a recorrer el centro histórico del pueblo, cosa que se hace rápido, pero como era la primera urbe alemana que veía, todo me maravillaba y es por eso que tardé mas de la cuenta en verlo. Aquí como en infinidad de pueblos de Alemania, te encuentras con monolitos y cruces recordando a los muertos de las dos Guerras Mundiales que eran de cada pueblo en cuestión.
Bad Hersfeld es mas o menos la idea que un individuo como yo, que solo había visto Alemania en fotos, tiene de los pueblos aquel país, solo que ocurre que cuando has visto seis o siete pueblos ,puedes decir que los has visto todos: por supuesto que cada uno tiene sus particularidades que lo hacen único, pero no ocurre como en España, donde cada región tienen una arquitectura muy particular y que es diferente de la región de al lado.
Bueno, Bad Hersfeld -que es donde estoy- tiene algunos edificios de arquitectura gótica, aunque también los tiene del tipo renacentista. Así, tenemos el Ayuntamiento, la Iglesia, una torre alargada y muy picuda, una plaza que yo llamé Mayor y que es donde están la mayoría de los edificios hermosos y de donde partía o a donde llegaban una serie de calles muy típicas, que constituyen el centro histórico-artístico del pueblo. Lo mejor, el Ayuntamiento.
La gente era amable y no muy cateta, como los camareros del bar restaurante en el que estuve comiendo, donde el camarero se deshacía en atenciones, dándome las gracias cada vez que la decía o pedía algo, al igual que la camarera. El reloj de la torre del Ayuntamiento daba los cuartos con música como de cámara, mientras degustaba una exquisita "grossen" ensalada.
Para digerir la comida me fui a dar un paseo junto a los restos de la muralla -dos torres y un trozo de lienzo un poco ruinosos-, por las tranquilas calles del centro y un poco por la zona mas moderna del pueblo.
Este pueblo es famoso desde 1951 por un festival de teatro de Verano, llamado Bad Hersfelder Festpiele, y por tener las mayores ruinas de una iglesia románica de toda Europa, aunque dicho en honor a la verdad, ni visité el famoso festival de teatro, ni visité las mayores ruinas, aunque me hablaron de ellas en el albergue, pero como mi destino era Polonia, no me molesté en buscarlas y visitarlas.
En fin, otro día será.
Bueno, a la mañana siguiente bien temprano me lancé hacia Polonia, parando únicamente para echar gasolina, pues gasté mucha debido a lo que corrí. En Alemania la gente va por las autopistas como balas, vamos, como a 220-240 km/hora sino a más y me contagié de ello, aunque sin llegar a esas velocidades, claro.
Aún era temprano cuando crucé el famoso río Óder y tras él la frontera, sin mayor contratiempo. Por el camino había visto un convoy de camiones militares rusos transportando tropas y material militar, y anteriormente, a la altura de Frankfurt y alrededores, multitud de coches norteamericanos, bases aéreas, centros de telecomunicaciones, cuarteles de infantería, negros, blancos y todos yanquis.
Al entrar en Polonia, al poco de pasar la frontera, paré en un lugar donde podía cambiar marcos alemanes por zlotys polacos. Cambié 800 marcos por mas de 7.000.000 de zlotys, todo en billetes, porque lo que son monedas, el poco tiempo que estuve en Polonia no vi ni una.
De modo que, por primera vez en mi vida, era millonario, siendo también un guiri y con pasta, un decadente burgués occidental como aquellos guiris que venían a España hace 30 años y que con poco dinero hacían de todo, pues igual, pero con la pena de que ya no vienen a España guiris podridos en dinero a gastarlo a manos llenas. Además, España se ha vuelto cara y ya no es tan rentable para los extranjeros como antes.
Pues nada, después de haber cambiado pongo rumbo al interior de Polonia, dirección Poznam, viendo pueblos, aldeas y multitud de puestecillos ambulantes donde vendían tabaco rubio americano, frutas, cerveza, etc, pero como no me interesaba pues no paraba, aunque debí haberlo hecho solo por curiosidad, pero es que como te pares te asedian.
Los pueblos me parecían grises, un poco tristes, melancólicos y destartalados; la gente con aspecto un tanto cateta y nada a la moda....occidental, claro. No sonreían mucho que digamos, aunque hay algunos europeos occidentales que no sonríen ni por equivocación. Parecían, no sé, como pobres de toda la vida, bien alimentados y vestidos, sí, pero escasos de riqueza: como España hasta antes de ayer, vaya, ni mas ni menos.
Continuando la carretera llegué a una ciudad llamada Gorzow Wielkopolsky, aunque antes de llegar tuve un pequeño sustillo y por lo siguiente: como viajaba en pantalón corto de deporte porque hacía bastante calor, pensé que debía cambiarme y ponerme unos largos antes de parar en la ciudad, por aquello de que no sabía como era lo correcto allí y mas valía pasarse que no llegar.
Así pues, paré en la cuneta y empecé a cambiarme, pero no había terminado de ponerme los largos cuando se me ocurrió contar el dinero, poniéndolo todo sobre el asiento de al lado, zlotys, marcos y pesetas, vaya, todo el dinero que tenía y en el menester de contarlo estaba cuando, de pronto y como por arte de magia, me veo a un individuo delante de mi, mas o menos de mi cuerpo, ofreciéndome un anillo de oro, según el "fortin carats" y según yo "del que cagó el moro". Bueno, que después de mucho tira y afloja, conseguí que me dejara en paz, marchándose el tío y yo siguiéndole con la vista, llevándome la sorpresa de que en la cuneta opuesta había un coche aparcado con dos hombres mas y no precisamente de mi cuerpo, si no mas bien todo lo contrario: ¡dos moles!. ¡Uf!, ¡de buena me libré si el primero, en vez de insistir con el anillo, va a decirle a sus colegas que en aquel coche hay un tonto con todo su dinero en lo alto del asiento!. Menos mal que tuve suerte.
Tras este incidente continué circulando hasta que entré en la ciudad, empezando a buscar el albergue juvenil, cosa que era un poco difícil de encontrar con todas las calles rotuladas....en polaco, claro. Cansado de dar vueltas, paré en un parque y me acerqué a una pareja, pero imaginé que serían unos novios hablando de sus cosas, de modo que preferí ignorarlos e irme al coche y cuando ya iba a cerrar la puerta-estaba fumando-, me encuentro con que a mi lado está el muchacho pidiéndome no se qué, o sea tabaco, que se lo dí, pero, o sea, el quería dos, porque claro, tonto de mí, su novia también fuma, ¡como no había caído en ello!. Pero lo que mas molestaba de eso no era que me lo pidiera, sino que tuviera que estar toqueteándome, con la rabia que me da eso, pero aquí debe ser lo normal, que te tocan, te agarran, se te echan encima.
Tras irse, empecé a mirar a ver si encontraba a alguien a quien preguntar por el albergue y vi viniendo del interior del parque a una pareja que debían ser matrimonio y con bastante buen aspecto, dando la feliz casualidad de que cuando les pregunté por el albergue enseñándole la guía de albergues, resultó que ella hablaba inglés: ¡por Zeus, ya era hora de que alguien hablara algo que yo entendiera!. Les pregunté enseñándoles la dirección y me dijeron que si, que no estaba lejos, que conocían la calle y que me acompañarían si no me importaba esperar un momento a que compraran una cosa, que en seguida venían. Cuando volvieron me dijeron que mejor ir en coche porque si bien no era lejos, si un poco enrevesado. De modo que nos montamos y me llevaron hasta la misma puerta del albergue, yéndose ellos no sin antes agradecerles sinceramente el favor. Gente amable y educada, con un toque de familiaridad.
Así pues, entré en el albergue, pedí cama y dejé el equipaje en la habitación, saliendo a aparcar correctamente el coche. A la vuelta me topé con un joven, polaco, que cuando lo saludé y le pregunté no se qué, resultó que sabía inglés, pues eso estudiaba, viendo yo el cielo abierto.
Lo primero que le pregunté tras presentarme, fue si no había peligro de que el coche "durmiera" en la calle por aquello de ser extranjero-y con matrícula parecida a la alemana-, o si por el contrario era mejor que "durmiera" en un garaje, respondiéndome que era mejor en un garaje, habiendo, afortunadamente uno allí cerca, al que me acompañó. Éste estaba en un hotel. Que no se porqué, me pareció que debía ser el mas grande de la ciudad.
Después nos fuimos a recorrer la ciudad, haciendo él de guía, pues ya había estado antes allí y la conocía un poco. Este joven, que en vacaciones recorría Polonia en bicicleta, era alto, delgado, rubio, blancucho y con cultura, o sea una suerte, porque iba a ser una fuente de información y de compañía. Además, me recordó a mi mismo cuando tenía 20 años y recorría España con la mochila a la espalda y conocía extranjeros, como aquel australiano que conocí en el tren a Santander, o como aquella estadounidensa del albergue de Lugo, o......,bueno, pues eso.
La ciudad era un poco mucho gris, destartaladilla y con ambiente o sensación de abandono. La catedral era de ladrillo visto del s.XII, reconstruida tras haber sido destruida en parte durante la guerra del 39. Algunos edificios nobles, no de mucha vistosidad pero si curiosos, flanqueaban las calles, con sus árboles en las aceras.
La verdad es que se veía un poco de pobreza, con la gente de aspecto un tanto, digamos, provinciano, poco fina y pocas sonrisas, aunque haya de todo, claro. Menos mal que este muchacho era hablador y simpático, de modo que me iba enterando de cosas polacas durante el paseo, como por ejemplo que no pueden ni ver a los rusos, que para comer y vivir el ejército es una buena solución, que el campo sigue presidiendo la economía, que la religiosidad en Polonia es mas bien fachada y que se va mas a misa por el que dirán y porque hay que ir los domingos y fiestas de guardar, que están viniendo guiris a montones, que el índice de alcoholismo es muy elevado y cosas varias mas.
Después buscamos un supermercado para comprar la cena y seguir hablando, pues me interesaba mucho enterarme de lo mas posible de estos polacos a los que tan poco o nada conocemos en España. Cuando llegamos al supermercado, éste no era mas que una tienda grande y nada moderna -para un europeo occidental, claro-. Poca iluminación y con colas de gente en cada sección, aunque con las ventaja de que pagabas en el momento de recibir el producto, de modo que no tenías que hacer luego una cola para pagar y, oye, eso ya es un triunfo, ¿no?. ¡ Pues no, porque son varias colas!.
Un supermercado en pleno centro de la ciudad que podía ser visto desde dos ópticas muy distintas, ambas válidas: una birria para el punto de vista de un representante de la burguesía capitalista occidental y una sofisticación para un "afortunado" representante del sistema socialista igualitario y popular. A este joven lo meto en el Eco Palo, en el Continente o en El Corte Inglés y entra en estado catatónico o algo mucho peor e irreversible.
Eso me alucinó y nada le dije, pues no era yo nadie para ir cantando las excelencias de un sistema mas igualitario y libre que en el que él vivía, pues para él ese supermercado era fantástico y no iba a venir yo de fuera para vacilarle, máxime teniendo en cuenta que siempre he criticado a los guiris que, con su proverbial mala educación, hacen eso.
Después seguimos paseando un poco mas, pero ya anochecía y nos fuimos para el albergue, donde nos preparamos unos bocadillos mientras continuábamos hablando, pero esta vez era el quien hacía las preguntas y preguntaba de todo: como eran las ciudades y los pueblos, si tan grises como en Polonia o tenían otros colores, respondiéndole yo que hay de todo, que en Andalucía eran blancos y en Castilla ocres, que en las montañas se usa piedra y pizarra, pero que también los había blancos. Me preguntaba por las calles, plazas, jardines, si había muchas tiendas y bares -allí hay pocos-, como son las casas por dentro y que tienen y yo le decía que televisor, lavadora, lavaplatos, ordenador, armarios, equipos de música, biblioteca -el que la tenga-, caprichos, de esto y de lo otro. También preguntaba que si la gente viajaba mucho o si yo era una excepción, respondiéndole yo que si, que viajaban y que ahora estábamos empezando a salir al extranjero y que la excepción era yo viniendo solo y en coche a Polonia.
También preguntaba si había militares, si la gente era religiosa, si íbamos donde queríamos y como queríamos, cuanto dinero teníamos, como vestíamos, como eran nuestras carreteras..., mira, chiquillo, menudo repaso me dio, se quería enterar de todo y yo lo entendía, pues a mi me pasó lo mismo en su día con los guiris que iban a Málaga.
Como yo llevaba una lata de aceitunas rellenas de anchoa, le pregunté que si las había probado, respondiéndome que no, que las había visto en fotos pero que no las había probado. Así pues, la abrí y se las ofrecí, gustándole, porque se la comió prácticamente entera; también me llevé una botella de vino dulce Málaga Virgen, pero no bebía.
Pues aparte de tener la economía por los suelos, tienen un desconocimiento bastante grande del resto del mundo occidental, siendo este muchacho un botón de muestra, tanto mas importante cuanto que parecía culto y éstos son los mas informados.
Por cierto, su nombre era Tomec.
Ya avanzada la noche nos despedimos para ir a dormir, deseándole suerte y que cumpliera su sueño de ir a Inglaterra a perfeccionar su inglés y seguro que sí lo iba a conseguir, pues se le veía decidido.
La verdad es que despedirme de el fue una tontería, porque podía haber dejado la bici en su casa y haber venido conmigo por Polonia, menudo guía, y yo manejaba dinero en un país donde todo resultaba enormemente barato y con albergues por casi todo el territorio nacional, pero incomprensiblemente lo dejé ir, quedándome sin la oportunidad de conocer Polonia a placer. Bueno, esas son mis cosas.
A la mañana siguiente me desperté muy temprano , observando que a las 5:00 a.m. era ya de día, debiéndose eso a que como estaba en una longitud mas oriental el sol aparece antes que en Málaga.
En fin, empecé a buscar la carretera que había de llevarme a la famosa ciudad de Dancing -Gdanks para los polacos-, pero si no entré y salí cuatro veces de la ciudad no lo hice ninguna. Al fin, desesperado ya y viendo a un paisano que por la acera venía, me acerqué a preguntarle que como se iba a Dancing... y para qué, no veas, el tío iba como una cuba y eso que serían sobre las 8 de la mañana, enganchándoseme a hablar de fútbol y como vio en el coche la pegatina con la bandera de España e iba a ser o había sido el partido España-Polonia, pues que si Polska por aquí y Polska por allí, que si Olimpiski Polska-Jirspania, que si Polska, vamos, campeona galáctica.
-¡pero bueno, niño, me quieres decir como se va a Dancing!
-¡Polska, Polska!
-¡vale, Polska campeona, pero como voy!
-¡Polska, Polska!.
Y todo esto echándome los brazos por encima, sin parar de hablar y sin decirme como se iba a Dancing, de modo que me libré de el y siguiendo el único camino claro y señalizado, siendo este Stetin -Sczczecin en polaco- que estaba a 20 kms. de Alemania, siendo lo mejor de todo el que era por autopista , pero una autopista de adoquines, algo que nunca había visto.
Por la carretera se veían tractores, algunos bastante viejos, así como los camiones, todos con remolque, algunas carretas tiradas por bestias, llevando productos y en casi todas siempre, aparte del conductor, había uno o mas niños, todos con una cara de catetos impresionante. Menos mal que la carretera era aceptable, con unos arcenes anchísimos, por donde circulaban coches, la mayoría pequeños.
Al llegar a Stetin, lo primero que pensé fue en irme al albergue juvenil a dejar el macuto, pero en vez de eso me dio por callejear un poco con el coche y tomar una primera impresión de ella.
Tiene una zona medieval, con catedral y restos de muralla y una zona mas moderna con edificios importantes, no se si góticos o neogóticos. Da la impresión la ciudad de ser importante por lo grande que es, por la autopista que a ella va, por los edificios y por la sensación de ser capital de algo, aunque con ese aspecto destartalado que ya observé en Gorzow Wielkopolsky. Total, que en tres horas vi lo suficiente como para hacerme una idea de donde estaba y además tenía una guía, así que me fui a llamar por teléfono a casa, pero había pocas cabinas telefónicas y no tenía monedas, de modo que empecé a buscar alguna central de teléfonos y cuando la encontré me dieron a entender que tendría que esperar algunas horas y que mejor lo hiciera o por la mañana temprano o por la noche, de modo que me dije: "Alemania está a 20 kms., tengo un visado para entrar de nuevo a Polonia, ésta es muy grande y tiene mucho que ver, Lituania queda muy lejos y habrá que ver como es, de modo que lo mejor que puedo hacer es ir al primer pueblo de Alemania que me encuentre, llamo a casa y digo que no voy a llamar a menudo y con el visado que aún tengo, me vuelvo para Polonia y continúo mi viaje". Esto sería como a las dos de la tarde, me marché de allí sin pasar por el albergue y llegué a Alemania y a la cabina sobre las tres. Llamé, aproveché para comer, paseé y a eso de las seis me volví para Stetin.
Pero cual no sería mi sorpresa cuando al llegar a la frontera y pedirme el visado, les entrego el cartoncillo que me devolvieron dos días antes al cruzar la frontera cuando entré, y me dicen que eso no vale, que lo que quieren es el visado, la hojilla -y me enseñan una-. Yo les digo que lo que tengo es eso y ellos que "¡visa, visa!" y yo que "¡mira el cartón, tiene el sello!"y ellos que nada, que "¡visa, visa!"; de modo que nada, me quedé sin poder entrar y lo que pasó es que, cuando entré dos días antes, el guardia del puesto fronterizo se quedó con las dos hojillas y me dio el cartón. Menos mal que ni fui a dejar las cosas en el albergue ni se me ocurrió ir a Lituania, porque si no allí me quedo. Ahora me había quedado compuesto y sin Polonia.
De modo que de Polonia ni fotos, ni postales, ni recuerdos, ni gastronomía, ni ciudades ni "ná" de "ná" y, encima, una pegatina que compré con la bandera y el escudo de Polonia en un puestecillo cuando entré dos días antes, resulta que en las áreas de servicio de las autopistas alemanas las encuentras igual: misma forma, mismo modelo, mismos colores,..., es decir que los alemanes se las venden a los polacos. Bueno, por lo menos tengo los sellos de la frontera en el pasaporte, uno del día 5 y otro del día 6, unos billetes que me quedé -algunos para Víctor,que los colecciona- y los tiquets de los cambios de moneda, y ya está, que le vamos a hacer.
De todas maneras, no hay mal que por bien no venga, porque resulta que el coche sufrió una avería, un problema con la dirección y la suspensión y no se yo si me hubiera pillado en medio de Polonia, lo hubiera podido solucionar fácilmente o si me lo hubieran dejado bien. Quien no se consuela es porque no quiere.
La verdad es que no te puedo hacer un juicio de valor de Polonia, porque de ninguna manera la he conocido, pero por lo que vi si puedo decir que esa zona en concreto debe ser bastante pobre, a muchos años de desarrollo de nosotros -que ya estamos a varios años del de las naciones mas desarrolladas de Europa- y que como no espabilen, van dados.
En fin, como me quedé anonadado por no poder volver a entrar, pues empecé a navegar a la deriva y en dos patadas me planté en Hamburgo, es decir, volví a cruzar Alemania del Este sin verla, pues no paré mas que una vez para echar gasolina, y es que se me habían roto los esquemas y tras acordarme mil veces de la madre que parió a los polacos no me quedó mas remedio que optar por la alternativa alemana, de modo que después de hacer noche en un área de servicio de la autopista, a la mañana siguiente empecé a conocer Alemania, parando en primer lugar en Lüneburg, que es un pueblo grande pero con matrícula propia, aunque bien pensado aquí todos los pueblos grandes tienen matrícula propia: ¡vaya tontería!, ¡así no hay manera de saber de que provincia es cada coche!.
Si Bad-Hersfeld me gustó, este pueblo me gustó mas, pues todo lo que es el centro urbano está lleno de edificios curiosos, al menos para mi, y que en su día fueron las casas de los burgueses, todas muy bien cuidadas y acicaladas, con vivos colores, pero predominando el ladrillo como elemento básico en la construcción de la mayoría de ellas, sobre todo las mas antiguas; de estas podemos destacar la iglesia de San Juan (s. XIII-XIV), una impresionante casa de ladrillos color grisáceo, llamada Casa Negra (s. XIV), las casas que conforman la Plaza de la Villa, o sea, la plaza del pueblo, para entendernos, y que es donde paran los autobuses de línea; hay una calle llamada de los Pasteleros, donde destaca el edificio de la farmacia municipal, con una puerta realmente hermosa, muy trabajada. Al final de esta calle esta la Plaza del Ayuntamiento, el cual, aunque es bonito, resulta como muy mazacote, con cuatro columnas en la fachada principal, la cual está llena de nichos con estatuas.
Junto al río, el cual antes era navegable, existe una grúa pivotante, cuyos orígenes se remontan, al parecer, al siglo XIV y que es uno de los símbolos del pueblo, como algo representativo de su origen burgués. Frente a ella hay casas típicas del burgo, cuyas plantas bajas tienen escaleras que llegan al nivel del río, formando como una especie de puerto. Un molino de trigo movido por agua y según dicen del siglo XII, lo cual dudo, se encuentra en el puerto.
Además, reseñar la iglesia de San Miguel y la de San Marcos.
Creí que iba a tener compañía, porque cuando le pregunté a uno por el nombre de la plaza en que encontraba aparcado, éste se "enrolló", pidiéndome un cigarro, y cuando vio que era Fortuna, me dijo que lo conocía y le gustaba mucho, de modo que para hacerme simpático le regalé lo que me quedaba de paquete, que estaba casi entero y con el rollo, con el rollo, pues quedamos en ir a tomar unas cervezas, pero dentro de una hora, con lo cual podía conocer algo de la ciudad y de los nativos. El muchacho parecía enrolladete, progre, con gafitas redondas, chaquetilla sin mangas, gorra, pañuelo al cuello, pelo largo recogido en una coleta, de mi estatura mas o menos, vamos, que era un "lo que me convenía", una fuente de información y un medio de poder acceder mejor al ambiente juvenil de la localidad. En fin, que cuando vuelvo a la hora convenida el nota no aparece, ni apareció, con lo que me quedé sin cicerone y sin el paquete de tabaco.
Pues, señor, seguí dando vueltas por el pueblo, almorcé sobre las 13:30 y a eso de las 18:15 llegué al albergue juvenil, después de haber visto todo lo que buenamente me dio tiempo y, además, porque como estos alemanes son tontos, cierran la admisión en el albergue a las 18:00 horas, o sea que no podía demorarme para no quedarme sin cena y sin cama, cosas que ya había pagado, y "al enemigo ni agua".
En el albergue se cena de la siguiente manera: una cafeterita de zumo, tres ó cuatro clases de embutido, unas tres lonchas de cabeza, un trozo de mantequilla, un pequeño cuenco con verdura, arroz o ensalada y pan moreno, el cual cuando lo pruebas la primera vez lo encuentras sabroso, por aquello de lo exótico, pero cuando ves que es el único pan que te ponen en todas partes, acabas odiándolo, porque es mazacote, seco y al final no está nada bueno: digan lo que digan, como el pan blanco, ninguno. ¡Ah, se me olvidaba!, no te ponen servilleta ni por equivocación, excepto en los restaurantes, que es lo primero que te ponen.....pero no te ponen pan a no ser que se lo pidas y, claro, comer sin pan es casi como no comer.
En los restaurantes no te ponen una servilleta ni por una apuesta, pero sin embargo a las copas de cerveza, los muy cursis, le ponen en el pié de la copa como una especie de babero, que debe ser para que las gotas de agua de la condensación no goteen y te mojes, ¡huy, que delicados!.
Pues como Lüneburg ya la tenía vista, a la mañana siguiente tomé "las de Villadiego", poniendo proa a Goslar, teniendo que parar por el camino en un taller de la Ford, pues había observado que las ruedas delanteras, la parte interior, se había quedado sin dibujo, completamente lisas, preocupándome por ello. El del garaje me dijo que tenía mal la dirección y la suspensión, de modo que le dije que me lo arreglara, siendo por eso que dije mas arriba que no hay mal que de bien venga, pues no se que hubiera ocurrido de haberme quedado en el interior de Polonia, en alguna localidad poco importante, donde no hubiera un concesionario de la Ford. También debo dar gracias a Dios, porque podía haber ocurrido que las ruedas hubieran reventado y con las velocidades que cogía,...pues eso.
Una vez arreglada me puse en camino a Goslar, ciudad que me dejó gratamente sorprendido, pues es una ciudad medieval o mejor dicho un pueblo grande medieval, sumamente típico, vamos, como si fuera el pueblo de Hansel y Gretel y la casita de chocolate. Es como de juguete, como de un cuento para los niños, con fachadas de colorines y entramados de madera -como Covarrubias o Frías-, con muchas flores en los balcones y ventanas y con muñequitos que tocan campanas, golpean una fragua ó trasiegan cerveza, en las partes altas de las fachadas.
19-Octubre-1992
Como verás , ha pasado un poco de tiempo desde la última vez que escribí, y como te iba diciendo, es Goslar una localidad medieval ,accediendo al centro urbano a través de una puerta flanqueada por dos torres cilíndricas coronadas por un techo cónico. Destaca mucho el color y la limpieza, como en general en toda Alemania.
Fuí al albergue a pedir habitación y dejar las cosas y resulta que esos días tocaba un cantante de rock, un norteamericano, habiendo por tanto mucha juventud en el pueblo, tanta que tuve que compartir habitación con tres mozalbetes, con los que solo hablé lo siguiente: -¡Hola!, ¿de donde eres?-; -¡de España!-; -¡Ah, Sevilla, Expo, Barcelona, Olimpiadas!-; -¡No, bobo, soy de Málaga!-. Eso fue todo, porque, la verdad, no me apetecía ponerme a hablar con adolescentes, de los cuales solo uno hablaba inglés y que no paraban de beber cerveza y ya sabemos lo pesados que pueden llegar a ponerse estos jovenzuelos con varias cervezas de mas en el cuerpo, o lo que es lo mismo, cuando agarran un "colocón".
Tras la "interesante" charla, me fui a dar un paseo, pero esta vez a unos jardines muy bonitos y de los que partía un sendero que le daba la vuelta al centro histórico, casi todo el ajardinado. Pero como Goslar es una especie de Antequera pero con muchas menos cosas que ver, pues lo vi rápido, de modo que no esperé ni siquiera a la hora de dormir, y como no me apetecía hacerlo acompañado de tres "colgaos", me fui al albergue, recogí las cosas y me largué, porque entre otras cosas es que me repateaba ver tanto rubio junto gritando, berreando, bebiendo y haciendo el ganso y yo quería paz y sosiego. Así pues, cogí el coche y me fui hacia el sur, a una localidad llamada Schwäbisch-Hall.
Ésta también era una localidad tipo Antequera y en donde ya empezaban a repetirse los mismos esquemas arquitectónicos de los demás pueblos, resultando un poco pesado.
Tiene un castillo-palacio, un riachuelo con patos cruzado por unos puentecitos de madera cubiertos, mendigos bebiendo vino en brik en cualquier esquina y con cara de poco amigos, su Ayuntamiento coqueto, la Iglesia en lo alto de una escalinata; pero todo esto empezaba a no impresionarme, tenía la sensación de que todo se repite en todos los pueblos haciendo que perdiera el encanto de lo exótico y además era un pueblo bastante mas pequeño de lo que en un principio me pareció, aunque esto no quiera decir que no me gustara, que si me gustó. Dormí en el albergue juvenil.
Al día siguiente me dirigí a Heidelberg, ciudad cultural y universitaria que me decepcionó un poco. Bueno, si, bonita e interesante por supuesto, y tranquila, llena de argentinos, mexicanos, españoles y franchutes, además de japoneses y alemanes, vamos medio mundo, y eso empezó ya a molestarme un poco, la verdad, tanto turista junto, haciéndome entrar en "estado catatónico" y a pesar de que tenía ganas de hablar en español con alguien, hice caso omiso de todo hispanohablante con cámara de vídeo en ristre entrando en todas las tiendas.
Tiene Heidelberg su Catedral gótico tardía, su grossen biblioteca barroca, su palacio-fortaleza en ruinas pero curiosón, en lo alto de una colina, su río en cuyas márgenes se asientan las casa de los burgueses y algún que otro palacio; otra fortaleza al lado del río, en fin una ciudad interesante pero que ya no me llamaba la atención y menos con la manada de turistas multinacional. Y encima, no tenía a nadie a quien dar la lata quejándome, de modo que entré en un bar a tomar una cerveza, donde había una mozuela a la que me arrimé a ver que pasaba y lo que pasó es que la mozuela pasó de mí. En fin, peor para ella, de modo que tras gastar suela pateando la ciudad, me fuí a Baden-Baden y allí ya fue la desilusión total.
Todo el mundo sabe que Baden-Baden es una famosa ciudad-balneario, en la Selva Negra, pero que a mí me resultó, no sé, como una especie de Mijas cualquiera, pero donde tuve la inmensa suerte de coincidir en el albergue juvenil con tres chicas de León, llamadas Carmen, Irma y Ángeles, la mar de majas y con las que estuve ese día y parte del siguiente dando vueltas por la comarca, viendo un castillo, casas solariegas, tomando copas en lagares sitos en medio de los viñedos, comiendo y cenando en restaurantes típicos, viendo iglesias y campos y sobre todo estar con españolas, hablando español por los codos, diciendo españoladas, que no sabes hasta que punto se echa de menos hablar con gente que habla igual que tú y que no ladra como los alemanes, que tienen un idioma feísimo, de modo que las cogí con unas ganas tales que no me despegaba de ellas ni con agua caliente.
En fin, después de empaparnos bien de aquella parte de Baden-Würtemberg y de haber disfrutado de los sabores y olores de aquella comarca, nos despedimos, enfilando yo mi proa ya hacia España, entrando en Francia, pasando por Belfort, Tournous y Macon, localidades en las que paré a echar un vistazo rápido, resultándome la segunda y la tercera muy artísticas. Y de aquí ya, rápidamente a Huesca, a pasar seis días en casa de mi amigo Luis, que trabaja allí, días que aproveché para hacer pequeñas excursiones a los Pirineos, que son majestuosos e impresionantes: Ainsa, Fago, Hecho, Isaba, Sabiñánigo, Boltaña, Torla y Ordesa y mas al sur lugares como el Salto del Roldán, los Mallos de Riglos, Ayerbe, Barbastro y por supuesto Huesca, aunque esta mas bien de noche, cuando salía con Luis a tomar una cerveza.
Y ya de aquí a casa, a preparar el trabajo y a pensar hacia donde encaminaré mis pasos el año que viene, aunque de ahora a entonces está claro que haré pequeñas excursiones por nuestra maravillosa Andalucía, que no es por ser paleto, pero es mas bonita y variada que Alemania, donde va a parar.
Pues bueno, aquí, en unas breves pinceladas, te he contado mis peripecias de este mes de Agosto, en el que por fin he hecho lo que llevaba tanto tiempo deseando poder hacer: un viaje largo y exótico, cargado de emociones y de experiencias que poder atesorar en mi espíritu y que me sirvan de enriquecimiento personal, abriéndome la mente a otras realidades y a otras sociedades y aprendiendo a conocer lugares y personas. Experiencia que pueda transmitir a los posibles hijos que algún día tenga.
Me dices en tu carta que de tí poco puedes contar y eso es algo que me extraña, ya que después de tanto tiempo sin vernos, ambos debemos tener cosas mil que contarnos, tantas como para llegar a aburrirnos de hablar; además, ¿no nos escribimos?. Fíjate si tendremos cosas de que hablar que llevo no se cuantos meses escribiendo esta carta y entre medio he escrito dos o tres mas y si, como dices, estás saliendo de un largo letargo en el que solo has visto pasar el tiempo, el trabajo y la vida, lo suyo es tener ganas de hablar, de vivir, de modo que revivifícate y engánchate al tren de la vida y a soñar, que son tres días, macho, que luego tendrás noventa años y dirás que hay que ver lo que te perdiste por estar dormido sobre una máquina de serigrafía y no es que yo sea aquí el ejemplo de la vivificación, pero mira, una cosita por aquí, un pinito por allá y una tonteriilla por acuyá, y vamos tirando para adelante, felices y contentos, o por lo menos intentando serlo, que ya va siendo algo.
Por eso va siendo hora de que dejes de vivir para trabajar y te dediques a trabajar para vivir, como dijo el otro, dándole tregua al cuerpo y al espíritu, dando puerta a esos diablillos que se quieren adueñar de cada parte de nuestro ser, no sea que luego te de un dolor de barriga; de modo que ya sabes, a salir de casa, a partirte de risa con alguna vecina o a hablar de política con algún parroquiano del bar de enfrente o pasear por la calle a decirle picardías a las chicas, aunque eso se está convirtiendo en acción de alto riesgo, porque con los humos que se están gastando las féminas, igual te llevas un buen corte o te denuncian por acosador sexual, pero bueno, todo el mundo sabe que con un poco de gracia y otro poco de salero y elegancia, …..pues eso.
También dices que estás bebiendo mas de la cuenta, pero que vas a dejar de hacerlo. Pues estupendo, a ver si es verdad, porque recuerda que en ese tema el único perjudicado eres tu. Es mas sano beber agua fresca de la sierra, que aporta minerales y encima te quita la sed, refrescando como nunca te refrescarán los cubatas...cuando se toman en exceso. Y si te decides a pasarte al agua fresca de la sierra, búscate para el camino una buena compañía, para que te anime a llegar a la cima, que es donde está el manantial, y que si por el camino te entra la fatiga te proporcione el azúcar necesaria para endulzarte el resto del trayecto; de esos que a mitad de camino no se quitan de en medio; vamos, que te busques una buena amistad para tu caminar, porque empiezo a creer que estás mas solo que la una y que por orgullo no lo quieres confesar.
Además, la visión de la Naturaleza es una emoción de alto contenido emocional y si quieres experiencias excitantes, allí las encontrarás a mansalva y solo se tiembla de frío.
Hablando de frío: esta mañana estuve en un pueblo del interior de la provincia y menudo frío, ¡ojú!, estaba el campo completamente helado y solo llevamos poco mas de un mes de otoño y, además, está lloviendo bastante desde que empezó la temporada, de modo que preveo una primavera explosiva, campestremente hablando.
Pues nada chico, por el momento voy a cortar el rollo, porque ya va siendo hora de que envíe la carta de marras. Así pues,....pues eso, no trabajes tanto y vive. Recibe besos y abrazos de tu hermano y como pronto es tu cumpleaños, pues
Felicidades.
Fernando José
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VIAJES
lunes, 16 de noviembre de 2009
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Epístola de un Peregrino
Fernando José de Laguno Oviedo
Octubre de 1984
A la pobre de mi madre, que tembló con mí "peregrinación".
Málaga, a 17 de Octubre de 1984
Querido pariente y amigo Anastasio,
Como quien dice recién llegado de mi viaje por diferentes ciudades de España que tuvieron parada y fonda en Santiago de Compostela, me pongo a narrártelo antes de que con la vuelta al trabajo y a la rutina del quehacer diario, haga que se me olviden momentos de esta jornada que tan intensamente he vivido y que tan vívamente ha dejado hondas impresiones en mi espíritu e impresas en mis retinas imágenes hermosas de las circunstancias y contactos que he vivido.
Lamentaré que mi narración sea demasiado sencilla y no sepa expresar con palabras toda la intensidad de las emociones, aunque no obstante, espero que eso no sea óbice para que te penetres de ellas: no todos tenemos esa capacidad tuya para exponer con tanto arte en el uso del lenguaje, las emociones y sentimientos que las diferentes circunstancias de la vida nos ponen por delante, ni tampoco esa tu capacidad sintética para lo que debe ser expresado con las palabras justas pueda llevarlo a cabo.
En casa hemos celebrado mucho tu decisión de apuntarte a la academia del maestro Ramiro de Antequera para recibir clases de retórica y oratoria con vistas a tu salto a la arena política, pues entre las capacidades de que Dios te ha dotado y las afamadas virtudes docentes del maestro Ramiro, no dudamos que tendrás éxito en la administración y gestión de la cosa pública, máxime cuando tan necesitada está ésta de varones virtuosos y honestos, cualidades que sabemos te adornan. Además, cuentas con el apoyo incondicional de esta familia y sabes que mi tío y primo de tu padre, el conde de Santa Elvira tiene en gran aprecio esas tus virtudes y dotes de persuasión, confiando mucho en tus capacidades. Ya tu padre y el mío han ido al Síndico de la Reina a depositar la fianza que marca la Ley, de modo que es tu turno, amigo
Por otra parte, y espero que no se escape nada de tus labios, mi hermana María está como vulgarmente se suele decir, "por tus huesos", de modo que las dudas que tenías acerca de si ella accedería a tener relaciones de futuro contigo puedes empezar a desecharlas y dejar de lado esa timidez que no te ayuda. Si me das permiso, puedo preparar, para cuando vengas por Navidad, un encuentro casual, en el que no debes preocuparte de nada, porque mi prima Elisa, que ve con muy buenos ojos esa relación, se las pinta sola para actuar como –alcahueta- en un buen sentido, claro -, preparando el terreno y mi hermana estará que no vivirá hasta que te vea.
Bueno y para no diferir mas la narración de mi jornada, te diré que por fin y tras mas de un año de ahorro nos íbamos de viaje mi amigo Juan Minaya y yo para conocer otros lugares de este ancho Reino, aprovechando para emular a nuestros mayores y peregrinar a Santiago de Compostela, cosa que todo cristiano que tenga la oportunidad debe hacer. La recompensa es grande por el enriquecimiento espiritual y social que una peregrinación supone y por la aventura que una mente calenturienta como la mía desea vivir.
Esta aventura comenzó realmente el año pasado, cuando al volver del viaje que por diferentes provincias hice acompañando a mi padre, que por sus negocios comerciales hace dos veces al año, - esta vez se trataba de una inversión en unas canteras de granito en Segovia y la compra de pieles de vaca en Asturias, las cuales le serían remitidas por mar -, coincidí con Juan en Nueva Pulsación y allí, a sus requerimientos, le conté con todo lujo de detalles mis andanzas por Madrid, Segovia, Zamora, León, Asturias y ya de vuelta parando en Salamanca para entregar una solicitud de admisión en la Universidad que el tratante de pieles de Asturias le había dado a mi padre con vistas a que su hijo ingresara en dicha Universidad para estudiar Leyes. La verdad es que exageré un poco el tema, pero lo básico lo conté fielmente.
Entusiasmado, me propuso que porqué no organizábamos un viaje de peregrinación a Santiago de Compostela para el año siguiente, que solo era cuestión de ahorrar, de privarnos de caprichos tontos e innecesarios y de procurar que nuestros padres nos proporcionasen algún trabajo con el que poder obtener un dinero extra, independiente de la asignación que en nuestras respectivas casas se nos da para nuestros estudios. Desde luego estaba claro que tendríamos que estudiar mucho y sacar las mejores notas de nuestra vida para poder justificar una ausencia de diez o quince días que, desde el punto de vista de nuestros padres, bien podrían ser empleados en los negocios familiares.
Su optimismo no sabía de obstáculos mercantiles y solo veía albergues juveniles donde dormir y suculentos bocadillos de mortadela para comer, y en cuanto a lo de las mejores notas de nuestra vida, no había problema: desde ese mismo momento se convertía en ermitaño, consagrando todo su ser al estudio, y para empezar el "camino" también, desde ahora, se ponía en manos del Santo de Compostela, adoptándolo por santo patrón y, encomendándose a él, iniciaba ese "camino".
Y así, estuvimos durante quince meses estudiando, ahorrando, pidiendo trabajos extra y contando los días que faltaban para el comienzo de la jornada santiaguina. Lo mejor de todo fue que, curiosamente, nuestros padres no se opusieron a ello, antes al contrario, pareció que el argumento de la peregrinación fue un motivo grave y de suficiente peso como para obtener la ansiada autorización. Además – y esto me lo dijo mi madre cuando regresamos -, en cónclave de padres, decidieron que ya teníamos edad mas que suficiente para encarar esa aventura, y que si en un futuro próximo habíamos de ser partícipes y directores en los respectivos negocios familiares, ya era hora de que emprendiéramos una actividad de responsabilidad, para aprender a gestionar nuestra libertad y nuestra capacidad de decisión, aparte de ser muy edificante para nosotros emprender una peregrinación que enriqueciera nuestros espíritus, endureciera nuestros cuerpos y nos enseñara a tratar con gentes de otros lugares, amén de pedirle al Santo Patrón de España que nos protegiera y nos concediera los dones de la humildad y el valor.
De modo que aquí nos tienes el 5 de Octubre de 1984 montándonos en el tren, ya de noche, y emprendiendo el primer tramo de nuestro Camino, el cual nos conducía a Toledo, la Ciudad Imperial, la de las Tres Culturas, a la cual llegamos a la mañana siguiente, descendiendo del tren con mas emoción aún que la que teníamos cuando nos subimos a él en Málaga, siendo lo primero comprar un mapa de la ciudad y lo segundo salir corriendo para el albergue juvenil, a coger habitación y soltar los petates.
Para llegar al albergue había que cruzar el río Tajo y subir una cuesta, pues estaba éste situado en el castillo de San Servando, en lo alto de una colina en frente de la ciudad, como guardián de ésta. Una vez nos dieron la habitación, nos dirigimos a ella, en la cual ya estaba aposentado un holandés, al que saludamos Dejamos los petates y nos fuimos corriendo a la ciudad, salvando el Tajo por el majestuoso puente de Alcántara, todo pétreo el; subir cuestas, cruzar arcos y plantarnos en la plaza de Zocodover fue todo uno y ya, una vez allí, a nuestras mentes calenturientas les pareció que nos tarsladábamos a una novela de capa y espada: por cada esquina creíamos ver aparecer a un hidalgo o a un matachín, al Lazarillo de Tormes o a Guzmán de Alfarache, a Cervantes o al Greco, que ya liábamos a todo el mundo y los traíamos a vivir a Toledo.
Esta ciudad es poseedora de una hermosísima catedral, en la cual entramos inmediatamente, contemplando sus capillas, sus retablos, sus cuadros, sus imágenes, el coro y todo lo que ante nuestra vista se ponía. Una de las cosas que mas llamó nuestra atención, impresionándonos, fue un retablo que iba desde el techo al suelo, al que le estaban dando los rayos del sol que a través de una vidriera de colores frente a este se colaban. Nos entusiasmó tanto que nos dijimos que porqué no la veíamos desde diferentes perspectivas y para ello nos tumbamos en el suelo, para contemplarla a placer, pero tuvimos que levantarnos porque los que por allí pasaban nos estaban mirando de mala manera.
También estuvimos en una sinagoga, en la Iglesia de San Juan de los Reyes, en la Iglesia de Santo Tomé, en la Casa del Greco y en mil sitios mas, pero lo que más hacíamos era callejear, porque del encanto de esta ciudad se penetra uno paseándola despaciosamente, observando los detalles, las casas, los comercios, las personas, vamos, el paisaje y el paisanaje.
Comíamos bocadillos y bebíamos cerveza que comprábamos en cualquier tienda de comestibles, sentándonos para ello en cualquier placita o cualquier calle con buena vista, yéndonos luego a jugar a los dados a la plaza de Zocodover, donde a veces se nos unía algún muchacho atraído por nuestro desparpajo y un poco de jaleo. Por la noche nos íbamos a la zona moderna de la ciudad, digamos extramuros, a los pubs, de los que nos gustó uno que era como un aula magna, pues eran gradas a donde te ibas con tu cerveza después de pagarla abajo, en la barra, y allí entablábamos conversación con los jóvenes o jugábamos una partida de dados. Al final, teníamos que salir corriendo para llegar al albergue antes de que lo cerraran y tuviéramos que dormir al raso y con el fresquete que ya empezaba a hacer por la noche, no creo que hubiera sido lo más oportuno.
El segundo día, por la mañana temprano, llegó a la habitación un alemán que a quien primero saludó fue al holandés, preguntándole que en que idioma prefería hablar, respondiéndole el holandés que en inglés, pero no le hizo mucho caso, tan poco que cuando el alemán le dijo algo, éste le respondió con un gruñido sin siquiera mirarlo y es que debe ser que en el pueblo del holandés no deben gustar los alemanes. Cuando se dignó dirigirnos la palabra, el muy cretino solo lo hizo para decirnos no se qué del Alcázar, de Franco y no se que otra tontería mas, de modo que nos empadronamos en el pueblo del holandés y lo ignoramos por completo.
Había llegado como huésped de la habitación la tarde anterior un neoyorquino, que al ver que éramos españoles pegó la hebra con nosotros y con quien nos fuimos a desayunar a un bar de la plaza de Zocodover, tras lo cual estuvimos paseando por la ciudad, no parando el de hacer preguntas y de hablar, medio en inglés medio en español, diciéndonos que había venido a España de vacaciones porque le resultaba un país romántico –el maldito tópico- y que como era fotógrafo profesional quería aprovechar para hacer unas buenas fotos de este país: vamos, este a lo que viene es a hacer un reportaje acerca de un tópico y a ver si hace negocio con él.
Estuvimos una buena porción de la mañana juntos, pero como no queríamos estar sujetos al ritmo de nadie, decidimos decirle que hasta luego y continuar nuestra excursión, que este día fue para examinar mas detenidamente el perímetro de la ciudad, o sea, lo que junto a la muralla o en esta se encuentra, y así vimos la Puerta del Sol, el Puente de Alcántara, la Puerta de Bisagra con su águila bicéfala de piedra, símbolo de la imperialidad de la ciudad, que le retiró Carlos I. Detrás de esta puerta y alejándote un poco de ella, asoman dos torres cuyos tejados a cuatro aguas son de cerámica y en uno de las caras, las que dan a la Puerta de Bisagra está también el escudo de la ciudad en cerámica de colores. Está formada esta puerta por dos macizos torreones y la entrada en medio, habiendo unas ¿troneras? en la base de cada torre donde en su día se emplazaban los correspondientes cañones, por dentro de la torre, claro.
Siguiendo el perímetro de la muralla, encontramos otra puerta, llamada del Cambrón, menos maciza que la anterior y por supuesto con su correspondiente águila, aunque esta de una sola cabeza. También estuvimos en el Puente de San Martín, con sus correspondientes puertas almenadas.
Aparte de todo esto, hay mas iglesias, todas muy interesantes, alguna sinagoga mas y de nuevo la Catedral, en la que volvimos a entrar, aunque esta vez más modosos y correctos, decidiéndonos a ver el museo y el claustro, y otra vez el famoso retablo ese que llega al techo con las figuras en relieve y para mayor gozo nuestro volvía a darle la luz del sol. Esta vez, en lugar de tirarnos al suelo, preguntamos que como se denominaba esa obra de arte, respondiéndosenos que El Transparente. Hay, además, enterradas en esta catedral muchos personajes ilustres, con sus correspondientes estatuas yacentes y/o sus lápidas grabadas, tanto de hombres como de mujeres.
Una de los elementos más importantes de la Catedral es el Altar Mayor, el cual tiene un retablo gótico con el que te quedas pasmado. Tiene también la catedral, como dije mas arriba, un montón de capillas y si pretendes empaparte de todo lo que esta Catedral atesora, pues no te queda mas remedio que quedarte a vivir en ella varios días, pero como no nos sobraba precisamente el tiempo, continuamos recorriendo la ciudad, parando ya a la hora de comer a comprar unas cervezas y unos bocadillos y sentarnos en algún rincón atractivo para dar buena cuenta de la comida
31 de Octubre
Bueno, vuelvo a retomar la pluma después de estos días, en los cuales he estado ocupado acompañado a mi padre a Granada a tratar un negocio de papel, pues ha contactado en Cádiz con unos mercaderes irlandeses que vienen a por papel y como mi padre conoce en Granada a un señor que tiene una fábrica y con el que, además, tiene lazos de hospitalidad, ha ido a tratar el precio y el transporte de la cantidad contratada con los irlandeses, resultando un negocio a satisfacción de todas las partes. El que estos irlandeses hayan contactado con mi padre, se debe, como creo que sabes, a la relación de amistad que mi padre mantiene con el conde de Mediavela, cónsul de Irlanda en Cádiz y que siempre que ve alguna oportunidad de negocio en el que estén implicados los irlandeses, llama a mi padre para ver si realiza una buena operación; por descontado que mi padre siempre le compensa y gracias a las buenas relaciones que mi padre tiene en Madrid, ha conseguido Mediavela algunos interesantes beneficios y prebendas.
También en estos días ha llegado a Málaga un pariente, primo de mi madre, llamado Jose Antonio de Mutuarregui, natural de Fuenterrabía, que ha venido a comprar unas prensas para la maquinaria agrícola que está instalando en el ingenio que tiene en Ultramar. Viene muy contento el hombre, porque recientemente le ha concedido la Reina la credencial de Cónsul del Tribunal de Comercio de la ciudad de Mazananzas, en Ultramar, con lo cual tiene despejado el camino para hacerse con una plaza de Corredor de número del Colegio del Comercio de La Patana, capital de la isla. Esto le va a suponer un encumbramiento social y económico importante y se puede dar por descontado el matrimonio de su hijo Antonio con la hija del conde de Tronard, que según se dice en la Corte, esta hija es ...., bueno, prefiero no decir nada, porque ni tengo pruebas ni creo que daba airearse un tema como ese en estos momentos; en su día ya hablaremos. Este encumbramiento le abre las puertas entre otras cosas a poder invertir en la Compañía de Ferrocarriles del Norte, concretamente en Guipúzcoa. En fin, que le ha venido a ver Dios y le a tocado.
Por casa estamos todos bien de salud y mi hermana te manda saludos, con lo cual ya se conoce que mi prima Elisa está trabajándola y como el otro día le dije que te estaba escribiendo una carta, pues eso..., que te manda saludos. Vaya, pícaro, que me parece que en el tema de mi hermana a ti también ha venido a verte Dios; espero que sea cierto, porque en casa todos te queremos mucho y nos agradaría enormemente que formaras parte de nuestra familia.
Bueno, me parece que nos quedamos comiéndonos un bocadillo en algún lugar de Toledo y cuando acabamos de zampárnoslo, continuamos dando vueltas, pero ya fuera del casco antiguo, viendo entre otras cosas los restos de un teatro o pequeño circo romano, que de eso no nos enteramos bien, quizás porque no nos interesaba mucho.
Deambulamos un poco por la parte nueva de la ciudad, pero como no nos interesaba realmente, decidimos pasarnos por el albergue a refrescarnos un poco.
Cuando llegamos había en la habitación unos cuantos guiris en animada conversación y, al vernos, el americano se salió de la conversación y se vino para nosotros a contarnos en su mal español todo lo que había visto. Por lo menos este demostraba tener mas de educación que el resto de guiris que allí había, que prácticamente ni nos saludaron.
Nuevamente y tras asearnos un poco, retornamos a la plaza de Zocodover, pero esta vez tranquilamente, paseando, deteniéndonos aquí y allí, comentando cosas sobre la ciudad o a echar unos dados, que se había convertido en un vicio, hasta que llegamos a la plaza, donde nos echamos unos dados para ver quien pagaba una cerveza, y cuando estábamos en ello se nos arrimó uno que iba de punqui, pero que cuando vio que estábamos liando la juerga en mitad de la plaza y con una cerveza, como que se asustó y se marchó: ¡jó, vaya punqui más birria!. Cuando llegó la hora nos fuimos al pub de las gradas, donde estuvimos en animada conversación con la gente de allí hasta que llegó la hora, como no, de salir flechados para llegar al albergue antes de que lo cerraran. Aquí ocurrió una cosa que lo saben pocos y es lo siguiente: en las calles de la ciudad, como en todas las ciudades, hay bocas de riego, pero aquí la tapa es rectangular, con el escudo de Toledo y con un niño medio tumbado con una cántara en las manos de la cual mana agua; como desde el principio me gustó, al pasar por detrás de la Comisaría de Policía camino del albergue, había una que ya me había fijado que estaba casi suelta, de modo que, exponiéndome a llegar tarde, me paré y dando grandes tirones la arranqué y me la llevé, yendo conmigo todo el viaje, a pesar de la que pesaba la condenada.
Legamos al albergue justo a tiempo, pues estaban empezando a cerrarlo, entramos en la habitación, donde empezaban a desfilar guiris, cada uno para su cama, recogimos las cosas y nos pusimos a dormir, que mañana íbamos a Madrid.
Bueno, ya es mañana. Nos levantamos, nos aseamos, nos echamos las mochilas a la espalda y nos fuimos corriendo a la estación del ferrocarril, parando antes para desayunar. Una vez en la estación, sacamos dos billetes para Madrid, a donde llegamos alrededor de las once de la mañana, dirigiéndonos inmediatamente al albergue juvenil, que estaba en la Casa de Campo y tiene un nombre extranjero: Richard Schirmann, que no sé yo quien diablos sería.
Dejamos las mochilas en una habitación grande, llena de literas, por lo menos ocho, que ya no me acuerdo, tras lo cual nos fuimos a deambular por la ciudad, por el centro, por la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, la calle de Alcalá y la puerta del mismo nombre, parando por el camino para tomarnos un bocadillo de calamares y una cerveza en un típico bar de Madrid, por la zona de Malasaña; a esa hora había un montón de gente en el bar, habiendo un gran ambiente de gente de todo tipo, pues había jóvenes modernos, señores con chaqueta y corbata y vecinos de las casas de los alrededores, algunos de los cuales se llevaban platos de comida. Después de despacharnos los bocadillos –yo me comí dos, de calamares ambos -, salimos de nuevo a callejear y a empaparnos de Madrid, recorriendo calles hasta llegar a la plaza de España , bajando luego a unos jardines donde había un templo egipcio, llamado Templo de Debod. Después nos dimos la vuelta y pasamos por la plaza de Oriente y un montón de calles mas de las que no se los nombres, hasta que volvimos a salir a la calle Mayor, que nos llevó a la calle de Alcalá y empezamos a ver edificios, que a dos provincianos de Málaga como nosotros nos parecían monumentales, porque la verdad sea dicha: es que en Málaga no abunda ese tipo de edificios. A quien mas impresionó fue a Juan, porque el no había estado nunca en Madrid, no así yo, que ya había venido con mi padre. Al final terminamos en el Parque del Retiro, pasando por delante del monumento al Dos de Mayo.
Después de ir a ver el edificio del Museo del Prado –en el que no entramos - se nos ocurrió enfilar la Castellana y andando, andando, andando acabamos reventados de tanta caminata, de modo que nos metimos en el Metro y cogimos un tren que nos llevara al albergue, a donde llegamos a eso de las nueve y cuarto o y media, cenando en el bar del albergue y yéndonos inmediatamente a la habitación a dormir. Cuando llegamos a la habitación había gente, pero al contrario que en el albergue de Toledo, donde la gente estaba en animada conversación, aquí cada uno iba a lo suyo, lo cual agradecí, porque así podía dormirme sin que me molestaran, aunque con lo derrengado que estaba de la paliza de andar que me había dado, no creo que me hubiera molestado ni la charla ni un bombardeo que hubiese habido.
Por la mañana temprano, nos fuimos a coger el tren que iba a llevarnos a Segovia, a donde llegamos sobre las once, siendo lo primero que hicimos el ir a buscar un lugar donde dormir, una pensión o fonda, pues en esa ciudad no había albergue juvenil; de modo que de la estación nos encaminamos al centro urbano, lo mas centro posible para estar metidos de lleno en la vida de Segovia y, así, fuimos a parar a la Plaza Mayor, después de haber pasado por debajo del Acueducto, el cual nos dejó maravillados, pero no nos detuvimos mucho a admirarlo porque queríamos resolver cuanto antes el tema de la habitación y soltar los petates.
Como dije, terminamos en la Plaza Mayor y allí, preguntando, nos señalaron un entrante de la plaza donde nos dijeron que había una fonda barata y limpia, de modo que allá nos fuimos, con la suerte de que había una disponible, un poco cutre, pero limpia, de modo que ese era el lugar ideal y, así, dejamos los petates y nos fuimos a dar una vuelta para empaparnos de esa ciudad.
Lo primero que hicimos, y porque la teníamos al lado, fue ir a ver la Catedral, la cual, por fuera, resulta magnífica por la cantidad de arbotantes que tiene, mas un no sé qué de elegancia en sus líneas que la hacen como mas esbelta y señora, bueno, ya sé que "señora" no es la palabra adecuada, pero la impresión que me transmitió fue la de elegancia y por añadidura elegancia femenina, tan altiva en sus múltiples pináculos que la hacían incluso una señora aristocrática, aunque sin perder su aquel de madre acogedora que, con los brazos abiertos, espera a que sus hijos vengan a ella. Bueno, espero no parecerte un poco cursi, pero esa es mas o menos la impresión que me dio.
Por dentro destacaba su luminosidad y diafanidad, lo que le da gran colorido, procedente de las vidrieras que adornan sus muros. Encontramos, claro está, las correspondientes capillas, algunas de las cuales estaban cerradas por rejas con sobredorados, y cuyos techos tienen ese entramado de piedra tan gótico, aunque no se como se llama ese tipo de filigrana hecha de piedra. Muchas de estas capillas tienen sus vidrieras de colores con escenas de la Biblia o de avatares históricos relacionados con Segovia.
Estuvimos también en el claustro, que es del siglo XV y era, según nos dijo un señor mayor que allí estaba, el que había antes de que levantaran esta Catedral; ante la extrañeza de Juan de que el claustro fuero del siglo XV y la Catedral la hicieran después, este señor nos dijo que la Catedral que había entonces era románica, pero que la echaron abajo y en el siglo XVI se levantó la nueva, diciéndonos que era del estilo que llamaban de Isabel la Católica.
Nos fuimos no muy convencidos de lo que decía, de modo que después de terminar de verla – por cierto, la fachada está desnuda, sin adornos: el resto lo echaron en arbotantes y pináculos, que los hay a montones -, nos fuimos a algún quiosco o librería a ver si veíamos algo sobre la Catedral, viendo en una librería en la misma plaza, un librito que de ella hablaba y, efectivamente, el claustro era anterior a la Catedral y el estilo de ésta era isabelino ó gótico flamígero, solo que en vez de una catedral lo que había era un templo románico que con las guerras de las comunidades terminó hecha un asco y aprovecharon que había pasta para levantar un templo a lo grande, o sea, una catedral.
Bueno, como no íbamos a realizar un trabajo escolar sobre la Catedral y el librero ya nos estaba mirando con malos ojos, pues decidimos que ya nos habíamos ilustrado bastante y nos fuimos a seguir vagando por la ciudad, encaminando nuestros pasos a ver un castillo que llaman el Alcázar, al cual se llega a través de una calle estrecha llamada de Daóiz y que está llena de portales de casas que parecían todas del siglo XVI o XVII, calle que desemboca en una plaza llamada de la reina Victoria Eugenia, en cuyo centro se sitúa un monumento erigido en memoria de dos militares que lucharon contra los franceses en la Guerra de la Independencia: Daóiz y Velarde. Detrás de este monumento se alza el Alcázar, del cual lo primero que ves es una torre cuadrada terminada en torrecitas unas al lado de otras y ocupando tres de sus lados y una torre redonda terminada en cucurucho negro grisáceo a cada lado de la torre cuadrada, que luego supe se llamaba del Homenaje.
Delante de ésta hay un foso bien profundo y cruzado por un estrecho puentecito de piedra, igual de estrecho que la puerta, pues se trataba, lógicamente de impedir el paso a los enemigos dificultándoles la entrada a la vez que facilitaba la defensa.
Una vez dentro pasas por unos pasillos que en las paredes tienen colgados unos escudos grandes con emblemas heráldicos, que no sé yo a quien o a qué representarán. Bueno, siguiendo andando se llega a unas salas con un montón de armaduras de todos los tamaños, llenas de pinchos, con sus espadas, mazas y otras alegrías para liquidar al enemigo; también había una que estaba montada a caballo, el cual, desde luego, también tenía armadura.
Después pasamos a una sala donde había una mesa lujosísima y enorme y, no sé si en esta o en otra sala, había en la parte alta de las paredes, donde se unen con el techo, las figuras de los reyes que en España había habido hasta la fecha de su construcción, sentados en sus tronos y con sus nombres. Otras salas llamaban la atención por sus techos, con combinación de colores azul y oro. De ahí se pasaba a otras salas, una donde se encontraban los tronos de los Reyes Católicos, otra que le dicen del Cordón y otras mas; también se encuentra en esta Alcázar una capilla, muchos tapices, y bastantes objetos de decoración. Las ventanas eran ojivales, algunas con florituras.
De ahí se pasaba a una armería, repleta de armamento de las épocas medieval y renacentista, como culebrinas, cañones, ballestas con sus virotes, espadas, cascos, escudos y demás; y de aquí se pasaba a la parte trasera del castillo, la cual daba a las afueras de la ciudad, dándote cuenta entonces que este Alcázar se encuentra en lo alto de un cerro, pues desde el se veían abajo algunas casas y un poco mas lejos lo que parecían unas iglesias o edificios antiguos; también pasaba junto al Alcázar el río, que se dividía en dos brazos.
En este patio trasero, por llamarlo de alguna manera, se alzaba una gran torre cilíndrica terminada en un cucurucho de tejas, también de color pizarra, y en la parte final de ese patio, colgada del vacío, una garita, también cilíndrica y con techo cónico de pizarra, y digo de vigía por que las ventanas eran pequeñas y estrechitas, siendo la altura de la torrecita de poco mas de la de un hombre de pie.
Una vez liquidado el Alcázar, nos fuimos por la otra calle que de allí partía, llamada de Velarde, la cual terminaba en una plaza con una iglesia de la que no recuerdo su nombre, porque no lo apunté, y de allí a la Plaza Mayor, bajando por la que diríamos es la calle mas comercial o la calle principal, porque todas las veces que por ella pasamos había siempre un montón de gente. Por esta calle se ven cosas tales como la Casa de los Picos, una iglesia, una estatua a un comunero llamado Juan Bravo, de los que lucharon contra Carlos I, también se veía una torre grande, que no se yo que sería, varios restaurantes y todos con cochinillos asados y/o crudos en sus escaparates, tiendas varias y al final de la calle, la plaza de Acueducto, el cual, francamente, es de quitarse el sombrero, porque si lo piensas bien y asumes que tiene dos mil años y que es una obra de ingeniería hidráulica y que las piedras están unas encima de otras y sin cemento ni nada parecido, solo encajadas unas en otras, pues dices que ¡ole! por el ingenio humano.
La parte mas alta de él está en la plaza, habiendo en la parte superior central una hornacina con una imagen de la Virgen. Lo seguimos durante un rato, hasta que llegó un punto en que nos pudimos subir en uno de los arcos, empezando a hacer como si fuéramos romanos y la gente que pasaba se nos quedaba mirando, no sé yo si extrañada o lamentando las tonterías que estábamos haciendo, diciendo: -¡pobres muchachos, tan jóvenes y ya locos!-.
Hablando de la gente, esta nos pareció un poco cateta y muy seria, pero muy respetuosa con la urbanidad y el civismo, pues era Segovia una ciudad muy limpia y la gente pausada en el hablar, no hablando alto y pienso que poco dados a los cambios desmesurados y ello quizás se deba a que, al contrario de Málaga, es poco cosmopolita, a donde tardan mas tiempo en llegar los cambios y últimas modas. Desde luego eso no tiene nada de malo.
En fin, que tras vagabundear un poco mas por esta ciudad medieval, decidimos irnos a la habitación a dormir, porque entre otras cosas ya era tarde y mañana cogíamos el tren que había de llevarnos a Santiago de Compostela, de modo que paramos a comprar algo para cenar y a la piltra.
8 de Noviembre
Después de haber estado encerrado estos siete últimos días estudiando como un loco Derecho Penal para una prueba parcial que hemos tenido hoy – y que creo que voy a sacar buena nota -, retomo la pluma para continuar la narración de mi jornada peregrina.
Como suponíamos que el tren pasaría temprano, madrugamos, recogiéndolo todo y como habíamos pagado la habitación la noche antes, pues salimos "pitando" para la estación. En fin, podíamos dejar de correr, porque el tren que de Madrid iba para Santiago no pasaba hasta las nueve de la noche, de modo que compramos los billetes y podíamos sentarnos a desayunar en la cafetería que eligiéramos de Segovia, porque ahora lo que nos sobraba era tiempo, de modo que nos dimos un homenaje, desayunamos como príncipes y cargados con los petates nos fuimos otra vez a la fonda, porque a Juan se le ocurrió que podíamos decirle al fondero lo que pasaba y que si no le importaba que le dejáramos allí las mochilas. Cuando llegamos, no tuvimos ningún problema, el hombre fue todo amabilidad, seco, como todos los de aquí, pero amable.
Como no teníamos prisa, volvimos a entrar en la Catedral, a gozar de su silencio y de su majestuosidad; después dijimos que porqué no íbamos a ver que eran las casas que se veían desde le patio trasero del Alcázar y, así, subimos por la calle de Velarde, pasamos por un portillo de la muralla y empezamos a bajar por entre árboles hasta una carretera que nos pareció era de circunvalación, la seguimos hacía donde estaba una de las casas, cruzamos el río y vimos que a la izquierda había una y a la derecha otra, yendo primero a la de la izquierda, y que era un conjunto formado por un convento y un par de iglesias, una mas bonita que la otra. Luego fuimos a ver la casa de la derecha resultando ser un edificio magnífico con una alberca y preguntando nos enteramos que era un monasterio, llamado el Parral.
Seguimos luego por un camino que junto al río iba, un paseo que nos llevó a otro edificio, también un monasterio o convento, siguiendo luego el camino, que torcía a la derecha y cruzaba primero un arroyo y luego el río que antes habíamos cruzado; pasamos por delante de otra iglesia y yendo a terminar en la plaza del Acueducto, bueno, a una que está antes de cruzarlo y allí nos sentamos un rato en unas escaleras, no porque estuviéramos cansados - habíamos ido muy tranquilamente -, sino para ver el Acueducto a todo lo largo y el conjunto que formaba con las demás casas.
Como lo que nos sobraba era precisamente tiempo, entramos en un ultramarino y pedimos que nos hicieran unos bocadillos y nos pusieran unas cervezas, y con ello metido en una bolsa nos fuimos a comprar un plano de la ciudad, que por ahí teníamos que haber empezado, y una vez con él observamos que se podía seguir fácilmente el perímetro de la ciudad, de modo que si de una excursión se tratase, empezamos a andar desde la plaza del Azoguejo siguiendo por las calles que quedan por fuera de la muralla y, así, pasamos por un parque llamado Paseo del Salón, donde hay una entrada a través de la muralla. En este parque nos paramos a comer, por que la verdad, con la caminata que llevábamos a mí me había entrado hambre y a Juan también, de modo que allí dimos buena cuenta de los bocadillos y de los dos litros de cerveza, lo cual aparte de quitarnos el hambre nos liberó de tener que llevar un peso.
Seguimos con nuestro deambular y pasamos por una puerta de la muralla llamada Puerta de San Andrés, por la cual se entra en el recinto amurallado y continúas por una calle que te lleva a la plaza de Victoria Eugenia; sigues por las calles Pozo de la Nieve, de Santiago, Paseo del Obispo, del Taray, de San Juan y nuevamente en el Acueducto; vamos, un buen paseo, decidiendo ir a descansar al Paseo del Salón, donde había unos bancos en los que en un momento dado y con permiso de los segovianos, nos íbamos a tumbar un rato a descansar y más nos valía, porque luego, a la estación, otra caminata.
Cuando llegamos, Juan se quedó dormido enseguida, pues este no tiene problemas para eso, pero yo ya sabes que no soy dado a esas pachorras, de modo que me limité a tumbarme a ver las copas de los árboles y a descansar mientras pensaba en lo que ya habíamos recorrido en nuestro peregrinar, las cosas que habíamos visto, la gente con la que habíamos hablado, las magníficas construcciones que el hombre ha levantado ala mayor gloria de Dios y lo que aún nos quedaba por ver y conocer, sobre todo cuando pudiéramos abrazar al santo, punto culminante de esta jornada.
Corto por un momento la narración de mi peregrinación para darte noticia de una triste noticia que nos ha venido de la casa de mi tío abuelo Enrique por medio de un propio, y es que su hijo Eduardo ha fallecido de disentería en Vardacoa, en Ultramar, el pasado día 7 del mes pasado.
La verdad es que, independientemente de la pérdida tan lamentable que supone para su mujer y sus tres hijos, es una lástima muerte tan prematura, pues con tan solo treinta y nueve años había alcanzado ya el grado de Teniente Coronel y el futuro que se le presentaba era realmente prometedor, pues tenía todas las papeletas para alcanzar el generalato antes de los cincuenta, habida cuenta de su inteligencia y de su valor en el campo de batalla, lugar donde había conseguido su ascenso en el escalafón.
Era Eduardo natural de Guadix, hijo de Escribano Real y Magistrado de la Audiencia de Granada con asiento en la ciudad de Guadix. Buen estudiante, empezó los estudios de Filosofía, pero como su carácter era mas bien indómito y montaraz, gustando de las asperezas de las tierras que rodeaban su ciudad y de Sierra Nevada, a cuyos pies está Guadix, mas sus dotes para el mando, decidió dejar esos estudios y pedir a su padre que le solicitara el ingreso en plaza de Cadete en el Regimiento de Infantería "Soria" y su padre, conociéndolo y viendo la determinación con la que el muchacho se lo solicitaba, accedió a ello, escribiendo una carta de solicitud al Director General de Infantería en la Capitanía General de Granada, siendo admitido e ingresando como Cadete, siendo destinado al Regimiento San Fernando Nº 11 con base en Málaga, siendo trasladado posteriormente a Jaén y Granada, habiendo pasado antes alguna que otra ocasión por prisión, pues su carácter agresivo le llevaba a tener peleas con otros compañeros o en la calle con paisanos.
No obstante, era buen alumno y buen militar, de modo que la autoridad militar decidió usar de su carácter bravo y agresivo para mandarlo a Ultramar y ponerle en disposición de defogar frente al enemigo toda su agresividad, de manera que le ascendieron a Subteniente y le embarcaron en Cádiz, llegando a la Isla de Nuba al mes siguiente, donde estuvo de guarnición en la capital hasta que se presentó la primera oportunidad de poner a prueba su bravura, que fue en El Mavey. Para no desvirtuar su carácter, contrajo matrimonio sin pedir la preceptiva Real Licencia, lo que le ocasionó algunos problemas.
Posteriormente lo destinaron al Primer Batallón del Regimiento de Saga y componiendo parte del cuerpo expedicionario que se desplazó a Niéssico, participó muy activamente en cuantos encuentros con el enemigo sostuvo su Regimiento, y por el mérito contraído fue ascendido a Teniente de Infantería.
Tras volver de la expedición a Niéssico, participó en diversas acciones, demostrando nuevamente su valor, arrojo y temeridad, pero que le valieron su ascenso a Capitán y en premio a su capacidad militar, se le indulto de haberse casado sin licencia, aunque se quedaba sin participar en el montepío militar a no ser que falleciera en acto de guerra o a sus resultas.
Como sus mandos sabían que la única manera de tenerlo centrado era mandarlo a los lugares de peligro, no dudaron en destinarlo al Batallón de Villaclara y con el estuvo en diferentes acciones por las que fue condecorado primero con la Cruz al Mérito Militar de primera clase y por su participación en la batalla del Descenso del Muerto, le concedieron la misma Cruz de antes pero con distintivo rojo y pasador.
Tres años después y tras desempeñar diferentes comisiones y desempeñar varios cargos de responsabilidad, fue ascendido a Teniente Coronel, siendo poco después enviado a realizar acciones de campaña, en las que estuvo hasta que hallándose en la zona Arroyo Guena se da de baja por haber contraído fuertes fiebres y dándose la circunstancia de que empeoraba por días fue embarcado en el "Santander" y llevado a Vardacoa, donde vivía su mujer e hijos, muriendo a los pocos días de disentería.
Dice mi padre que en realidad de lo que murió es de cabezonería, pues se da la circunstancia de que a lo largo del tiempo que estuvo en el Ejército de Ultramar, contrajo varias veces fiebres, incluidos paludismo y tifus, habiendo sido aconsejado por los facultativos que retornara a la Península porque esos aires no eran adecuados a su naturaleza, pero como era tan bruto nunca hizo caso de los consejos que se le daban.
En fin, descanse en paz militar tan bravo y hombre tan rebelde. Su familia, "gracias" a que falleció a resultas de la guerra, cobrará el montepío y parece ser que han decidido venir a la Península, a Guadix, donde la familia de Eduardo les ha hecho entrega anticipada de la parte que le corresponde de la herencia paterna.
En fin, como todo no van a ser malas noticias, decirte que ha venido mi tío Salvador a proponerle a mi padre y a mi tío Manolo la participación en el negocio del corcho.
Mi tío Salvador es un lince para encontrar yacimientos de negocio fructífero allí donde otros solo ven riesgos y, así, en su momento tuvo la peregrina idea de invertir en minas de fosfatos en un momento en que nadie daba dos duros por ellas y mira tu por donde contactó con un importador noruego y cerró un trato que le reportó unos pingües beneficios, tantos que decidió vender sus acciones en la mina y el dinero obtenido lo invirtió en la adquisición de una fabrica de procesamiento del corcho en Tetuán, con no se cuantísimas hectáreas de alcornocal que le aseguraban una producción constante de corcho durante el resto de su vida. Pero como está interesado en la exportación a Ultramar del producto y mi padre y mi tío tienen excelentes relaciones comerciales con industriales y comerciantes allí, como por ejemplo el primo de mi madre de quien ya te hablé mas arriba, Jose Antonio de Mutuarregui, pues les ha propuesto la participación en dicho negocio, de manera que ahí tienes a mi padre y a mi tío Manolo camino de Tetuán con mi tío Salvador a conocer in situ el tema.
La verdad, estoy contento de estudiar Leyes para dedicarme a los aspectos jurídicos del negocio, porque creo que yo no tengo la madera de comerciante de mi familia y cada vez que veo o escucho algo de mi tío Salvador o de mi padre y sus respectivos negocios y la facilidad que tienen para entablar las negociaciones con auténticos "halcones" de la cosa mercantil, y a la vez me veo a mi tan falto de recursos dialécticos para resolver esos temas, que me maravillo de lo que hacen y deshacen en sus reuniones.
En fin, amigo, volviendo a mí peregrinar, continuaré diciéndote que tras descansar en el Paseo del Salón, nos pusimos en movimiento hacia la estación, esperar la hora de la salida que tardó doce horas en llegar a Santiago, dándonos tiempo a todo: andar por los vagones, mirar el paisaje por la ventana, jugar a los dados en el espacio que hay entre los vagones, cenar junto a un matrimonio mayor que se dirigía a San Martín, provincia de Zamora, y que iba en el mismo compartimento que nosotros y que cuando vieron que para cenar sacábamos un bocadillo, nos ofrecieron filetes empanados, tomate picado y vino de un pellejo que llevaban, y la verdad es que nos supo a gloria, porque nuestro bocadillo era de queso, comprado en la estación de Segovia sin mantequilla ni nada y el queso era más una muestra que queso de verdad, de lo poco que tenía y como llevaban en abundancia nos dieron a repetir.
Después de cenar estuvimos hablando con ellos, que nos preguntaron que de donde éramos y hacia donde íbamos, celebrando mucho el que fuéramos a Santiago en peregrinación, recordando ellos sus tiempos de juventud cuando hicieron el Camino; entonces vivían en Cenicero, La Rioja, e hicieron el Camino cuando se casaron. Ahora vivían en San Martín porque en su día habían aprovechado la oportunidad de que se ponían en explotación agrícola nuevas tierras y habían ido como colonos, pues les daban en propiedad la tierra y una parte importante de los beneficios, de manera que levantaron la casa, cogieron a los hijos, que todavía eran pequeños y se lanzaron a la aventura. Hoy se sienten satisfechos de la decisión, pues tienen casa y tierra propias y los tres hijos varones han estudiado en la Universidad, dos en Salamanca y otro, que está terminando Agrónomos en Madrid, que es de donde vienen de pasar unos días con él.
Después de pasar un buen rato con ellos contándonos cosas de San Martín y de Cenicero y preguntándonos por Málaga y el mar – que nunca habían visto -, decidieron echarse a dormir, dedicándonos nosotros a pasar el tiempo dormitando, paseando por los vagones y a aburrirnos, que nos dio tiempo a todo.
Así estuvimos hasta que entramos en Galicia, dándonos cuenta que había vagones que estaban prácticamente vacíos, con compartimentos para nosotros solos, de modo que cogimos los petates y nos trasladamos allí, dedicándonos a jugar a los dados y a hacer cábalas sobre Santiago, como serían las calles, las gentes, la comida, la Catedral y el Santo, y así estuvimos hasta que al poco de amanecer hicimos entrada en Santiago de Compostela.
Nos bajamos del tren un poco cansados, pero gozosos de haber llegado por fin a la que se había convertido en meta de nuestro viaje, de modo que nos echamos las mochilas al hombro y espabilados por la brisa fresca matutina nos fuimos a la pensión que nos dijo Tono, el de Nueva Pulsación, en la calle de Casas reales, en una casa cerca de una capilla llamada de las Ánimas Reales y de una iglesia llamada Santa María del Camino.
La entrada a la fonda, porque eso era y no pensión, era bastante estrecha, al igual que las escaleras, que nos condujeron a la recepción en el primer piso, que mas que recepción era una mesa y una silla, en la cual estaba sentado un hombre regordete y de cara colorada, el cual nos dio las llaves de una habitación, la 4, en el segundo piso y que resultó ser tan estrecha, casi, como las escaleras, y donde había que poner un colchón en el suelo para que cada uno tuviera su "cama"; dejamos las mochilas en el espacio que había entre un armario y la pared, donde había una ventana que daba a un patio y ya lo que quedaba de espacio era el que había entre el armario y el colchón que sobre el suelo estaba. Por descontado que esta habitación convertía en hotel de varias estrellas a la de Segovia, pero bueno, para lo que costaba y lo poco que la íbamos a usar, tampoco nos preocupaba demasiado, la verdad.
Como ya teníamos casa y no habíamos desayunado, bajamos a la calle buscar un bar donde tomarnos un café y un viena con mantequilla o aceite, encontrando un bar al poco de empezar a caminar y en vez de pan nos comimos un trozo de empanada, por aquello de que nos resultó atractiva la idea de empezar a degustar los sabores de la tierra, y en vez de café nos tomamos un vaso de vino, que era un poco áspero pero que entraba bien, de modo que entre los dos nos zampamos media empanada de la que tenían expuesta en el mostrador y dos vasos de vino cada uno y ya, una vez repuestas las fuerzas nos lanzamos de hoz y coz a la conquista de uno de los destinos mas afamados de toda la cristiandad.
Empezamos a caminar para ir a ver lo primero de todo la Catedral e ir a postrarnos a los pies del Santo y abrazarlo, empezando a caminar sin saber por donde había que ir, hasta que llegó un momento en que nos dio la impresión de que no íbamos por el camino correcto, de modo que le preguntamos a un señor, diciéndonos que en dirección contraria a la que íbamos, que cogiéramos, "por esa calle de ahí y todo recto hasta que lleguéis a la plaza de Cervantes, donde hay una estatua y luego a la derecha" ó mas o menos algo parecido a eso. Y así lo hicimos; le dimos las gracias y marchamos en esa dirección, llegamos a la plaza, torcimos a la derecha, por una calle que se llama Azabachería, hasta que se llega a otra plaza en la que se ve la parte de atrás y un lateral de la Catedral, inundándosenos el corazón de gozo al verla, tanto que echamos a correr para entrar a rendir adoración al Santo. Tanto gozo no nos impidió considerar que esa parte de la Catedral nos pareciera un poco insulsa, pero cuando le dimos la vuelta, entramos en la plaza del Obradoiro y vimos la fachada principal, entonces si que nos impresionamos. En esa plaza, aparte de la Catedral, se hallan tres edificios mas, de los cuales uno era un palacio que ahora es un Parador de Turismo, un hotel de muchas estrellas, y los otros dos edificios, uno era el Colegio de San Jerónimo y el otro un palacio llamado de Rajoy.
Antes de entrar en la Catedral, estuvimos un rato contemplando la fachada y la verdad es que no se como describírtela, y para empezar te diré que es...alta, muy alta, sus dos torres parecen querer perderse entre las nubes. La fachada es de tres cuerpos y no cabe duda que es del estilo que llaman barroco, destacando sobre todo la portada, que es una gran cruz de piedra. A cada lado de este conjunto de tres cuerpos, se alzan las dos torres, que están formados por cuatro cuerpos, el primero de los cuales termina en una especie de retablo pétreo en el que se encuentra una figura central y una a cada lado, y por detrás de este retablo emerge el segundo cuerpo, del cual emerge un tercero en el que están las campanas y del cual emerge un cuarto, que es como una especie de gran cimborrio con infinitas florituras, Aquí lamento, como te decía al principio de la carta no tener tu capacidad de descripción de las cosas, porque tú, seguro, llenarías dos folios completos describiendo la fachada y este es el momento en el que lamento no haber pensado en hacer dibujos de las cosas que veo que me llaman profundamente la atención, porque al ver el dibujo podría describir con mas lujo de detalles todos y cada uno de los elementos mas interesantes y llamativos del objeto en cuestión, como es el caso que ahora nos ocupa. De todas maneras, como supongo que tú también emprenderás el camino el día menos pensado, pues lo podrás ver en directo y maravillarte con la majestuosidad y potencia que esta Catedral posee.
De todas maneras, no entramos a verla en ese momento, pues decidimos que sería mejor ir a visitarla por la mañana del día siguiente y así podríamos estar dentro todo el tiempo que quisiéramos, sin temor a que éste nos faltase, pues queríamos empaparnos a satisfacción de los encantos y prodigios de este templo sin par en la cristiandad. De modo que nos fuimos a dar una vuelta por calles del entorno de la Catedral, yendo a parar a dos que estaban llenas de gente y de bares, las Rúa Nueva y Rúa del Villar.
Se entra en la Rúa del Villar por la plaza de las Platerías y es una calle con muchos soportales, bajos y de piedra la mayoría, aunque también los hay de cemento y encalados. Lo primero que te encuentras cuando entras en la calle es la Casa del Deán, que tiene una portada muy bonita de estilo barroco; continuando la calle terminas por llegar a la plaza que llaman de Toral, que tiene un monumento a no se quién, ya que no nos paramos a verlo, porque dimos la vuelta y desandamos el camino pero por la Rúa Nueva, que también está porticada pero menos y lo mas reseñable de esta calle es la Iglesia de Santa María Salomé, de portada del estilo que llaman románico, y como estaba abierta decidimos entrar, pero aunque era llamativa no nos impresionó, pues nos pareció que estaba muy reformada y no ofrecía un aspecto muy original que digamos, de modo que continuamos nuestro paseo hasta el final de la calle, yendo a parar a la calle del famoso Obispo Gelmírez, y caminando por esta calle llegamos a una plaza llamada de San Félix, por encontrarse en ella la Iglesia del santo del mismo nombre y que según dicen es la mas antigua de la ciudad, habiendo quien remonta su origen al siglo V.
Continuamos andando por esta plaza hasta que vimos cerca un edificio del estilo, mas o menos, del de la Aduana de Málaga, así cuadrado y con muchas ventanas y que, preguntando, nos dijeron que era la Universidad, aunque yo me imagino que debía ser alguna Facultad o la antigua sede de la Universidad allá por el siglo XVII o XVIII, porque ahí no creo yo que quepan todos los estudiantes que a Santiago van y no quise preguntar nada por no parecer un cateto; tengo que leerme el libro ese titulado "La Casa de la Troya" que tiene mi hermana, que como habla sobre el ambiente estudiantil de esta ciudad, a lo mejor me ilustra ampliamente sobre el tema de la Universidad. De todas maneras decir que tiene toda la pinta de ser un edificio de estilo neoclásico, observándose que tiene añadida, posteriormente, la planta superior y, situándonos frente a la fachada principal, vemos que a la derecha hay una iglesia de los jesuitas, muy barroca y unos árboles formando un pequeño jardín junto al Arco de Mazaruelos, que supongo debía ser una de las puertas de entrada a la ciudad a través de la muralla que, seguro, rodeaba la ciudad.
Bueno, dije que había un jardincillo con árboles, y a través de el se pasaba a otra calle que giraba a la izquierda, llamada General Aranda, la cual subimos, pasando junto al Convento de la Enseñanza, un convento-colegio de la Compañía de María, que parece ser que se instalaron en esta ciudad en el siglo XVIII. Es de fachada y puerta sobrias, y en cuyo tímpano aparecen tres esculturas: la Asunción, San Gabriel y San Rafael.
Continuamos la calle, que según un rótulo, ahora se llamaba de Jose Antonio, encontrando luego a nuestra izquierda un gran edificio con unas escaleras para subir la acera en que estaba, pues la calle estaba mas baja. Este edificio era el Convento de San Agustín, al que dimos la vuelta, pero no nos ofreció nada que fuera digno de ser mencionado, de modo que retornamos a la calle Jose Antonio y seguimos caminando hacia un cruce de calles o especie de plaza, que según un letrero en la fachada de un edifico, se llamaba Puerta del Camino, dándonos cuenta que una de las calles era en la que estaba la fonda en que parábamos, la calle de la Casas Reales.
Como ya empezábamos a tener hambre, decidimos comprar unos bocadillos, lo cual hicimos en una tienda que había en un edificio frente al que estaba la fonda y al lado de una iglesia llamada Santa María del Camino. Entramos en la tienda y en vez de bocadillos nos compramos una empanada completa, diciéndole a la señora que nos la cortara en trozos para podérnosla llevar a la fonda, mas un par de litros de cerveza y con todo esto nos fuimos a la habitación a dar buena cuenta de ello.
Salvando la estrechez de la habitación nos acomodamos como mejor pudimos, comiendo y comentando las impresiones que nos habían producido los edificios monumentales que habíamos visto, la grandiosidad de algunos y la sencillez de otros y sobre todo la cantidad de ellos que pertenecían a la Iglesia. También comentamos el aspecto de ciudad acostumbrada a la humedad, notándose en el color de las fachadas, con un cierto toque verde incipiente, producto de la constante lluvia que, según dicen, aquí hay.
Bueno, después de comer, echamos una partida de dados, cosa que, curiosamente, no hicimos en toda la mañana y escuchamos un poco de música, porque se me había olvidado decir que nos habíamos llevado un pequeño radio-cassete y un par de cintas, una de las cuales era de Peter Gabriel, que nos gustaba bastante; de todas maneras, prácticamente no lo usábamos, haciéndolo en contadas ocasiones, como por ejemplo en el tren que nos llevó de Segovia a Santiago.
Con la digestión y la música me entró un poco de sopor, de modo que decidí dormir un poco de siesta, decidiendo Juan hacer lo mismo, poniendo el colchón en el suelo y echando a suertes a ver a cual de los dos le tocaba dormir en el, tocándome a mi, y así estuvimos hasta las seis, pues el haber pasado una noche prácticamente en vela en el tren y la caminata de la mañana, pasaba factura y el cuerpo reclamaba un poco de descanso, pues, aunque somos jóvenes, nuestro cuerpo necesita reposo. Realmente lo que nos despertó, creo yo que fue el relente que estaba entrando por la ventana, que se había quedado abierta. Nos levantamos y le dije a Juan que lo primero que debíamos hacer era ir a dejar comprada la cena, estando de acuerdo conmigo, bajando él a la tienda de antes y trayendo una barra bien grande de pan y unas latas de atún, mas una botella de cerveza, la cual, junto con la otra que sobró del almuerzo, las pusimos en el alfeizar de la ventana, para que estuvieran frescas cuando volviéramos del paseo de la tarde-noche.
Después de echar unas partidillas de dados y hablar de lo que haríamos mañana, a eso de las ocho bajamos a la calle, estando ya la tarde con poca luz y las farolas encendidas, dejándose ver con esa luz un encanto nuevo de la ciudad, que al menos a mi me provocó una nueva emoción, pues me veía ahora mas que por la mañana, y no se porqué, mas en la ciudad del Santo, mas cerca de él y de su benéfico manto protector, rezándole instintivamente una oración de agradecimiento para mis adentros, por haberme permitido llegar hasta allí, y con estas nuevas sensaciones, encaminamos nuestros pasos a las Rúas del Villar y Nueva, pues intuíamos que allí se encontraba el ambiente juvenil de esta encantadora ciudad, que estaba empezando a hacerme sentir como si yo también fuera parte de ella, pues tal es su poder de seducción, que al igual que la humedad, rezuma por sus seculares paredes de piedra.
Alegres bajábamos por la calle de las Casa Reales y Azabachería, contemplando a la luz de las farolas las fachadas de las casas y observando el deambular de la gente, mucha de la cual debía estar empezando a desfilar para sus domicilios. Llegamos a la plaza de la Inmaculada y bajamos las escaleras que llevan a la de Quintana, donde había un grupo de tunos en plena faena, añadiéndonos nosotros al grupo de curiosos que habíase congregado alrededor de ellos, y después de estar un ratito escuchándolos pasamos a través de la plaza de las Platerías a la del Obradoiro, para desde los soportales del Palacio de Rajoy –que creo que era el Ayuntamiento-, contemplar la fachada de esta imponente Catedral iluminada, aunque no lo estaba demasiado, por lo menos para lo que a su magnificencia correspondía, pero bueno, no por ello dejó de deleitarnos la vista y de alguna manera el espíritu, visión tan espléndida, producto de la mano del hombre para la mayor gloria de Dios.
Una vez contemplada a placer visión tan espléndida, nos fuimos a las antes citadas calles, equivocándonos, pues entramos por una calle que se llamaba de Raiña o algo así y que tenía una plazoleta, en cuyo centro había un cruceiro, o sea, una cruz alta de piedra que aquí las llaman por ese nombre, y avanzando y metiéndonos por entre casas llegamos hasta el final, sin que la dichosa Rúa del Villar apareciera, de modo que le preguntamos a una señora que pasaba y esta nos dijo que era la paralela, que entráramos "por esa callecita de ahí y saldríamos a la calle que buscábamos y que era el final de la calle y que si queríamos ir a la plaza de la Catedral fuéramos en dirección contraria a la que llevábamos". "Muchas gracias, señora" y nos lanzamos a la conquista de esa calle, pero porque lo que buscábamos no era la Catedral, si no la cantidad de barecitos y tabernas que habíamos visto por la mañana, de modo que fue entrar en la calle de marras y empezar a hacer el correspondiente vía cruces enológico y gastronómico, pues aparte del vinito queríamos probar las tapas que seguro nos iban a ofrecer.
Y, efectivamente, desde el primer bar que entramos hasta el último de que salimos a cuatro patas, junto con el vino iba la tapa, algunas que me gustaron mucho, como unos mejillones calientes en salsa, y otras que no me gustaron nada como era una de rabo de cerdo frito o algo parecido, que se la comió Juan. El vino tinto me resultó un poco áspero, pero estaba bueno, y el blanco, pues normal, gustándome mas el tinto
Estuvimos en unos pocos de bares y, efectivamente, no me equivoqué en mi idea de que en esas calles y en la plaza de Toral, estaba reunido el ambiente juvenil y, así, estuvimos en animada conversación con algunos grupos de jóvenes, yéndonos con ellos a otros bares a degustar el mismo vino pero con otras tapas y de esta manera estuvimos hasta que empecé a ver doble, dar tumbos y Juan que se me pierde, viéndome obligado a superar la cogorza que tenía encima para ponerme a buscarlo por los bares y las calles adyacentes, pero tras buscar todo lo bien que se puede buscar en el estado en que me hallaba, decidí irme, haciendo eses, para la habitación, y cuando ya iba por la calle Azabachería me lo veo sentado y acurrucado en un portal, medio dormido. Le desperté y le pregunté que donde se había metido, diciéndome que en un momento dado dejó de verme y como no me encontraba decidió irse a la habitación, pero como la llave la tenía yo, no pudo entrar, de modo que se dio la vuelta y se puso en un sitio protegido del relente y que si yo pasaba me viera, pero se quedó dormido, pues también llevaba una buena cogorza encima. Así, una vez juntos nos fuimos a la habitación y mas mal que bien subimos las estrechas escaleras que nos llevaron a la habitación, donde nos acostamos vestidos y todo, durmiéndonos de inmediato.
Desde luego, si mi padre me hubiera visto así me mataba sobre la marcha y luego me hubiera castigado a base de bien.
A la mañana siguiente, y curiosamente, nos despertamos pronto, eso si, con un buen dolor de cabeza y tras desayunarnos el pan con atún y cerveza que Juan compró al día anterior para cenar y que no nos comimos, fuimos a la Caja Postal a sacar dinero y una vez con la cartera repuesta nos dirigimos resueltamente a la Catedral, pero antes pasamos a ver una casa que la noche antes nos dijo un grupo de jóvenes con los que estuvimos no dejáramos de ver, más como curiosidad que como casa interesante, que hay en la calle de la Troya y que es de la que se habla en el libro que mas arriba mencioné y que va de picaresca estudiantil. Después de eso seguimos por la calle Azabachería hasta llegar a la plaza de la Inmaculada, donde se haya el monasterio de San Martín, un edificio enorme con una fachada muy bonita. Luego bajamos a las plazas de Quintana y de las Platerías y llegamos a la del Obradoiro, subiendo la escalera que nos conducía al interior del templo.
Lo primero que te encuentras al entrar es una portada románica de piedra de doble arco, toda llena de imágenes de apóstoles, de Jesús, patriarcas y evangelistas, enviados por Dios y que como están a la entrada, pues son como intermediarios entre los peregrino que allí vamos y la divinidad, y que parece que esté escrito en él toda la historia habida y por haber. Tiene esta portada, una jamba divisoria de los arcos y llamada parteluz, con la escultura del Apóstol Santiago, de pié sobre una columna y las imágenes que están a derecha e izquierda del parteluz están sobre columnas con capiteles floreados. Este pórtico, llamado Pórtico de la Gloria y el primer interior de la Catedral es románico y está hecho por un escultor llamado Maestro Mateo, siendo la obra cumbre del románico de la península, y además, muy ancho. Antes de entrar puse una rodilla en tierra y con la frente apoyada en el parteluz, le dirigí una oración en acción de gracias.
Lo que pasa es que, por lo visto, en los siglos posteriores, fueron transformándola hasta darle el aspecto que hoy podemos admirar. Además, está hecha con granito, pues la piedra es como la que vi una vez que fui con mi padre a una comarca de Córdoba, llamada Los Pedroches, que era usada para las iglesias y las casas.
Cuando entras lo primero que admiras es la gran altura de las bóvedas, que parecen perderse en las alturas, con muchos arcos y florituras. Tiene planta de cruz latina y consta de tres naves con un montón de capillas y hay una galería superior con balconcitos.
La capilla mayor se encuentra sobre la cripta donde se hallan los restos del Santo y de otras personas y el altar es de un cuerpo con la estatua del santo vestido de plata y oro y con piedras preciosas y sobre el hay una como pirámide sostenida por ángeles y encima una estatua a caballo del Santo, con unas cuantas figuras como si estuvieran rindiéndole pleitesía. Por detrás del altar pasábamos los devotos a abrazar al santo, produciéndonos gran emoción la realización de ese acto, el cual suponía el momento culminante de nuestra jornada peregrina.
A ambos lados del Altar Mayor hay dos grandes púlpitos que parecen como de metal, al igual que las figuras que los sostienen.
Tiene la Catedral un gran coro y dos órganos, y de las capillas, que como dije eran un montón, destacaré como las que más me interesaron la del Pilar, con muchos mármoles, azabaches y no se que piedras mas, muy lujosa y ornamentada, y una estatua en actitud de rezar sobre un sepulcro, por supuesto todo de mármol; la otra capilla era la del Salvador, a la que también le llaman de Francia, porque un Rey de allí donó bastante dinero para su construcción. Tiene esta capilla unas columnas muy bonitas, el altar es de mármol y en un lateral hay una estatua yacente.
Después de estar tres horas admirando tan sublime majestad, decidimos ir a ver el claustro, los tesoros y el museo, previo pago de las ciento cincuenta pesetas de la entrada.
La verdad es que esta Catedral impresiona no solo por sus dimensiones, si no también por su realismo y la fuerza expresiva de la obra, las estatuas y el mensaje que transmite.
Después de esto estuvimos contemplando la fachada de las Platerías, que tiene una enorme concha sobre la que descansa una escalera y muchas estatuas con las tentaciones y la Pasión de Cristo y muchas más personas que serían santos o apóstoles. La fachada de la Azabachería, la Puerta Real, la Puerta Santa y la Torre del Reloj fueron las últimas visitas que hicimos a esta Catedral.
Ya, después de esto, lo único que hicimos fue dar algunas vueltas por la ciudad, charlando sobre la magnificencia de la Catedral y los sentimientos experimentados en su interior al contemplar las grandiosas dimensiones de este gran templo de la Cristiandad, así como la emoción experimentada al culminar el objetivo principal de nuestro viaje, el cual no era otro que honrar al santo patrón de España, pidiéndole cada uno lo que deseaba en que le ayudara a conseguir, que en mi caso fue el que me ayudara a encontrar un camino claro por el que encaminar los pasos de mi vida.
Como el dinero ya empezaba a escasear, decidimos dar por concluida nuestra estancia en Santiago, de modo que, ya a media tarde nos compramos unos bocadillos, un trozo de empanada y unas cervezas y nos fuimos a la habitación a dejarlo e irnos a la estación a comprar unos billetes de tren .Cuando llegamos, miramos los destinos posibles, pensando ya en la vuelta a Málaga, decidiendo tirar para Salamanca, en un tren que salía por la mañana temprano. Tras esto nos fuimos a la habitación, le pagamos al dueño, cogimos la comida y nos marchamos a la plaza de Quintana, detrás de la Catedral, donde hay una escalinata y, allí, nos pusimos a cenar tan ricamente, viendo pasar a la gente, la cual nos miraba pero sin hacernos mucho caso, lo cual era lógico, pues ya eran mas de las ocho y media e iban en retirada para sus casas. Había allí algunos muchachos, pero no entablamos conversación con ellos porque queríamos saborear tranquilamente los últimos momentos que íbamos a estar en Santiago, aunque se marcharon pronto, quedando un silencio agradable, solo roto por los pasos de los viandantes que por allí pasaban.
Después de comer nos dimos la última vuelta por la Rúa del Villar y la Nueva y a eso de las nueve y media o diez, nos fuimos a la habitación, donde dejamos todo recogido y nos echamos a dormir, que mañana hay que madrugar.
Mañana llegó y temprano cogimos el tren que a Salamanca nos llevó y que también tardó un montón, llegando a eso de las dos de la tarde. Nos bajamos, fuimos al centro y antes de llegar a la Plaza Mayor, en una plazoleta cercana de la que no recuerdo su nombre, vimos un hostal, llamado Concejo y donde pedimos habitación, la cual nos costó carilla, pero bueno, estaba en el centro y al lado de la Plaza Mayor. Después bajamos a ver si comíamos algo, entrando en un bar y donde pedimos yo un plato de callos y vino y Juan una migas, también con vino, todo lo cual nos sentó de maravilla, porque estábamos muertos de hambre y lo mejor de todo era que fue abundante y a un precio estupendo, lo que compensaba el de la habitación.
Nos fuimos a la habitación a reposar un poco y a eso de las cinco nos fuimos a dar un paseo por la ciudad, viendo fundamentalmente la Plaza Mayor y sus alrededores. Al final después de andar un montón, terminamos en un puente romano que cruzaba el Tormes, pasando al otro lado y contemplando desde la otra orilla una vista de la ciudad y sobresaliendo de ella las Catedrales, pues esta ciudad tiene dos, una románica y otra gótica, aunque están pegadas la una a la otra y no sabes donde termina una y empieza otra.
Después nos fuimos a comprar algo de cenar, entrando en una tienda cercana a la habitación y donde compramos pan, una botella de sidra y un quilo de chorizo y después de cenar nos fuimos de marcha, preguntándole a un muchacho que por donde estaba la zona de bares. Nos lo indicó y cuando llegamos, después de echar una visual por la zona, nos decidimos por un bar llamado "El Puerto de Chus", el cual resultó ser un pub chulísimo, pues por dentro parecía como un muelle donde atracaban los barcos: en lo que era el agua se encontraban las mesas y en la parte del muelle, aparte de la barra, se hallaban sitios tales como una pescadería, una tienda de efectos navales, casas con sus balcones y ventanas iluminadas, etc, todo figurado, claro. Esto nos maravilló un montón, porque en Málaga no teníamos nada parecido. Allí hicimos migas con algunos muchachos, sentándonos con ellos durante casi toda la noche, hablando, sobre todo de cosas que nos preguntaban de Málaga. De allí, y casi a cuatro patas, al hostal.
Al día siguiente nos levantamos tarde, yendo a desayunar al mismo bar donde almorzamos el día anterior, para después dedicarnos a ver detenidamente la ciudad, estando en la antigua Universidad, viendo donde el insigne poeta Fray Luis de León dijo aquello de "como decíamos ayer…", la Casa de las Conchas, que hizo que nos acordáramos de la de los Picos de Segovia. En la Catedral estuvimos mucho rato, aunque ya no nos impresionó tanto, quizás porque veníamos deslumbrados de la de Santiago, estando hasta que nos dijeron que era la hora de cerrar, que querían comer.
Después nos compramos unos panes y unas latas de atún de lo que dimos cuenta regándolo con cerveza y ello en un parque, en el que estuvimos hasta que bajamos la comida, reanudando el paseo, yéndonos a ver un edificio llamado Colegio Anaya y otro que en frente había y que cuando fuimos a verlo de cerca, vimos que en sus escalinatas había una gente con mala pinta y que estaban preparando droga para pincharse, de modo que nos dimos la vuelta y tomamos "las de Villadiego", que había muchos otros sitios que ver en Salamanca. De allí nos fuimos a la Plaza Mayor, que la teníamos abandonada, dedicándonos a observarla desde todos los ángulos posibles, tantos ángulos que incluso Juan hizo el pino para, según el, tener una perspectiva distinta que contar a sus nietos. Tras esto seguimos paseando y viendo calles y edificios interesantes, pasando junto a uno que se llamaba Real Chancillería y que es un sitio donde se guardan los expedientes y follones entre los nobles antiguos.
Así nos dieron las tantas, yéndonos a la habitación a cenar, con unos panes que compramos, haciéndonos los bocadillos del chorizo que compramos, del cual me di un atracón impresionante, como si fuera la última vez que fuera a comerlo, tras lo cual salimos a tomar unas copas, pensando en recogernos pronto, porque habíamos decidido que a la mañana siguiente nos íbamos a Cáceres y en autobús, porque el tren solo llegaba hasta Zamora.
Cuando estábamos tomándonos las copas, le dije a Juan que me iba a la habitación, porque tenía revuelto el estómago, diciendo el que vale, que el se iba mas tarde, porque estaba intentando ligar con una salmantina. Llegué, le pregunté al de la recepción si sabía a que hora salía el autobús para Cáceres, a lo que respondió llamando a la estación de autobuses y diciéndome que a las siete y media de la mañana salía uno. Le di las gracias, subí, recogí mis cosas y me acosté con asco en el estómago. Al rato llegó Juan -no había tenido éxito en sus intentos conquistadores-, recogió también sus cosas y se acostó.
En mitad de la noche me tuve que levantar, malísimo del estómago, a vomitar en el lavabo que en la habitación había todo el chorizo, atorando el desagüe, teniendo que desatorarlo con agua y paciencia y a todo esto Juan pasó olímpicamente de mi, el tío guarro, pero bueno, tras esto pude dormirme tranquilamente.
Nos levantamos muy tempranito, nos fuimos a la estación de autobuses, compramos los billetes y nos montamos en el bus, el cual partió y tardó tanto como el tren, haciéndose muy pesado el camino, sobre todo en la zona del puerto de Béjar. Menos mal que al final llegamos. Odio los autobuses para trayectos largos.
Cáceres es una ciudad que tiene un centro pequeño pero espectacular, lleno de palacios, plazas, iglesias y todo tipo de edificios renacentistas, muchos de los cuales con escudos labrados en piedra. La entrada a la parte antigua se hace a través de un arco que está como retorcido y que se llama Arco de la Estrella, que se encuentra en la Plaza Mayor y flanqueado a un lado por una torre y al otro por la muralla. Tiene esa parte antigua pequeñas plazas adoquinadas, por donde no circula el tráfico rodado, de modo que era un lugar muy tranquilo. Hay una iglesia, la mas grande de esa zona, con unas largas escalinatas.
Como teníamos dinero suficiente como para permitírnoslo y de ahí ya directos a Málaga, apartamos el dinero del tren y del hostal y decidimos comer en un restaurante de la Plaza Mayor, en una galería porticada, unos soportales, que en frente del Arco de la Estrella estaba, no recuerdo el nombre, y donde pedimos caldereta de cordero y una ensalada, regado todo con vino.
Tras comer paseamos nuevamente por la parte antigua, comentando la forma de algunas casas, que mas parecían fortalezas que casas, yéndonos después a la parte moderna de la ciudad y a eso de las ocho y media compramos algo para cenar y nos fuimos a dormir: ese día no había salida nocturna, pues ya estábamos sin dinero. El hostal estaba en una callejuela de la Plaza Mayor.
Al día siguiente cogimos el tren que a Sevilla iba, viaje que resultó pesadísimo, por lo incómodo que era el tren, que debía ser un tren correo, porque paraba en todas partes, llegando a Sevilla por la tarde. Bajarnos del tren y salir corriendo a coger el Alsina para Málaga fue todo uno, a donde llegamos ya de noche y de ahí cada uno para su casa, el andando porque vive en el centro y yo en autobús porque vivo en El Palo.
En fin, querido Anastasio, aquí te he resumido -sobre todo Salamanca y Cáceres- nuestras peripecias por media España. Espero no haberte aburrido, más bien espero haber creado en ti el interés y la inquietud por hacer el Camino y conocer otros lugares de esta maravillosa piel de toro, con su gente, encantadora cuando te aproximas a ella con interés de conocerla, y sus edificios, catedrales, palacios y gastronomía, cosas todas que tu, con tu gran capacidad de observación y análisis sabrás aprehender en su totalidad.
Te dejo por hoy, aunque amenazo con escribirte otra carta, pero esta vez no tan larga y si mas interesante para ti, pues se trata de esa señorita que tu ya sabes.
Que te vaya inmejorable en tus estudios te desea tu buen amigo -y futuro cuñado-,
Fernando José
Fernando José de Laguno Oviedo
Octubre de 1984
A la pobre de mi madre, que tembló con mí "peregrinación".
Málaga, a 17 de Octubre de 1984
Querido pariente y amigo Anastasio,
Como quien dice recién llegado de mi viaje por diferentes ciudades de España que tuvieron parada y fonda en Santiago de Compostela, me pongo a narrártelo antes de que con la vuelta al trabajo y a la rutina del quehacer diario, haga que se me olviden momentos de esta jornada que tan intensamente he vivido y que tan vívamente ha dejado hondas impresiones en mi espíritu e impresas en mis retinas imágenes hermosas de las circunstancias y contactos que he vivido.
Lamentaré que mi narración sea demasiado sencilla y no sepa expresar con palabras toda la intensidad de las emociones, aunque no obstante, espero que eso no sea óbice para que te penetres de ellas: no todos tenemos esa capacidad tuya para exponer con tanto arte en el uso del lenguaje, las emociones y sentimientos que las diferentes circunstancias de la vida nos ponen por delante, ni tampoco esa tu capacidad sintética para lo que debe ser expresado con las palabras justas pueda llevarlo a cabo.
En casa hemos celebrado mucho tu decisión de apuntarte a la academia del maestro Ramiro de Antequera para recibir clases de retórica y oratoria con vistas a tu salto a la arena política, pues entre las capacidades de que Dios te ha dotado y las afamadas virtudes docentes del maestro Ramiro, no dudamos que tendrás éxito en la administración y gestión de la cosa pública, máxime cuando tan necesitada está ésta de varones virtuosos y honestos, cualidades que sabemos te adornan. Además, cuentas con el apoyo incondicional de esta familia y sabes que mi tío y primo de tu padre, el conde de Santa Elvira tiene en gran aprecio esas tus virtudes y dotes de persuasión, confiando mucho en tus capacidades. Ya tu padre y el mío han ido al Síndico de la Reina a depositar la fianza que marca la Ley, de modo que es tu turno, amigo
Por otra parte, y espero que no se escape nada de tus labios, mi hermana María está como vulgarmente se suele decir, "por tus huesos", de modo que las dudas que tenías acerca de si ella accedería a tener relaciones de futuro contigo puedes empezar a desecharlas y dejar de lado esa timidez que no te ayuda. Si me das permiso, puedo preparar, para cuando vengas por Navidad, un encuentro casual, en el que no debes preocuparte de nada, porque mi prima Elisa, que ve con muy buenos ojos esa relación, se las pinta sola para actuar como –alcahueta- en un buen sentido, claro -, preparando el terreno y mi hermana estará que no vivirá hasta que te vea.
Bueno y para no diferir mas la narración de mi jornada, te diré que por fin y tras mas de un año de ahorro nos íbamos de viaje mi amigo Juan Minaya y yo para conocer otros lugares de este ancho Reino, aprovechando para emular a nuestros mayores y peregrinar a Santiago de Compostela, cosa que todo cristiano que tenga la oportunidad debe hacer. La recompensa es grande por el enriquecimiento espiritual y social que una peregrinación supone y por la aventura que una mente calenturienta como la mía desea vivir.
Esta aventura comenzó realmente el año pasado, cuando al volver del viaje que por diferentes provincias hice acompañando a mi padre, que por sus negocios comerciales hace dos veces al año, - esta vez se trataba de una inversión en unas canteras de granito en Segovia y la compra de pieles de vaca en Asturias, las cuales le serían remitidas por mar -, coincidí con Juan en Nueva Pulsación y allí, a sus requerimientos, le conté con todo lujo de detalles mis andanzas por Madrid, Segovia, Zamora, León, Asturias y ya de vuelta parando en Salamanca para entregar una solicitud de admisión en la Universidad que el tratante de pieles de Asturias le había dado a mi padre con vistas a que su hijo ingresara en dicha Universidad para estudiar Leyes. La verdad es que exageré un poco el tema, pero lo básico lo conté fielmente.
Entusiasmado, me propuso que porqué no organizábamos un viaje de peregrinación a Santiago de Compostela para el año siguiente, que solo era cuestión de ahorrar, de privarnos de caprichos tontos e innecesarios y de procurar que nuestros padres nos proporcionasen algún trabajo con el que poder obtener un dinero extra, independiente de la asignación que en nuestras respectivas casas se nos da para nuestros estudios. Desde luego estaba claro que tendríamos que estudiar mucho y sacar las mejores notas de nuestra vida para poder justificar una ausencia de diez o quince días que, desde el punto de vista de nuestros padres, bien podrían ser empleados en los negocios familiares.
Su optimismo no sabía de obstáculos mercantiles y solo veía albergues juveniles donde dormir y suculentos bocadillos de mortadela para comer, y en cuanto a lo de las mejores notas de nuestra vida, no había problema: desde ese mismo momento se convertía en ermitaño, consagrando todo su ser al estudio, y para empezar el "camino" también, desde ahora, se ponía en manos del Santo de Compostela, adoptándolo por santo patrón y, encomendándose a él, iniciaba ese "camino".
Y así, estuvimos durante quince meses estudiando, ahorrando, pidiendo trabajos extra y contando los días que faltaban para el comienzo de la jornada santiaguina. Lo mejor de todo fue que, curiosamente, nuestros padres no se opusieron a ello, antes al contrario, pareció que el argumento de la peregrinación fue un motivo grave y de suficiente peso como para obtener la ansiada autorización. Además – y esto me lo dijo mi madre cuando regresamos -, en cónclave de padres, decidieron que ya teníamos edad mas que suficiente para encarar esa aventura, y que si en un futuro próximo habíamos de ser partícipes y directores en los respectivos negocios familiares, ya era hora de que emprendiéramos una actividad de responsabilidad, para aprender a gestionar nuestra libertad y nuestra capacidad de decisión, aparte de ser muy edificante para nosotros emprender una peregrinación que enriqueciera nuestros espíritus, endureciera nuestros cuerpos y nos enseñara a tratar con gentes de otros lugares, amén de pedirle al Santo Patrón de España que nos protegiera y nos concediera los dones de la humildad y el valor.
De modo que aquí nos tienes el 5 de Octubre de 1984 montándonos en el tren, ya de noche, y emprendiendo el primer tramo de nuestro Camino, el cual nos conducía a Toledo, la Ciudad Imperial, la de las Tres Culturas, a la cual llegamos a la mañana siguiente, descendiendo del tren con mas emoción aún que la que teníamos cuando nos subimos a él en Málaga, siendo lo primero comprar un mapa de la ciudad y lo segundo salir corriendo para el albergue juvenil, a coger habitación y soltar los petates.
Para llegar al albergue había que cruzar el río Tajo y subir una cuesta, pues estaba éste situado en el castillo de San Servando, en lo alto de una colina en frente de la ciudad, como guardián de ésta. Una vez nos dieron la habitación, nos dirigimos a ella, en la cual ya estaba aposentado un holandés, al que saludamos Dejamos los petates y nos fuimos corriendo a la ciudad, salvando el Tajo por el majestuoso puente de Alcántara, todo pétreo el; subir cuestas, cruzar arcos y plantarnos en la plaza de Zocodover fue todo uno y ya, una vez allí, a nuestras mentes calenturientas les pareció que nos tarsladábamos a una novela de capa y espada: por cada esquina creíamos ver aparecer a un hidalgo o a un matachín, al Lazarillo de Tormes o a Guzmán de Alfarache, a Cervantes o al Greco, que ya liábamos a todo el mundo y los traíamos a vivir a Toledo.
Esta ciudad es poseedora de una hermosísima catedral, en la cual entramos inmediatamente, contemplando sus capillas, sus retablos, sus cuadros, sus imágenes, el coro y todo lo que ante nuestra vista se ponía. Una de las cosas que mas llamó nuestra atención, impresionándonos, fue un retablo que iba desde el techo al suelo, al que le estaban dando los rayos del sol que a través de una vidriera de colores frente a este se colaban. Nos entusiasmó tanto que nos dijimos que porqué no la veíamos desde diferentes perspectivas y para ello nos tumbamos en el suelo, para contemplarla a placer, pero tuvimos que levantarnos porque los que por allí pasaban nos estaban mirando de mala manera.
También estuvimos en una sinagoga, en la Iglesia de San Juan de los Reyes, en la Iglesia de Santo Tomé, en la Casa del Greco y en mil sitios mas, pero lo que más hacíamos era callejear, porque del encanto de esta ciudad se penetra uno paseándola despaciosamente, observando los detalles, las casas, los comercios, las personas, vamos, el paisaje y el paisanaje.
Comíamos bocadillos y bebíamos cerveza que comprábamos en cualquier tienda de comestibles, sentándonos para ello en cualquier placita o cualquier calle con buena vista, yéndonos luego a jugar a los dados a la plaza de Zocodover, donde a veces se nos unía algún muchacho atraído por nuestro desparpajo y un poco de jaleo. Por la noche nos íbamos a la zona moderna de la ciudad, digamos extramuros, a los pubs, de los que nos gustó uno que era como un aula magna, pues eran gradas a donde te ibas con tu cerveza después de pagarla abajo, en la barra, y allí entablábamos conversación con los jóvenes o jugábamos una partida de dados. Al final, teníamos que salir corriendo para llegar al albergue antes de que lo cerraran y tuviéramos que dormir al raso y con el fresquete que ya empezaba a hacer por la noche, no creo que hubiera sido lo más oportuno.
El segundo día, por la mañana temprano, llegó a la habitación un alemán que a quien primero saludó fue al holandés, preguntándole que en que idioma prefería hablar, respondiéndole el holandés que en inglés, pero no le hizo mucho caso, tan poco que cuando el alemán le dijo algo, éste le respondió con un gruñido sin siquiera mirarlo y es que debe ser que en el pueblo del holandés no deben gustar los alemanes. Cuando se dignó dirigirnos la palabra, el muy cretino solo lo hizo para decirnos no se qué del Alcázar, de Franco y no se que otra tontería mas, de modo que nos empadronamos en el pueblo del holandés y lo ignoramos por completo.
Había llegado como huésped de la habitación la tarde anterior un neoyorquino, que al ver que éramos españoles pegó la hebra con nosotros y con quien nos fuimos a desayunar a un bar de la plaza de Zocodover, tras lo cual estuvimos paseando por la ciudad, no parando el de hacer preguntas y de hablar, medio en inglés medio en español, diciéndonos que había venido a España de vacaciones porque le resultaba un país romántico –el maldito tópico- y que como era fotógrafo profesional quería aprovechar para hacer unas buenas fotos de este país: vamos, este a lo que viene es a hacer un reportaje acerca de un tópico y a ver si hace negocio con él.
Estuvimos una buena porción de la mañana juntos, pero como no queríamos estar sujetos al ritmo de nadie, decidimos decirle que hasta luego y continuar nuestra excursión, que este día fue para examinar mas detenidamente el perímetro de la ciudad, o sea, lo que junto a la muralla o en esta se encuentra, y así vimos la Puerta del Sol, el Puente de Alcántara, la Puerta de Bisagra con su águila bicéfala de piedra, símbolo de la imperialidad de la ciudad, que le retiró Carlos I. Detrás de esta puerta y alejándote un poco de ella, asoman dos torres cuyos tejados a cuatro aguas son de cerámica y en uno de las caras, las que dan a la Puerta de Bisagra está también el escudo de la ciudad en cerámica de colores. Está formada esta puerta por dos macizos torreones y la entrada en medio, habiendo unas ¿troneras? en la base de cada torre donde en su día se emplazaban los correspondientes cañones, por dentro de la torre, claro.
Siguiendo el perímetro de la muralla, encontramos otra puerta, llamada del Cambrón, menos maciza que la anterior y por supuesto con su correspondiente águila, aunque esta de una sola cabeza. También estuvimos en el Puente de San Martín, con sus correspondientes puertas almenadas.
Aparte de todo esto, hay mas iglesias, todas muy interesantes, alguna sinagoga mas y de nuevo la Catedral, en la que volvimos a entrar, aunque esta vez más modosos y correctos, decidiéndonos a ver el museo y el claustro, y otra vez el famoso retablo ese que llega al techo con las figuras en relieve y para mayor gozo nuestro volvía a darle la luz del sol. Esta vez, en lugar de tirarnos al suelo, preguntamos que como se denominaba esa obra de arte, respondiéndosenos que El Transparente. Hay, además, enterradas en esta catedral muchos personajes ilustres, con sus correspondientes estatuas yacentes y/o sus lápidas grabadas, tanto de hombres como de mujeres.
Una de los elementos más importantes de la Catedral es el Altar Mayor, el cual tiene un retablo gótico con el que te quedas pasmado. Tiene también la catedral, como dije mas arriba, un montón de capillas y si pretendes empaparte de todo lo que esta Catedral atesora, pues no te queda mas remedio que quedarte a vivir en ella varios días, pero como no nos sobraba precisamente el tiempo, continuamos recorriendo la ciudad, parando ya a la hora de comer a comprar unas cervezas y unos bocadillos y sentarnos en algún rincón atractivo para dar buena cuenta de la comida
31 de Octubre
Bueno, vuelvo a retomar la pluma después de estos días, en los cuales he estado ocupado acompañado a mi padre a Granada a tratar un negocio de papel, pues ha contactado en Cádiz con unos mercaderes irlandeses que vienen a por papel y como mi padre conoce en Granada a un señor que tiene una fábrica y con el que, además, tiene lazos de hospitalidad, ha ido a tratar el precio y el transporte de la cantidad contratada con los irlandeses, resultando un negocio a satisfacción de todas las partes. El que estos irlandeses hayan contactado con mi padre, se debe, como creo que sabes, a la relación de amistad que mi padre mantiene con el conde de Mediavela, cónsul de Irlanda en Cádiz y que siempre que ve alguna oportunidad de negocio en el que estén implicados los irlandeses, llama a mi padre para ver si realiza una buena operación; por descontado que mi padre siempre le compensa y gracias a las buenas relaciones que mi padre tiene en Madrid, ha conseguido Mediavela algunos interesantes beneficios y prebendas.
También en estos días ha llegado a Málaga un pariente, primo de mi madre, llamado Jose Antonio de Mutuarregui, natural de Fuenterrabía, que ha venido a comprar unas prensas para la maquinaria agrícola que está instalando en el ingenio que tiene en Ultramar. Viene muy contento el hombre, porque recientemente le ha concedido la Reina la credencial de Cónsul del Tribunal de Comercio de la ciudad de Mazananzas, en Ultramar, con lo cual tiene despejado el camino para hacerse con una plaza de Corredor de número del Colegio del Comercio de La Patana, capital de la isla. Esto le va a suponer un encumbramiento social y económico importante y se puede dar por descontado el matrimonio de su hijo Antonio con la hija del conde de Tronard, que según se dice en la Corte, esta hija es ...., bueno, prefiero no decir nada, porque ni tengo pruebas ni creo que daba airearse un tema como ese en estos momentos; en su día ya hablaremos. Este encumbramiento le abre las puertas entre otras cosas a poder invertir en la Compañía de Ferrocarriles del Norte, concretamente en Guipúzcoa. En fin, que le ha venido a ver Dios y le a tocado.
Por casa estamos todos bien de salud y mi hermana te manda saludos, con lo cual ya se conoce que mi prima Elisa está trabajándola y como el otro día le dije que te estaba escribiendo una carta, pues eso..., que te manda saludos. Vaya, pícaro, que me parece que en el tema de mi hermana a ti también ha venido a verte Dios; espero que sea cierto, porque en casa todos te queremos mucho y nos agradaría enormemente que formaras parte de nuestra familia.
Bueno, me parece que nos quedamos comiéndonos un bocadillo en algún lugar de Toledo y cuando acabamos de zampárnoslo, continuamos dando vueltas, pero ya fuera del casco antiguo, viendo entre otras cosas los restos de un teatro o pequeño circo romano, que de eso no nos enteramos bien, quizás porque no nos interesaba mucho.
Deambulamos un poco por la parte nueva de la ciudad, pero como no nos interesaba realmente, decidimos pasarnos por el albergue a refrescarnos un poco.
Cuando llegamos había en la habitación unos cuantos guiris en animada conversación y, al vernos, el americano se salió de la conversación y se vino para nosotros a contarnos en su mal español todo lo que había visto. Por lo menos este demostraba tener mas de educación que el resto de guiris que allí había, que prácticamente ni nos saludaron.
Nuevamente y tras asearnos un poco, retornamos a la plaza de Zocodover, pero esta vez tranquilamente, paseando, deteniéndonos aquí y allí, comentando cosas sobre la ciudad o a echar unos dados, que se había convertido en un vicio, hasta que llegamos a la plaza, donde nos echamos unos dados para ver quien pagaba una cerveza, y cuando estábamos en ello se nos arrimó uno que iba de punqui, pero que cuando vio que estábamos liando la juerga en mitad de la plaza y con una cerveza, como que se asustó y se marchó: ¡jó, vaya punqui más birria!. Cuando llegó la hora nos fuimos al pub de las gradas, donde estuvimos en animada conversación con la gente de allí hasta que llegó la hora, como no, de salir flechados para llegar al albergue antes de que lo cerraran. Aquí ocurrió una cosa que lo saben pocos y es lo siguiente: en las calles de la ciudad, como en todas las ciudades, hay bocas de riego, pero aquí la tapa es rectangular, con el escudo de Toledo y con un niño medio tumbado con una cántara en las manos de la cual mana agua; como desde el principio me gustó, al pasar por detrás de la Comisaría de Policía camino del albergue, había una que ya me había fijado que estaba casi suelta, de modo que, exponiéndome a llegar tarde, me paré y dando grandes tirones la arranqué y me la llevé, yendo conmigo todo el viaje, a pesar de la que pesaba la condenada.
Legamos al albergue justo a tiempo, pues estaban empezando a cerrarlo, entramos en la habitación, donde empezaban a desfilar guiris, cada uno para su cama, recogimos las cosas y nos pusimos a dormir, que mañana íbamos a Madrid.
Bueno, ya es mañana. Nos levantamos, nos aseamos, nos echamos las mochilas a la espalda y nos fuimos corriendo a la estación del ferrocarril, parando antes para desayunar. Una vez en la estación, sacamos dos billetes para Madrid, a donde llegamos alrededor de las once de la mañana, dirigiéndonos inmediatamente al albergue juvenil, que estaba en la Casa de Campo y tiene un nombre extranjero: Richard Schirmann, que no sé yo quien diablos sería.
Dejamos las mochilas en una habitación grande, llena de literas, por lo menos ocho, que ya no me acuerdo, tras lo cual nos fuimos a deambular por la ciudad, por el centro, por la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, la calle de Alcalá y la puerta del mismo nombre, parando por el camino para tomarnos un bocadillo de calamares y una cerveza en un típico bar de Madrid, por la zona de Malasaña; a esa hora había un montón de gente en el bar, habiendo un gran ambiente de gente de todo tipo, pues había jóvenes modernos, señores con chaqueta y corbata y vecinos de las casas de los alrededores, algunos de los cuales se llevaban platos de comida. Después de despacharnos los bocadillos –yo me comí dos, de calamares ambos -, salimos de nuevo a callejear y a empaparnos de Madrid, recorriendo calles hasta llegar a la plaza de España , bajando luego a unos jardines donde había un templo egipcio, llamado Templo de Debod. Después nos dimos la vuelta y pasamos por la plaza de Oriente y un montón de calles mas de las que no se los nombres, hasta que volvimos a salir a la calle Mayor, que nos llevó a la calle de Alcalá y empezamos a ver edificios, que a dos provincianos de Málaga como nosotros nos parecían monumentales, porque la verdad sea dicha: es que en Málaga no abunda ese tipo de edificios. A quien mas impresionó fue a Juan, porque el no había estado nunca en Madrid, no así yo, que ya había venido con mi padre. Al final terminamos en el Parque del Retiro, pasando por delante del monumento al Dos de Mayo.
Después de ir a ver el edificio del Museo del Prado –en el que no entramos - se nos ocurrió enfilar la Castellana y andando, andando, andando acabamos reventados de tanta caminata, de modo que nos metimos en el Metro y cogimos un tren que nos llevara al albergue, a donde llegamos a eso de las nueve y cuarto o y media, cenando en el bar del albergue y yéndonos inmediatamente a la habitación a dormir. Cuando llegamos a la habitación había gente, pero al contrario que en el albergue de Toledo, donde la gente estaba en animada conversación, aquí cada uno iba a lo suyo, lo cual agradecí, porque así podía dormirme sin que me molestaran, aunque con lo derrengado que estaba de la paliza de andar que me había dado, no creo que me hubiera molestado ni la charla ni un bombardeo que hubiese habido.
Por la mañana temprano, nos fuimos a coger el tren que iba a llevarnos a Segovia, a donde llegamos sobre las once, siendo lo primero que hicimos el ir a buscar un lugar donde dormir, una pensión o fonda, pues en esa ciudad no había albergue juvenil; de modo que de la estación nos encaminamos al centro urbano, lo mas centro posible para estar metidos de lleno en la vida de Segovia y, así, fuimos a parar a la Plaza Mayor, después de haber pasado por debajo del Acueducto, el cual nos dejó maravillados, pero no nos detuvimos mucho a admirarlo porque queríamos resolver cuanto antes el tema de la habitación y soltar los petates.
Como dije, terminamos en la Plaza Mayor y allí, preguntando, nos señalaron un entrante de la plaza donde nos dijeron que había una fonda barata y limpia, de modo que allá nos fuimos, con la suerte de que había una disponible, un poco cutre, pero limpia, de modo que ese era el lugar ideal y, así, dejamos los petates y nos fuimos a dar una vuelta para empaparnos de esa ciudad.
Lo primero que hicimos, y porque la teníamos al lado, fue ir a ver la Catedral, la cual, por fuera, resulta magnífica por la cantidad de arbotantes que tiene, mas un no sé qué de elegancia en sus líneas que la hacen como mas esbelta y señora, bueno, ya sé que "señora" no es la palabra adecuada, pero la impresión que me transmitió fue la de elegancia y por añadidura elegancia femenina, tan altiva en sus múltiples pináculos que la hacían incluso una señora aristocrática, aunque sin perder su aquel de madre acogedora que, con los brazos abiertos, espera a que sus hijos vengan a ella. Bueno, espero no parecerte un poco cursi, pero esa es mas o menos la impresión que me dio.
Por dentro destacaba su luminosidad y diafanidad, lo que le da gran colorido, procedente de las vidrieras que adornan sus muros. Encontramos, claro está, las correspondientes capillas, algunas de las cuales estaban cerradas por rejas con sobredorados, y cuyos techos tienen ese entramado de piedra tan gótico, aunque no se como se llama ese tipo de filigrana hecha de piedra. Muchas de estas capillas tienen sus vidrieras de colores con escenas de la Biblia o de avatares históricos relacionados con Segovia.
Estuvimos también en el claustro, que es del siglo XV y era, según nos dijo un señor mayor que allí estaba, el que había antes de que levantaran esta Catedral; ante la extrañeza de Juan de que el claustro fuero del siglo XV y la Catedral la hicieran después, este señor nos dijo que la Catedral que había entonces era románica, pero que la echaron abajo y en el siglo XVI se levantó la nueva, diciéndonos que era del estilo que llamaban de Isabel la Católica.
Nos fuimos no muy convencidos de lo que decía, de modo que después de terminar de verla – por cierto, la fachada está desnuda, sin adornos: el resto lo echaron en arbotantes y pináculos, que los hay a montones -, nos fuimos a algún quiosco o librería a ver si veíamos algo sobre la Catedral, viendo en una librería en la misma plaza, un librito que de ella hablaba y, efectivamente, el claustro era anterior a la Catedral y el estilo de ésta era isabelino ó gótico flamígero, solo que en vez de una catedral lo que había era un templo románico que con las guerras de las comunidades terminó hecha un asco y aprovecharon que había pasta para levantar un templo a lo grande, o sea, una catedral.
Bueno, como no íbamos a realizar un trabajo escolar sobre la Catedral y el librero ya nos estaba mirando con malos ojos, pues decidimos que ya nos habíamos ilustrado bastante y nos fuimos a seguir vagando por la ciudad, encaminando nuestros pasos a ver un castillo que llaman el Alcázar, al cual se llega a través de una calle estrecha llamada de Daóiz y que está llena de portales de casas que parecían todas del siglo XVI o XVII, calle que desemboca en una plaza llamada de la reina Victoria Eugenia, en cuyo centro se sitúa un monumento erigido en memoria de dos militares que lucharon contra los franceses en la Guerra de la Independencia: Daóiz y Velarde. Detrás de este monumento se alza el Alcázar, del cual lo primero que ves es una torre cuadrada terminada en torrecitas unas al lado de otras y ocupando tres de sus lados y una torre redonda terminada en cucurucho negro grisáceo a cada lado de la torre cuadrada, que luego supe se llamaba del Homenaje.
Delante de ésta hay un foso bien profundo y cruzado por un estrecho puentecito de piedra, igual de estrecho que la puerta, pues se trataba, lógicamente de impedir el paso a los enemigos dificultándoles la entrada a la vez que facilitaba la defensa.
Una vez dentro pasas por unos pasillos que en las paredes tienen colgados unos escudos grandes con emblemas heráldicos, que no sé yo a quien o a qué representarán. Bueno, siguiendo andando se llega a unas salas con un montón de armaduras de todos los tamaños, llenas de pinchos, con sus espadas, mazas y otras alegrías para liquidar al enemigo; también había una que estaba montada a caballo, el cual, desde luego, también tenía armadura.
Después pasamos a una sala donde había una mesa lujosísima y enorme y, no sé si en esta o en otra sala, había en la parte alta de las paredes, donde se unen con el techo, las figuras de los reyes que en España había habido hasta la fecha de su construcción, sentados en sus tronos y con sus nombres. Otras salas llamaban la atención por sus techos, con combinación de colores azul y oro. De ahí se pasaba a otras salas, una donde se encontraban los tronos de los Reyes Católicos, otra que le dicen del Cordón y otras mas; también se encuentra en esta Alcázar una capilla, muchos tapices, y bastantes objetos de decoración. Las ventanas eran ojivales, algunas con florituras.
De ahí se pasaba a una armería, repleta de armamento de las épocas medieval y renacentista, como culebrinas, cañones, ballestas con sus virotes, espadas, cascos, escudos y demás; y de aquí se pasaba a la parte trasera del castillo, la cual daba a las afueras de la ciudad, dándote cuenta entonces que este Alcázar se encuentra en lo alto de un cerro, pues desde el se veían abajo algunas casas y un poco mas lejos lo que parecían unas iglesias o edificios antiguos; también pasaba junto al Alcázar el río, que se dividía en dos brazos.
En este patio trasero, por llamarlo de alguna manera, se alzaba una gran torre cilíndrica terminada en un cucurucho de tejas, también de color pizarra, y en la parte final de ese patio, colgada del vacío, una garita, también cilíndrica y con techo cónico de pizarra, y digo de vigía por que las ventanas eran pequeñas y estrechitas, siendo la altura de la torrecita de poco mas de la de un hombre de pie.
Una vez liquidado el Alcázar, nos fuimos por la otra calle que de allí partía, llamada de Velarde, la cual terminaba en una plaza con una iglesia de la que no recuerdo su nombre, porque no lo apunté, y de allí a la Plaza Mayor, bajando por la que diríamos es la calle mas comercial o la calle principal, porque todas las veces que por ella pasamos había siempre un montón de gente. Por esta calle se ven cosas tales como la Casa de los Picos, una iglesia, una estatua a un comunero llamado Juan Bravo, de los que lucharon contra Carlos I, también se veía una torre grande, que no se yo que sería, varios restaurantes y todos con cochinillos asados y/o crudos en sus escaparates, tiendas varias y al final de la calle, la plaza de Acueducto, el cual, francamente, es de quitarse el sombrero, porque si lo piensas bien y asumes que tiene dos mil años y que es una obra de ingeniería hidráulica y que las piedras están unas encima de otras y sin cemento ni nada parecido, solo encajadas unas en otras, pues dices que ¡ole! por el ingenio humano.
La parte mas alta de él está en la plaza, habiendo en la parte superior central una hornacina con una imagen de la Virgen. Lo seguimos durante un rato, hasta que llegó un punto en que nos pudimos subir en uno de los arcos, empezando a hacer como si fuéramos romanos y la gente que pasaba se nos quedaba mirando, no sé yo si extrañada o lamentando las tonterías que estábamos haciendo, diciendo: -¡pobres muchachos, tan jóvenes y ya locos!-.
Hablando de la gente, esta nos pareció un poco cateta y muy seria, pero muy respetuosa con la urbanidad y el civismo, pues era Segovia una ciudad muy limpia y la gente pausada en el hablar, no hablando alto y pienso que poco dados a los cambios desmesurados y ello quizás se deba a que, al contrario de Málaga, es poco cosmopolita, a donde tardan mas tiempo en llegar los cambios y últimas modas. Desde luego eso no tiene nada de malo.
En fin, que tras vagabundear un poco mas por esta ciudad medieval, decidimos irnos a la habitación a dormir, porque entre otras cosas ya era tarde y mañana cogíamos el tren que había de llevarnos a Santiago de Compostela, de modo que paramos a comprar algo para cenar y a la piltra.
8 de Noviembre
Después de haber estado encerrado estos siete últimos días estudiando como un loco Derecho Penal para una prueba parcial que hemos tenido hoy – y que creo que voy a sacar buena nota -, retomo la pluma para continuar la narración de mi jornada peregrina.
Como suponíamos que el tren pasaría temprano, madrugamos, recogiéndolo todo y como habíamos pagado la habitación la noche antes, pues salimos "pitando" para la estación. En fin, podíamos dejar de correr, porque el tren que de Madrid iba para Santiago no pasaba hasta las nueve de la noche, de modo que compramos los billetes y podíamos sentarnos a desayunar en la cafetería que eligiéramos de Segovia, porque ahora lo que nos sobraba era tiempo, de modo que nos dimos un homenaje, desayunamos como príncipes y cargados con los petates nos fuimos otra vez a la fonda, porque a Juan se le ocurrió que podíamos decirle al fondero lo que pasaba y que si no le importaba que le dejáramos allí las mochilas. Cuando llegamos, no tuvimos ningún problema, el hombre fue todo amabilidad, seco, como todos los de aquí, pero amable.
Como no teníamos prisa, volvimos a entrar en la Catedral, a gozar de su silencio y de su majestuosidad; después dijimos que porqué no íbamos a ver que eran las casas que se veían desde le patio trasero del Alcázar y, así, subimos por la calle de Velarde, pasamos por un portillo de la muralla y empezamos a bajar por entre árboles hasta una carretera que nos pareció era de circunvalación, la seguimos hacía donde estaba una de las casas, cruzamos el río y vimos que a la izquierda había una y a la derecha otra, yendo primero a la de la izquierda, y que era un conjunto formado por un convento y un par de iglesias, una mas bonita que la otra. Luego fuimos a ver la casa de la derecha resultando ser un edificio magnífico con una alberca y preguntando nos enteramos que era un monasterio, llamado el Parral.
Seguimos luego por un camino que junto al río iba, un paseo que nos llevó a otro edificio, también un monasterio o convento, siguiendo luego el camino, que torcía a la derecha y cruzaba primero un arroyo y luego el río que antes habíamos cruzado; pasamos por delante de otra iglesia y yendo a terminar en la plaza del Acueducto, bueno, a una que está antes de cruzarlo y allí nos sentamos un rato en unas escaleras, no porque estuviéramos cansados - habíamos ido muy tranquilamente -, sino para ver el Acueducto a todo lo largo y el conjunto que formaba con las demás casas.
Como lo que nos sobraba era precisamente tiempo, entramos en un ultramarino y pedimos que nos hicieran unos bocadillos y nos pusieran unas cervezas, y con ello metido en una bolsa nos fuimos a comprar un plano de la ciudad, que por ahí teníamos que haber empezado, y una vez con él observamos que se podía seguir fácilmente el perímetro de la ciudad, de modo que si de una excursión se tratase, empezamos a andar desde la plaza del Azoguejo siguiendo por las calles que quedan por fuera de la muralla y, así, pasamos por un parque llamado Paseo del Salón, donde hay una entrada a través de la muralla. En este parque nos paramos a comer, por que la verdad, con la caminata que llevábamos a mí me había entrado hambre y a Juan también, de modo que allí dimos buena cuenta de los bocadillos y de los dos litros de cerveza, lo cual aparte de quitarnos el hambre nos liberó de tener que llevar un peso.
Seguimos con nuestro deambular y pasamos por una puerta de la muralla llamada Puerta de San Andrés, por la cual se entra en el recinto amurallado y continúas por una calle que te lleva a la plaza de Victoria Eugenia; sigues por las calles Pozo de la Nieve, de Santiago, Paseo del Obispo, del Taray, de San Juan y nuevamente en el Acueducto; vamos, un buen paseo, decidiendo ir a descansar al Paseo del Salón, donde había unos bancos en los que en un momento dado y con permiso de los segovianos, nos íbamos a tumbar un rato a descansar y más nos valía, porque luego, a la estación, otra caminata.
Cuando llegamos, Juan se quedó dormido enseguida, pues este no tiene problemas para eso, pero yo ya sabes que no soy dado a esas pachorras, de modo que me limité a tumbarme a ver las copas de los árboles y a descansar mientras pensaba en lo que ya habíamos recorrido en nuestro peregrinar, las cosas que habíamos visto, la gente con la que habíamos hablado, las magníficas construcciones que el hombre ha levantado ala mayor gloria de Dios y lo que aún nos quedaba por ver y conocer, sobre todo cuando pudiéramos abrazar al santo, punto culminante de esta jornada.
Corto por un momento la narración de mi peregrinación para darte noticia de una triste noticia que nos ha venido de la casa de mi tío abuelo Enrique por medio de un propio, y es que su hijo Eduardo ha fallecido de disentería en Vardacoa, en Ultramar, el pasado día 7 del mes pasado.
La verdad es que, independientemente de la pérdida tan lamentable que supone para su mujer y sus tres hijos, es una lástima muerte tan prematura, pues con tan solo treinta y nueve años había alcanzado ya el grado de Teniente Coronel y el futuro que se le presentaba era realmente prometedor, pues tenía todas las papeletas para alcanzar el generalato antes de los cincuenta, habida cuenta de su inteligencia y de su valor en el campo de batalla, lugar donde había conseguido su ascenso en el escalafón.
Era Eduardo natural de Guadix, hijo de Escribano Real y Magistrado de la Audiencia de Granada con asiento en la ciudad de Guadix. Buen estudiante, empezó los estudios de Filosofía, pero como su carácter era mas bien indómito y montaraz, gustando de las asperezas de las tierras que rodeaban su ciudad y de Sierra Nevada, a cuyos pies está Guadix, mas sus dotes para el mando, decidió dejar esos estudios y pedir a su padre que le solicitara el ingreso en plaza de Cadete en el Regimiento de Infantería "Soria" y su padre, conociéndolo y viendo la determinación con la que el muchacho se lo solicitaba, accedió a ello, escribiendo una carta de solicitud al Director General de Infantería en la Capitanía General de Granada, siendo admitido e ingresando como Cadete, siendo destinado al Regimiento San Fernando Nº 11 con base en Málaga, siendo trasladado posteriormente a Jaén y Granada, habiendo pasado antes alguna que otra ocasión por prisión, pues su carácter agresivo le llevaba a tener peleas con otros compañeros o en la calle con paisanos.
No obstante, era buen alumno y buen militar, de modo que la autoridad militar decidió usar de su carácter bravo y agresivo para mandarlo a Ultramar y ponerle en disposición de defogar frente al enemigo toda su agresividad, de manera que le ascendieron a Subteniente y le embarcaron en Cádiz, llegando a la Isla de Nuba al mes siguiente, donde estuvo de guarnición en la capital hasta que se presentó la primera oportunidad de poner a prueba su bravura, que fue en El Mavey. Para no desvirtuar su carácter, contrajo matrimonio sin pedir la preceptiva Real Licencia, lo que le ocasionó algunos problemas.
Posteriormente lo destinaron al Primer Batallón del Regimiento de Saga y componiendo parte del cuerpo expedicionario que se desplazó a Niéssico, participó muy activamente en cuantos encuentros con el enemigo sostuvo su Regimiento, y por el mérito contraído fue ascendido a Teniente de Infantería.
Tras volver de la expedición a Niéssico, participó en diversas acciones, demostrando nuevamente su valor, arrojo y temeridad, pero que le valieron su ascenso a Capitán y en premio a su capacidad militar, se le indulto de haberse casado sin licencia, aunque se quedaba sin participar en el montepío militar a no ser que falleciera en acto de guerra o a sus resultas.
Como sus mandos sabían que la única manera de tenerlo centrado era mandarlo a los lugares de peligro, no dudaron en destinarlo al Batallón de Villaclara y con el estuvo en diferentes acciones por las que fue condecorado primero con la Cruz al Mérito Militar de primera clase y por su participación en la batalla del Descenso del Muerto, le concedieron la misma Cruz de antes pero con distintivo rojo y pasador.
Tres años después y tras desempeñar diferentes comisiones y desempeñar varios cargos de responsabilidad, fue ascendido a Teniente Coronel, siendo poco después enviado a realizar acciones de campaña, en las que estuvo hasta que hallándose en la zona Arroyo Guena se da de baja por haber contraído fuertes fiebres y dándose la circunstancia de que empeoraba por días fue embarcado en el "Santander" y llevado a Vardacoa, donde vivía su mujer e hijos, muriendo a los pocos días de disentería.
Dice mi padre que en realidad de lo que murió es de cabezonería, pues se da la circunstancia de que a lo largo del tiempo que estuvo en el Ejército de Ultramar, contrajo varias veces fiebres, incluidos paludismo y tifus, habiendo sido aconsejado por los facultativos que retornara a la Península porque esos aires no eran adecuados a su naturaleza, pero como era tan bruto nunca hizo caso de los consejos que se le daban.
En fin, descanse en paz militar tan bravo y hombre tan rebelde. Su familia, "gracias" a que falleció a resultas de la guerra, cobrará el montepío y parece ser que han decidido venir a la Península, a Guadix, donde la familia de Eduardo les ha hecho entrega anticipada de la parte que le corresponde de la herencia paterna.
En fin, como todo no van a ser malas noticias, decirte que ha venido mi tío Salvador a proponerle a mi padre y a mi tío Manolo la participación en el negocio del corcho.
Mi tío Salvador es un lince para encontrar yacimientos de negocio fructífero allí donde otros solo ven riesgos y, así, en su momento tuvo la peregrina idea de invertir en minas de fosfatos en un momento en que nadie daba dos duros por ellas y mira tu por donde contactó con un importador noruego y cerró un trato que le reportó unos pingües beneficios, tantos que decidió vender sus acciones en la mina y el dinero obtenido lo invirtió en la adquisición de una fabrica de procesamiento del corcho en Tetuán, con no se cuantísimas hectáreas de alcornocal que le aseguraban una producción constante de corcho durante el resto de su vida. Pero como está interesado en la exportación a Ultramar del producto y mi padre y mi tío tienen excelentes relaciones comerciales con industriales y comerciantes allí, como por ejemplo el primo de mi madre de quien ya te hablé mas arriba, Jose Antonio de Mutuarregui, pues les ha propuesto la participación en dicho negocio, de manera que ahí tienes a mi padre y a mi tío Manolo camino de Tetuán con mi tío Salvador a conocer in situ el tema.
La verdad, estoy contento de estudiar Leyes para dedicarme a los aspectos jurídicos del negocio, porque creo que yo no tengo la madera de comerciante de mi familia y cada vez que veo o escucho algo de mi tío Salvador o de mi padre y sus respectivos negocios y la facilidad que tienen para entablar las negociaciones con auténticos "halcones" de la cosa mercantil, y a la vez me veo a mi tan falto de recursos dialécticos para resolver esos temas, que me maravillo de lo que hacen y deshacen en sus reuniones.
En fin, amigo, volviendo a mí peregrinar, continuaré diciéndote que tras descansar en el Paseo del Salón, nos pusimos en movimiento hacia la estación, esperar la hora de la salida que tardó doce horas en llegar a Santiago, dándonos tiempo a todo: andar por los vagones, mirar el paisaje por la ventana, jugar a los dados en el espacio que hay entre los vagones, cenar junto a un matrimonio mayor que se dirigía a San Martín, provincia de Zamora, y que iba en el mismo compartimento que nosotros y que cuando vieron que para cenar sacábamos un bocadillo, nos ofrecieron filetes empanados, tomate picado y vino de un pellejo que llevaban, y la verdad es que nos supo a gloria, porque nuestro bocadillo era de queso, comprado en la estación de Segovia sin mantequilla ni nada y el queso era más una muestra que queso de verdad, de lo poco que tenía y como llevaban en abundancia nos dieron a repetir.
Después de cenar estuvimos hablando con ellos, que nos preguntaron que de donde éramos y hacia donde íbamos, celebrando mucho el que fuéramos a Santiago en peregrinación, recordando ellos sus tiempos de juventud cuando hicieron el Camino; entonces vivían en Cenicero, La Rioja, e hicieron el Camino cuando se casaron. Ahora vivían en San Martín porque en su día habían aprovechado la oportunidad de que se ponían en explotación agrícola nuevas tierras y habían ido como colonos, pues les daban en propiedad la tierra y una parte importante de los beneficios, de manera que levantaron la casa, cogieron a los hijos, que todavía eran pequeños y se lanzaron a la aventura. Hoy se sienten satisfechos de la decisión, pues tienen casa y tierra propias y los tres hijos varones han estudiado en la Universidad, dos en Salamanca y otro, que está terminando Agrónomos en Madrid, que es de donde vienen de pasar unos días con él.
Después de pasar un buen rato con ellos contándonos cosas de San Martín y de Cenicero y preguntándonos por Málaga y el mar – que nunca habían visto -, decidieron echarse a dormir, dedicándonos nosotros a pasar el tiempo dormitando, paseando por los vagones y a aburrirnos, que nos dio tiempo a todo.
Así estuvimos hasta que entramos en Galicia, dándonos cuenta que había vagones que estaban prácticamente vacíos, con compartimentos para nosotros solos, de modo que cogimos los petates y nos trasladamos allí, dedicándonos a jugar a los dados y a hacer cábalas sobre Santiago, como serían las calles, las gentes, la comida, la Catedral y el Santo, y así estuvimos hasta que al poco de amanecer hicimos entrada en Santiago de Compostela.
Nos bajamos del tren un poco cansados, pero gozosos de haber llegado por fin a la que se había convertido en meta de nuestro viaje, de modo que nos echamos las mochilas al hombro y espabilados por la brisa fresca matutina nos fuimos a la pensión que nos dijo Tono, el de Nueva Pulsación, en la calle de Casas reales, en una casa cerca de una capilla llamada de las Ánimas Reales y de una iglesia llamada Santa María del Camino.
La entrada a la fonda, porque eso era y no pensión, era bastante estrecha, al igual que las escaleras, que nos condujeron a la recepción en el primer piso, que mas que recepción era una mesa y una silla, en la cual estaba sentado un hombre regordete y de cara colorada, el cual nos dio las llaves de una habitación, la 4, en el segundo piso y que resultó ser tan estrecha, casi, como las escaleras, y donde había que poner un colchón en el suelo para que cada uno tuviera su "cama"; dejamos las mochilas en el espacio que había entre un armario y la pared, donde había una ventana que daba a un patio y ya lo que quedaba de espacio era el que había entre el armario y el colchón que sobre el suelo estaba. Por descontado que esta habitación convertía en hotel de varias estrellas a la de Segovia, pero bueno, para lo que costaba y lo poco que la íbamos a usar, tampoco nos preocupaba demasiado, la verdad.
Como ya teníamos casa y no habíamos desayunado, bajamos a la calle buscar un bar donde tomarnos un café y un viena con mantequilla o aceite, encontrando un bar al poco de empezar a caminar y en vez de pan nos comimos un trozo de empanada, por aquello de que nos resultó atractiva la idea de empezar a degustar los sabores de la tierra, y en vez de café nos tomamos un vaso de vino, que era un poco áspero pero que entraba bien, de modo que entre los dos nos zampamos media empanada de la que tenían expuesta en el mostrador y dos vasos de vino cada uno y ya, una vez repuestas las fuerzas nos lanzamos de hoz y coz a la conquista de uno de los destinos mas afamados de toda la cristiandad.
Empezamos a caminar para ir a ver lo primero de todo la Catedral e ir a postrarnos a los pies del Santo y abrazarlo, empezando a caminar sin saber por donde había que ir, hasta que llegó un momento en que nos dio la impresión de que no íbamos por el camino correcto, de modo que le preguntamos a un señor, diciéndonos que en dirección contraria a la que íbamos, que cogiéramos, "por esa calle de ahí y todo recto hasta que lleguéis a la plaza de Cervantes, donde hay una estatua y luego a la derecha" ó mas o menos algo parecido a eso. Y así lo hicimos; le dimos las gracias y marchamos en esa dirección, llegamos a la plaza, torcimos a la derecha, por una calle que se llama Azabachería, hasta que se llega a otra plaza en la que se ve la parte de atrás y un lateral de la Catedral, inundándosenos el corazón de gozo al verla, tanto que echamos a correr para entrar a rendir adoración al Santo. Tanto gozo no nos impidió considerar que esa parte de la Catedral nos pareciera un poco insulsa, pero cuando le dimos la vuelta, entramos en la plaza del Obradoiro y vimos la fachada principal, entonces si que nos impresionamos. En esa plaza, aparte de la Catedral, se hallan tres edificios mas, de los cuales uno era un palacio que ahora es un Parador de Turismo, un hotel de muchas estrellas, y los otros dos edificios, uno era el Colegio de San Jerónimo y el otro un palacio llamado de Rajoy.
Antes de entrar en la Catedral, estuvimos un rato contemplando la fachada y la verdad es que no se como describírtela, y para empezar te diré que es...alta, muy alta, sus dos torres parecen querer perderse entre las nubes. La fachada es de tres cuerpos y no cabe duda que es del estilo que llaman barroco, destacando sobre todo la portada, que es una gran cruz de piedra. A cada lado de este conjunto de tres cuerpos, se alzan las dos torres, que están formados por cuatro cuerpos, el primero de los cuales termina en una especie de retablo pétreo en el que se encuentra una figura central y una a cada lado, y por detrás de este retablo emerge el segundo cuerpo, del cual emerge un tercero en el que están las campanas y del cual emerge un cuarto, que es como una especie de gran cimborrio con infinitas florituras, Aquí lamento, como te decía al principio de la carta no tener tu capacidad de descripción de las cosas, porque tú, seguro, llenarías dos folios completos describiendo la fachada y este es el momento en el que lamento no haber pensado en hacer dibujos de las cosas que veo que me llaman profundamente la atención, porque al ver el dibujo podría describir con mas lujo de detalles todos y cada uno de los elementos mas interesantes y llamativos del objeto en cuestión, como es el caso que ahora nos ocupa. De todas maneras, como supongo que tú también emprenderás el camino el día menos pensado, pues lo podrás ver en directo y maravillarte con la majestuosidad y potencia que esta Catedral posee.
De todas maneras, no entramos a verla en ese momento, pues decidimos que sería mejor ir a visitarla por la mañana del día siguiente y así podríamos estar dentro todo el tiempo que quisiéramos, sin temor a que éste nos faltase, pues queríamos empaparnos a satisfacción de los encantos y prodigios de este templo sin par en la cristiandad. De modo que nos fuimos a dar una vuelta por calles del entorno de la Catedral, yendo a parar a dos que estaban llenas de gente y de bares, las Rúa Nueva y Rúa del Villar.
Se entra en la Rúa del Villar por la plaza de las Platerías y es una calle con muchos soportales, bajos y de piedra la mayoría, aunque también los hay de cemento y encalados. Lo primero que te encuentras cuando entras en la calle es la Casa del Deán, que tiene una portada muy bonita de estilo barroco; continuando la calle terminas por llegar a la plaza que llaman de Toral, que tiene un monumento a no se quién, ya que no nos paramos a verlo, porque dimos la vuelta y desandamos el camino pero por la Rúa Nueva, que también está porticada pero menos y lo mas reseñable de esta calle es la Iglesia de Santa María Salomé, de portada del estilo que llaman románico, y como estaba abierta decidimos entrar, pero aunque era llamativa no nos impresionó, pues nos pareció que estaba muy reformada y no ofrecía un aspecto muy original que digamos, de modo que continuamos nuestro paseo hasta el final de la calle, yendo a parar a la calle del famoso Obispo Gelmírez, y caminando por esta calle llegamos a una plaza llamada de San Félix, por encontrarse en ella la Iglesia del santo del mismo nombre y que según dicen es la mas antigua de la ciudad, habiendo quien remonta su origen al siglo V.
Continuamos andando por esta plaza hasta que vimos cerca un edificio del estilo, mas o menos, del de la Aduana de Málaga, así cuadrado y con muchas ventanas y que, preguntando, nos dijeron que era la Universidad, aunque yo me imagino que debía ser alguna Facultad o la antigua sede de la Universidad allá por el siglo XVII o XVIII, porque ahí no creo yo que quepan todos los estudiantes que a Santiago van y no quise preguntar nada por no parecer un cateto; tengo que leerme el libro ese titulado "La Casa de la Troya" que tiene mi hermana, que como habla sobre el ambiente estudiantil de esta ciudad, a lo mejor me ilustra ampliamente sobre el tema de la Universidad. De todas maneras decir que tiene toda la pinta de ser un edificio de estilo neoclásico, observándose que tiene añadida, posteriormente, la planta superior y, situándonos frente a la fachada principal, vemos que a la derecha hay una iglesia de los jesuitas, muy barroca y unos árboles formando un pequeño jardín junto al Arco de Mazaruelos, que supongo debía ser una de las puertas de entrada a la ciudad a través de la muralla que, seguro, rodeaba la ciudad.
Bueno, dije que había un jardincillo con árboles, y a través de el se pasaba a otra calle que giraba a la izquierda, llamada General Aranda, la cual subimos, pasando junto al Convento de la Enseñanza, un convento-colegio de la Compañía de María, que parece ser que se instalaron en esta ciudad en el siglo XVIII. Es de fachada y puerta sobrias, y en cuyo tímpano aparecen tres esculturas: la Asunción, San Gabriel y San Rafael.
Continuamos la calle, que según un rótulo, ahora se llamaba de Jose Antonio, encontrando luego a nuestra izquierda un gran edificio con unas escaleras para subir la acera en que estaba, pues la calle estaba mas baja. Este edificio era el Convento de San Agustín, al que dimos la vuelta, pero no nos ofreció nada que fuera digno de ser mencionado, de modo que retornamos a la calle Jose Antonio y seguimos caminando hacia un cruce de calles o especie de plaza, que según un letrero en la fachada de un edifico, se llamaba Puerta del Camino, dándonos cuenta que una de las calles era en la que estaba la fonda en que parábamos, la calle de la Casas Reales.
Como ya empezábamos a tener hambre, decidimos comprar unos bocadillos, lo cual hicimos en una tienda que había en un edificio frente al que estaba la fonda y al lado de una iglesia llamada Santa María del Camino. Entramos en la tienda y en vez de bocadillos nos compramos una empanada completa, diciéndole a la señora que nos la cortara en trozos para podérnosla llevar a la fonda, mas un par de litros de cerveza y con todo esto nos fuimos a la habitación a dar buena cuenta de ello.
Salvando la estrechez de la habitación nos acomodamos como mejor pudimos, comiendo y comentando las impresiones que nos habían producido los edificios monumentales que habíamos visto, la grandiosidad de algunos y la sencillez de otros y sobre todo la cantidad de ellos que pertenecían a la Iglesia. También comentamos el aspecto de ciudad acostumbrada a la humedad, notándose en el color de las fachadas, con un cierto toque verde incipiente, producto de la constante lluvia que, según dicen, aquí hay.
Bueno, después de comer, echamos una partida de dados, cosa que, curiosamente, no hicimos en toda la mañana y escuchamos un poco de música, porque se me había olvidado decir que nos habíamos llevado un pequeño radio-cassete y un par de cintas, una de las cuales era de Peter Gabriel, que nos gustaba bastante; de todas maneras, prácticamente no lo usábamos, haciéndolo en contadas ocasiones, como por ejemplo en el tren que nos llevó de Segovia a Santiago.
Con la digestión y la música me entró un poco de sopor, de modo que decidí dormir un poco de siesta, decidiendo Juan hacer lo mismo, poniendo el colchón en el suelo y echando a suertes a ver a cual de los dos le tocaba dormir en el, tocándome a mi, y así estuvimos hasta las seis, pues el haber pasado una noche prácticamente en vela en el tren y la caminata de la mañana, pasaba factura y el cuerpo reclamaba un poco de descanso, pues, aunque somos jóvenes, nuestro cuerpo necesita reposo. Realmente lo que nos despertó, creo yo que fue el relente que estaba entrando por la ventana, que se había quedado abierta. Nos levantamos y le dije a Juan que lo primero que debíamos hacer era ir a dejar comprada la cena, estando de acuerdo conmigo, bajando él a la tienda de antes y trayendo una barra bien grande de pan y unas latas de atún, mas una botella de cerveza, la cual, junto con la otra que sobró del almuerzo, las pusimos en el alfeizar de la ventana, para que estuvieran frescas cuando volviéramos del paseo de la tarde-noche.
Después de echar unas partidillas de dados y hablar de lo que haríamos mañana, a eso de las ocho bajamos a la calle, estando ya la tarde con poca luz y las farolas encendidas, dejándose ver con esa luz un encanto nuevo de la ciudad, que al menos a mi me provocó una nueva emoción, pues me veía ahora mas que por la mañana, y no se porqué, mas en la ciudad del Santo, mas cerca de él y de su benéfico manto protector, rezándole instintivamente una oración de agradecimiento para mis adentros, por haberme permitido llegar hasta allí, y con estas nuevas sensaciones, encaminamos nuestros pasos a las Rúas del Villar y Nueva, pues intuíamos que allí se encontraba el ambiente juvenil de esta encantadora ciudad, que estaba empezando a hacerme sentir como si yo también fuera parte de ella, pues tal es su poder de seducción, que al igual que la humedad, rezuma por sus seculares paredes de piedra.
Alegres bajábamos por la calle de las Casa Reales y Azabachería, contemplando a la luz de las farolas las fachadas de las casas y observando el deambular de la gente, mucha de la cual debía estar empezando a desfilar para sus domicilios. Llegamos a la plaza de la Inmaculada y bajamos las escaleras que llevan a la de Quintana, donde había un grupo de tunos en plena faena, añadiéndonos nosotros al grupo de curiosos que habíase congregado alrededor de ellos, y después de estar un ratito escuchándolos pasamos a través de la plaza de las Platerías a la del Obradoiro, para desde los soportales del Palacio de Rajoy –que creo que era el Ayuntamiento-, contemplar la fachada de esta imponente Catedral iluminada, aunque no lo estaba demasiado, por lo menos para lo que a su magnificencia correspondía, pero bueno, no por ello dejó de deleitarnos la vista y de alguna manera el espíritu, visión tan espléndida, producto de la mano del hombre para la mayor gloria de Dios.
Una vez contemplada a placer visión tan espléndida, nos fuimos a las antes citadas calles, equivocándonos, pues entramos por una calle que se llamaba de Raiña o algo así y que tenía una plazoleta, en cuyo centro había un cruceiro, o sea, una cruz alta de piedra que aquí las llaman por ese nombre, y avanzando y metiéndonos por entre casas llegamos hasta el final, sin que la dichosa Rúa del Villar apareciera, de modo que le preguntamos a una señora que pasaba y esta nos dijo que era la paralela, que entráramos "por esa callecita de ahí y saldríamos a la calle que buscábamos y que era el final de la calle y que si queríamos ir a la plaza de la Catedral fuéramos en dirección contraria a la que llevábamos". "Muchas gracias, señora" y nos lanzamos a la conquista de esa calle, pero porque lo que buscábamos no era la Catedral, si no la cantidad de barecitos y tabernas que habíamos visto por la mañana, de modo que fue entrar en la calle de marras y empezar a hacer el correspondiente vía cruces enológico y gastronómico, pues aparte del vinito queríamos probar las tapas que seguro nos iban a ofrecer.
Y, efectivamente, desde el primer bar que entramos hasta el último de que salimos a cuatro patas, junto con el vino iba la tapa, algunas que me gustaron mucho, como unos mejillones calientes en salsa, y otras que no me gustaron nada como era una de rabo de cerdo frito o algo parecido, que se la comió Juan. El vino tinto me resultó un poco áspero, pero estaba bueno, y el blanco, pues normal, gustándome mas el tinto
Estuvimos en unos pocos de bares y, efectivamente, no me equivoqué en mi idea de que en esas calles y en la plaza de Toral, estaba reunido el ambiente juvenil y, así, estuvimos en animada conversación con algunos grupos de jóvenes, yéndonos con ellos a otros bares a degustar el mismo vino pero con otras tapas y de esta manera estuvimos hasta que empecé a ver doble, dar tumbos y Juan que se me pierde, viéndome obligado a superar la cogorza que tenía encima para ponerme a buscarlo por los bares y las calles adyacentes, pero tras buscar todo lo bien que se puede buscar en el estado en que me hallaba, decidí irme, haciendo eses, para la habitación, y cuando ya iba por la calle Azabachería me lo veo sentado y acurrucado en un portal, medio dormido. Le desperté y le pregunté que donde se había metido, diciéndome que en un momento dado dejó de verme y como no me encontraba decidió irse a la habitación, pero como la llave la tenía yo, no pudo entrar, de modo que se dio la vuelta y se puso en un sitio protegido del relente y que si yo pasaba me viera, pero se quedó dormido, pues también llevaba una buena cogorza encima. Así, una vez juntos nos fuimos a la habitación y mas mal que bien subimos las estrechas escaleras que nos llevaron a la habitación, donde nos acostamos vestidos y todo, durmiéndonos de inmediato.
Desde luego, si mi padre me hubiera visto así me mataba sobre la marcha y luego me hubiera castigado a base de bien.
A la mañana siguiente, y curiosamente, nos despertamos pronto, eso si, con un buen dolor de cabeza y tras desayunarnos el pan con atún y cerveza que Juan compró al día anterior para cenar y que no nos comimos, fuimos a la Caja Postal a sacar dinero y una vez con la cartera repuesta nos dirigimos resueltamente a la Catedral, pero antes pasamos a ver una casa que la noche antes nos dijo un grupo de jóvenes con los que estuvimos no dejáramos de ver, más como curiosidad que como casa interesante, que hay en la calle de la Troya y que es de la que se habla en el libro que mas arriba mencioné y que va de picaresca estudiantil. Después de eso seguimos por la calle Azabachería hasta llegar a la plaza de la Inmaculada, donde se haya el monasterio de San Martín, un edificio enorme con una fachada muy bonita. Luego bajamos a las plazas de Quintana y de las Platerías y llegamos a la del Obradoiro, subiendo la escalera que nos conducía al interior del templo.
Lo primero que te encuentras al entrar es una portada románica de piedra de doble arco, toda llena de imágenes de apóstoles, de Jesús, patriarcas y evangelistas, enviados por Dios y que como están a la entrada, pues son como intermediarios entre los peregrino que allí vamos y la divinidad, y que parece que esté escrito en él toda la historia habida y por haber. Tiene esta portada, una jamba divisoria de los arcos y llamada parteluz, con la escultura del Apóstol Santiago, de pié sobre una columna y las imágenes que están a derecha e izquierda del parteluz están sobre columnas con capiteles floreados. Este pórtico, llamado Pórtico de la Gloria y el primer interior de la Catedral es románico y está hecho por un escultor llamado Maestro Mateo, siendo la obra cumbre del románico de la península, y además, muy ancho. Antes de entrar puse una rodilla en tierra y con la frente apoyada en el parteluz, le dirigí una oración en acción de gracias.
Lo que pasa es que, por lo visto, en los siglos posteriores, fueron transformándola hasta darle el aspecto que hoy podemos admirar. Además, está hecha con granito, pues la piedra es como la que vi una vez que fui con mi padre a una comarca de Córdoba, llamada Los Pedroches, que era usada para las iglesias y las casas.
Cuando entras lo primero que admiras es la gran altura de las bóvedas, que parecen perderse en las alturas, con muchos arcos y florituras. Tiene planta de cruz latina y consta de tres naves con un montón de capillas y hay una galería superior con balconcitos.
La capilla mayor se encuentra sobre la cripta donde se hallan los restos del Santo y de otras personas y el altar es de un cuerpo con la estatua del santo vestido de plata y oro y con piedras preciosas y sobre el hay una como pirámide sostenida por ángeles y encima una estatua a caballo del Santo, con unas cuantas figuras como si estuvieran rindiéndole pleitesía. Por detrás del altar pasábamos los devotos a abrazar al santo, produciéndonos gran emoción la realización de ese acto, el cual suponía el momento culminante de nuestra jornada peregrina.
A ambos lados del Altar Mayor hay dos grandes púlpitos que parecen como de metal, al igual que las figuras que los sostienen.
Tiene la Catedral un gran coro y dos órganos, y de las capillas, que como dije eran un montón, destacaré como las que más me interesaron la del Pilar, con muchos mármoles, azabaches y no se que piedras mas, muy lujosa y ornamentada, y una estatua en actitud de rezar sobre un sepulcro, por supuesto todo de mármol; la otra capilla era la del Salvador, a la que también le llaman de Francia, porque un Rey de allí donó bastante dinero para su construcción. Tiene esta capilla unas columnas muy bonitas, el altar es de mármol y en un lateral hay una estatua yacente.
Después de estar tres horas admirando tan sublime majestad, decidimos ir a ver el claustro, los tesoros y el museo, previo pago de las ciento cincuenta pesetas de la entrada.
La verdad es que esta Catedral impresiona no solo por sus dimensiones, si no también por su realismo y la fuerza expresiva de la obra, las estatuas y el mensaje que transmite.
Después de esto estuvimos contemplando la fachada de las Platerías, que tiene una enorme concha sobre la que descansa una escalera y muchas estatuas con las tentaciones y la Pasión de Cristo y muchas más personas que serían santos o apóstoles. La fachada de la Azabachería, la Puerta Real, la Puerta Santa y la Torre del Reloj fueron las últimas visitas que hicimos a esta Catedral.
Ya, después de esto, lo único que hicimos fue dar algunas vueltas por la ciudad, charlando sobre la magnificencia de la Catedral y los sentimientos experimentados en su interior al contemplar las grandiosas dimensiones de este gran templo de la Cristiandad, así como la emoción experimentada al culminar el objetivo principal de nuestro viaje, el cual no era otro que honrar al santo patrón de España, pidiéndole cada uno lo que deseaba en que le ayudara a conseguir, que en mi caso fue el que me ayudara a encontrar un camino claro por el que encaminar los pasos de mi vida.
Como el dinero ya empezaba a escasear, decidimos dar por concluida nuestra estancia en Santiago, de modo que, ya a media tarde nos compramos unos bocadillos, un trozo de empanada y unas cervezas y nos fuimos a la habitación a dejarlo e irnos a la estación a comprar unos billetes de tren .Cuando llegamos, miramos los destinos posibles, pensando ya en la vuelta a Málaga, decidiendo tirar para Salamanca, en un tren que salía por la mañana temprano. Tras esto nos fuimos a la habitación, le pagamos al dueño, cogimos la comida y nos marchamos a la plaza de Quintana, detrás de la Catedral, donde hay una escalinata y, allí, nos pusimos a cenar tan ricamente, viendo pasar a la gente, la cual nos miraba pero sin hacernos mucho caso, lo cual era lógico, pues ya eran mas de las ocho y media e iban en retirada para sus casas. Había allí algunos muchachos, pero no entablamos conversación con ellos porque queríamos saborear tranquilamente los últimos momentos que íbamos a estar en Santiago, aunque se marcharon pronto, quedando un silencio agradable, solo roto por los pasos de los viandantes que por allí pasaban.
Después de comer nos dimos la última vuelta por la Rúa del Villar y la Nueva y a eso de las nueve y media o diez, nos fuimos a la habitación, donde dejamos todo recogido y nos echamos a dormir, que mañana hay que madrugar.
Mañana llegó y temprano cogimos el tren que a Salamanca nos llevó y que también tardó un montón, llegando a eso de las dos de la tarde. Nos bajamos, fuimos al centro y antes de llegar a la Plaza Mayor, en una plazoleta cercana de la que no recuerdo su nombre, vimos un hostal, llamado Concejo y donde pedimos habitación, la cual nos costó carilla, pero bueno, estaba en el centro y al lado de la Plaza Mayor. Después bajamos a ver si comíamos algo, entrando en un bar y donde pedimos yo un plato de callos y vino y Juan una migas, también con vino, todo lo cual nos sentó de maravilla, porque estábamos muertos de hambre y lo mejor de todo era que fue abundante y a un precio estupendo, lo que compensaba el de la habitación.
Nos fuimos a la habitación a reposar un poco y a eso de las cinco nos fuimos a dar un paseo por la ciudad, viendo fundamentalmente la Plaza Mayor y sus alrededores. Al final después de andar un montón, terminamos en un puente romano que cruzaba el Tormes, pasando al otro lado y contemplando desde la otra orilla una vista de la ciudad y sobresaliendo de ella las Catedrales, pues esta ciudad tiene dos, una románica y otra gótica, aunque están pegadas la una a la otra y no sabes donde termina una y empieza otra.
Después nos fuimos a comprar algo de cenar, entrando en una tienda cercana a la habitación y donde compramos pan, una botella de sidra y un quilo de chorizo y después de cenar nos fuimos de marcha, preguntándole a un muchacho que por donde estaba la zona de bares. Nos lo indicó y cuando llegamos, después de echar una visual por la zona, nos decidimos por un bar llamado "El Puerto de Chus", el cual resultó ser un pub chulísimo, pues por dentro parecía como un muelle donde atracaban los barcos: en lo que era el agua se encontraban las mesas y en la parte del muelle, aparte de la barra, se hallaban sitios tales como una pescadería, una tienda de efectos navales, casas con sus balcones y ventanas iluminadas, etc, todo figurado, claro. Esto nos maravilló un montón, porque en Málaga no teníamos nada parecido. Allí hicimos migas con algunos muchachos, sentándonos con ellos durante casi toda la noche, hablando, sobre todo de cosas que nos preguntaban de Málaga. De allí, y casi a cuatro patas, al hostal.
Al día siguiente nos levantamos tarde, yendo a desayunar al mismo bar donde almorzamos el día anterior, para después dedicarnos a ver detenidamente la ciudad, estando en la antigua Universidad, viendo donde el insigne poeta Fray Luis de León dijo aquello de "como decíamos ayer…", la Casa de las Conchas, que hizo que nos acordáramos de la de los Picos de Segovia. En la Catedral estuvimos mucho rato, aunque ya no nos impresionó tanto, quizás porque veníamos deslumbrados de la de Santiago, estando hasta que nos dijeron que era la hora de cerrar, que querían comer.
Después nos compramos unos panes y unas latas de atún de lo que dimos cuenta regándolo con cerveza y ello en un parque, en el que estuvimos hasta que bajamos la comida, reanudando el paseo, yéndonos a ver un edificio llamado Colegio Anaya y otro que en frente había y que cuando fuimos a verlo de cerca, vimos que en sus escalinatas había una gente con mala pinta y que estaban preparando droga para pincharse, de modo que nos dimos la vuelta y tomamos "las de Villadiego", que había muchos otros sitios que ver en Salamanca. De allí nos fuimos a la Plaza Mayor, que la teníamos abandonada, dedicándonos a observarla desde todos los ángulos posibles, tantos ángulos que incluso Juan hizo el pino para, según el, tener una perspectiva distinta que contar a sus nietos. Tras esto seguimos paseando y viendo calles y edificios interesantes, pasando junto a uno que se llamaba Real Chancillería y que es un sitio donde se guardan los expedientes y follones entre los nobles antiguos.
Así nos dieron las tantas, yéndonos a la habitación a cenar, con unos panes que compramos, haciéndonos los bocadillos del chorizo que compramos, del cual me di un atracón impresionante, como si fuera la última vez que fuera a comerlo, tras lo cual salimos a tomar unas copas, pensando en recogernos pronto, porque habíamos decidido que a la mañana siguiente nos íbamos a Cáceres y en autobús, porque el tren solo llegaba hasta Zamora.
Cuando estábamos tomándonos las copas, le dije a Juan que me iba a la habitación, porque tenía revuelto el estómago, diciendo el que vale, que el se iba mas tarde, porque estaba intentando ligar con una salmantina. Llegué, le pregunté al de la recepción si sabía a que hora salía el autobús para Cáceres, a lo que respondió llamando a la estación de autobuses y diciéndome que a las siete y media de la mañana salía uno. Le di las gracias, subí, recogí mis cosas y me acosté con asco en el estómago. Al rato llegó Juan -no había tenido éxito en sus intentos conquistadores-, recogió también sus cosas y se acostó.
En mitad de la noche me tuve que levantar, malísimo del estómago, a vomitar en el lavabo que en la habitación había todo el chorizo, atorando el desagüe, teniendo que desatorarlo con agua y paciencia y a todo esto Juan pasó olímpicamente de mi, el tío guarro, pero bueno, tras esto pude dormirme tranquilamente.
Nos levantamos muy tempranito, nos fuimos a la estación de autobuses, compramos los billetes y nos montamos en el bus, el cual partió y tardó tanto como el tren, haciéndose muy pesado el camino, sobre todo en la zona del puerto de Béjar. Menos mal que al final llegamos. Odio los autobuses para trayectos largos.
Cáceres es una ciudad que tiene un centro pequeño pero espectacular, lleno de palacios, plazas, iglesias y todo tipo de edificios renacentistas, muchos de los cuales con escudos labrados en piedra. La entrada a la parte antigua se hace a través de un arco que está como retorcido y que se llama Arco de la Estrella, que se encuentra en la Plaza Mayor y flanqueado a un lado por una torre y al otro por la muralla. Tiene esa parte antigua pequeñas plazas adoquinadas, por donde no circula el tráfico rodado, de modo que era un lugar muy tranquilo. Hay una iglesia, la mas grande de esa zona, con unas largas escalinatas.
Como teníamos dinero suficiente como para permitírnoslo y de ahí ya directos a Málaga, apartamos el dinero del tren y del hostal y decidimos comer en un restaurante de la Plaza Mayor, en una galería porticada, unos soportales, que en frente del Arco de la Estrella estaba, no recuerdo el nombre, y donde pedimos caldereta de cordero y una ensalada, regado todo con vino.
Tras comer paseamos nuevamente por la parte antigua, comentando la forma de algunas casas, que mas parecían fortalezas que casas, yéndonos después a la parte moderna de la ciudad y a eso de las ocho y media compramos algo para cenar y nos fuimos a dormir: ese día no había salida nocturna, pues ya estábamos sin dinero. El hostal estaba en una callejuela de la Plaza Mayor.
Al día siguiente cogimos el tren que a Sevilla iba, viaje que resultó pesadísimo, por lo incómodo que era el tren, que debía ser un tren correo, porque paraba en todas partes, llegando a Sevilla por la tarde. Bajarnos del tren y salir corriendo a coger el Alsina para Málaga fue todo uno, a donde llegamos ya de noche y de ahí cada uno para su casa, el andando porque vive en el centro y yo en autobús porque vivo en El Palo.
En fin, querido Anastasio, aquí te he resumido -sobre todo Salamanca y Cáceres- nuestras peripecias por media España. Espero no haberte aburrido, más bien espero haber creado en ti el interés y la inquietud por hacer el Camino y conocer otros lugares de esta maravillosa piel de toro, con su gente, encantadora cuando te aproximas a ella con interés de conocerla, y sus edificios, catedrales, palacios y gastronomía, cosas todas que tu, con tu gran capacidad de observación y análisis sabrás aprehender en su totalidad.
Te dejo por hoy, aunque amenazo con escribirte otra carta, pero esta vez no tan larga y si mas interesante para ti, pues se trata de esa señorita que tu ya sabes.
Que te vaya inmejorable en tus estudios te desea tu buen amigo -y futuro cuñado-,
Fernando José
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